Una historia para no dormir
Publicado 2006/02/05 00:00:00
- REDACCIÓN
ESTADOS UNIDOS está bajo ataque enemigo: escuelas, hogares y hasta hoteles de lujo desde Nueva York a Los Angeles asisten impotentes al avance implacable de una plaga de chinches que los exterminadores creían haber eliminado hace décadas.
Los diminutos insectos se alimentan de sangre humana y atacan a sus víctimas durante las horas del sueño, generalmente poco antes del amanecer.
Atraídas por el calor, y el dióxido de carbono, perforan la piel de sus "anfitriones" con dos trompas: una de ellas les sirve para inyectar su saliva, que contiene anticoagulantes y sustancias anestésicas, y la otra, para chupar la sangre.
Tras el botín, se dedican a dormitar, ocultas en colchones, muebles, armarios o almohadas.
Pese al secretismo que las caracteriza, han salido a la luz, y es que su presencia en lugares como Manhattan es tan extendida que sus habitantes bromean que, ahora sí, "Nueva York es la ciudad que nunca duerme", un eslogan que desde hace años ha servido para definir la frenética actividad en la metrópoli.
Alicia Sells es una de las neoyorquinas a la que las chinches quitaron el sueño.
"Fue muy frustrante", dijo Sells a EFE. "Era algo así como estar bajo ataque y, además, me sentía sucia, aunque ya sé que no tiene nada que ver con la higiene", añadió, para posteriormente relatar su prolongado "vía crucis".
Convencida de que el motivo era otro, "cazó" unos cuantos insectos y los mandó a analizar al Museo de Historia Natural, que pronunció el diagnóstico definitivo: chinches.
Jeffrey Eisenberg, presidente de Pest Away, la compañía exterminadora de insectos y roedores que ayudó a Sells a "recuperar el sueño", asegura que la situación es "una epidemia".
"La gente tiene fobias de todo tipo", dijo Eisenberg a EFE, uno de los pocos en beneficiarse del imparable avance de los chupópteros, con más de 150 trabajos semanales de exterminación.
Los periódicos neoyorquinos publican estos días historias de novios que no se quieren acostar con su pareja tras descubrir que él, o ella, tiene chinches en el colchón, de demandas a propietarios de inmuebles y propuestas de políticos -como la concejal demócrata Gail Brewer- para crear un "Grupo de Trabajo Anti-Chinches".
Desconcertados ante este desembarco masivo, expertos como Eisenberg culpan de la situación al constante tráfico de viajeros de todo el mundo en grandes urbes como Nueva York.
Steve Kuhse, un exterminador de Chicago, la desaparición de potentes insecticidas como el DDT, que se prohibió después de la II Guerra Mundial y sirvió para erradicar la última plaga de chinches, complica las cosas.
"La nueva generación de exterminadores no sabe cómo hacer frente a esta plaga", dijo Sam Labonbard, otro exterminador de Chicago, quien recuerda que la última vez que hubo una epidemia de este calibre fue en la década de los 30 y 40.
Los diminutos insectos se alimentan de sangre humana y atacan a sus víctimas durante las horas del sueño, generalmente poco antes del amanecer.
Atraídas por el calor, y el dióxido de carbono, perforan la piel de sus "anfitriones" con dos trompas: una de ellas les sirve para inyectar su saliva, que contiene anticoagulantes y sustancias anestésicas, y la otra, para chupar la sangre.
Tras el botín, se dedican a dormitar, ocultas en colchones, muebles, armarios o almohadas.
Pese al secretismo que las caracteriza, han salido a la luz, y es que su presencia en lugares como Manhattan es tan extendida que sus habitantes bromean que, ahora sí, "Nueva York es la ciudad que nunca duerme", un eslogan que desde hace años ha servido para definir la frenética actividad en la metrópoli.
Alicia Sells es una de las neoyorquinas a la que las chinches quitaron el sueño.
"Fue muy frustrante", dijo Sells a EFE. "Era algo así como estar bajo ataque y, además, me sentía sucia, aunque ya sé que no tiene nada que ver con la higiene", añadió, para posteriormente relatar su prolongado "vía crucis".
Convencida de que el motivo era otro, "cazó" unos cuantos insectos y los mandó a analizar al Museo de Historia Natural, que pronunció el diagnóstico definitivo: chinches.
Jeffrey Eisenberg, presidente de Pest Away, la compañía exterminadora de insectos y roedores que ayudó a Sells a "recuperar el sueño", asegura que la situación es "una epidemia".
"La gente tiene fobias de todo tipo", dijo Eisenberg a EFE, uno de los pocos en beneficiarse del imparable avance de los chupópteros, con más de 150 trabajos semanales de exterminación.
Los periódicos neoyorquinos publican estos días historias de novios que no se quieren acostar con su pareja tras descubrir que él, o ella, tiene chinches en el colchón, de demandas a propietarios de inmuebles y propuestas de políticos -como la concejal demócrata Gail Brewer- para crear un "Grupo de Trabajo Anti-Chinches".
Desconcertados ante este desembarco masivo, expertos como Eisenberg culpan de la situación al constante tráfico de viajeros de todo el mundo en grandes urbes como Nueva York.
Steve Kuhse, un exterminador de Chicago, la desaparición de potentes insecticidas como el DDT, que se prohibió después de la II Guerra Mundial y sirvió para erradicar la última plaga de chinches, complica las cosas.
"La nueva generación de exterminadores no sabe cómo hacer frente a esta plaga", dijo Sam Labonbard, otro exterminador de Chicago, quien recuerda que la última vez que hubo una epidemia de este calibre fue en la década de los 30 y 40.

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