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¿Por qué soy profesor?

Uno de los retos más básicos de cualquier clase de educación general es hablar a otros que no son como uno. Para muchos educadores, capacitados para ser especialistas, tener que hablar a un público general es una razón para tener pavor a impartir esas materias.

Viet Thanh Nguyen - Publicado:

El espíritu de la educación general es brindar un núcleo común. Ofrece lección para Presidente y líderes políticos. Foto/ Gillian Flaccus/Associated Press.

Mi patrón, la Universidad del Sur de California, requiere que yo imparta una materia de “educación general” cada año. Aunque a veces resiento la obligación, la mayoría de las veces me siento agradecido por ello.

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He llegado a ver mi grupo de educación general tanto como un síntoma de nuestra democracia fallida y como un intento de ejercer esa democracia —lo que nos exige un esfuerzo que a menudo no queremos realizar.

“Educación general” es el nombre que la USC da a los requisitos que todo alumno tiene que cumplir, y que en otro lugar podría ser llamado el “plan de estudios común”.

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Los alumnos podrían obtener licenciaturas en docenas de cosas diferentes, pero se supone que deben surgir de una educación universitaria con una base común, un conjunto general de conocimientos intelectuales, éticos y culturales que los orientarán aún si cambian de carrera profesional.

Para cumplir con estos requisitos de educación general, los alumnos pueden escoger diferentes clases, incluida la mía: la guerra estadounidense en Vietnam. Cuando la imparto, se inscriben 150 alumnos.

Uno de los retos más básicos de cualquier clase de educación general es hablar a otros que no son como uno. Para muchos profesores, capacitados para ser especialistas, tener que hablar a un público general es una razón para tener pavor a impartir esas materias.

Mi estrategia es determinar una historia que pueda contar, —o al menos preguntas— que puedan unirnos a todos.

Mis alumnos son representativos de la universidad, lo que significa que en su mayoría están en las escuelas de Ciencias, Salud, Administración, Derecho, etc. Un pequeño porcentaje son veteranos que regresaron de la guerra.

Unos cuantos son cadetes que se preparan para la guerra. Sólo una minoría proviene de mi rincón de las humanidades, donde mis títulos elegantes son que soy catedrático de Lengua Inglesa, Etnicidad y Estudios Estadounidenses, y Literatura Comparativa.

Aunque esos títulos le hacen tan poco sentido a la gente como las condecoraciones de un soldado, tienen el mismo significado: compromiso. Los soldados tienen ideales, al igual que los profesores. Desafortunadamente, nuestros ideales a menudo están contaminados por la realidad, desde presupuestos militares inflados hasta universidades privadas exageradamente caras.

Es fácil olvidar los ideales tras una o dos décadas en el “mundo real”, cuando el pragmatismo se vuelve natural, el idealismo juvenil parece ingenuo, la “experiencia” se puede volver otra palabra para decir “conformismo” y el cinismo podría hacerse pasar por “sabiduría”.

Espero ser un buen maestro. Eso requiere que esté para mis alumnos, que les transmita mi pasión por mi materia y que sepa cuál es mi historia para que se las pueda contar.

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En mi clase, los alumnos aprenden sobre una guerra que cobró millones de vidas: estadounidenses, camboyanos, laosianos y vietnamitas, entre otros. La historia del curso es ésta: la guerra nos involucra a todos, soldados y civiles, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y surge a partir de, y revela, nuestra humanidad e inhumanidad entrelazadas.

Las interrogantes también son universales: ¿cómo determina la desigualdad de naciones y culturas cuáles historias son contadas y escuchadas? ¿Qué es un olvido justo? ¿Cómo es posible el perdón, que sea un regalo incondicional y libre de expectativas de reciprocidad?

Nuestra obligación mutua como profesor y alumnos es que nos importe. Me importa lo suficiente para impartir clases cautivadoras y estimular al debate. A mis alumnos, en su mayoría, les importa lo suficiente como para asistir, o al menos así sucede para entre dos terceras partes y tres cuartas partes de ellos.

Su obligación, igual que la de todo ciudadano, es escuchar y aprender, cuestionar y participar. Estas exigencias son similares a lo que la democracia requiere de sus residentes y ciudadanos.

Tenemos un presidente que fue electo por menos de la mayoría de los votantes. También hay muchos otros líderes en nuestra democracia, a cargo de la política, la economía y la cultura. ¿Cuántos de estos líderes pueden decir sinceramente que están en contacto y sirven a tres cuartas partes de la gente que cae bajo su influencia?

El espíritu de la educación general —de un núcleo en común— debería prevalecer también entre estos líderes. ¿Y por qué no para el presidente también?

Las materias de educación general no son fáciles, ni para el alumno ni para el maestro. Pero si los alumnos pueden ser renuentes, los maestros —y los líderes— deben ser entusiastas. Deben hallar la pasión para unir a su audiencia.

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Hoy, el espíritu de la educación general está limitado por la desigualdad, así hablemos de la creciente desigualdad económica de EU o de la desigualdad de la mayoría de las universidades.

La desafortunada realidad de la educación superior es que la mayor parte de la enseñanza a nivel licenciatura es impartida por profesores de medio tiempo sin seguridad laboral. Los docentes de tiempo completo —como yo— no somos recompensados por impartir clases, sino por investigar y escribir, lo que a menudo es para un público especializado.

La educación superior, igual que el resto de la sociedad estadounidense, de nuestros líderes políticos y corporativos hacia abajo, envía una señal contradictoria.

Le damos prioridad retóricamente a la educación general, o a un país unificado y, sin embargo, ponemos trabas para servir genuinamente a los alumnos o los electores.

En esta forma, la educación superior es efectivamente un microcosmos de nuestra sociedad y sus fallas, con una minoría de élite bien remunerada y una mayoría explotada y mal remunerada que sufre.

Nuestro catedrático más experimentado debería impartir clases a todos los alumnos de licenciatura, y nuestros profesores subempleados de menor rango deberían ser elevados para que también ellos puedan compartir la promesa de nuestra educación general: preparar a jóvenes para las metas de la realización económica y la responsabilidad democrática. Una no puede sobrevivir sin la otra.

Viet Thanh Nguyen es autor más recientemente de “The Refugees” y editor de “The Displaced: Refugee Writers on Refugee Lives”.

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