Los precursores de la Universidad
Publicado 2001/01/13 00:00:00
- MEREDITH SERRACIN
El requisito más importante para un sistema educativo apropiado desde el punto de vista realista y adaptado sería una imagen real del hombre. Lo necesario sería un sistema educativo que esté orientado consecuentemente, no a cultivar utopías, sino que se enfrente firmemente una y otra vez con la realidad. Solamente de esta forma estaremos en condiciones de aceptar lo mejor posible cualquier futuro. Esto, sin embargo, significa volver al camino que se nos ha ido completamente con la permisividad, la moda del antitradicionalismo, el libertinaje y el igualitarismo.
Al examinar los lejanos orígenes de la Universidad, llegamos a evidenciar que, desde la antigüedad clásica, hubo profesorado de enseñanza superior. He aquí algunos ejemplos: Pitágoras -citado por Agustín Nieto Caballero- sentado en su trono de maestro, con la apostura de una deidad metafísica, envuelto en lujosas vestiduras, cubierta la cabeza con guirnaldas de oro, hierático e intocable, es ya, seis siglos antes de Cristo, el prototipo del profesor universitario, que en el largo transcurso de 2600 años, haría su aparición con los atuendos de la época, en todas las latitudes. Los discípulos del gran matemático no tenían derecho a interrumpir al maestro en ningún momento de su peroración. Memorizaban en silencio. La cátedra era simplemente un auditorio.
Sócrates, 100 años más tarde, es también un profesor de alta enseñanza, mas lo separa y diferencia de Pitágoras, su antecesor, el hondo espíritu democrático que él encarna con el apostolado de su vida, y el sacrificio de su muerte. No fundó cátedras como Platón o Aristóteles, pero nadie conoció en la antigüedad una mayor influencia que la suya. Iba por las calles, envuelto en una vieja capa y con los pies descalzos, y acostumbraba trabar conversación con el primer transeúnte que encontraba, fuera un miserable o un aristócrata, y así consiguió sus discípulos.
Como queda dicho, su método era fingir que lo ignoraba todo. Interrogaba constantemente. Si en las respuestas notaba arrogancia, complacíase en llevar al absurdo a quien así lo respondía. Usaba del sarcasmo, de la fina ironía, hasta lograr siempre acosar en el ridículo. De esta manera se burló uno a uno de todos los sofistas de Atenas. Si, por el contrario, tropezaba con gentes humildes o con aquellos que realmente anhelaban saber, entonces, sin cambiar de método, haciéndoles preguntas, los llevaba mediante sugestiones a encontrar la verdad con el esfuerzo individual, a desarrollar ampliamente la propia personalidad. Lo imperante para él era hacer pensar, hacer discurrir, hacer llegar al conocimiento por medio de la reflexión. Pedía que antes de llenar la mente de nociones no entendidas, se formara el criterio. Pensaba que sin criterio, sin juicio, no puede haber conocimiento consciente ni acción verdaderamente libre.
Oponiéndose al sistema que toma al alumno como ser pasivo, como ser inerte, en el que se incrustan y estampan conocimientos, el método socrático toma al alumno como ser activo, como ser un continuo desarrollo, que observa, que investiga, en compañía de un amigo a quien da el nombre de maestro.
Por otro lado, Tales -el ilustre sabio de Grecia, el fundador de la más antigua escuela de filosofía- había formulado el principio: "Ante todo estudia y conoce tu propio ser" . Sócrates empleó su vida entera en hacer que este pensamiento fuera comprendido, y usó de toda su ciencia y de toda su ironía para demostrar que sin este conocimiento íntimo de la propia personalidad todo estudio quedará falseado. Dar lecciones como lo hacía Sócrates, usando del rigor con el poderoso y de la lenidad con el débil, era en extremo peligroso. En torno suyo fue creándose un ambiente hostil. Se llegó hasta el odio que anhelaba el extermino. Nadie, sin embargo, se atrevía a atentar contra la vida del maestro. Tal era el respeto que inspiraba. Finalmente, no sabiendo sus enemigos cómo sellar aquellos labios fulminantes, inmisericordes, se le acusó ante la ley.
La acusación era tremenda: menosprecio por los dioses de la República y corrupción de la juventud. Lycias, el más grande orador de aquellos tiempos, vino a ofrecérsele para la defensa, el filósofo rehusó. Condenado a beber la cicuta, tenía el privilegio de pedir una sustitución a este castigo. Pidió entonces a sus jueces, con desafiante ironía, que lo honraran llevándolo al Pritaneo por ser el más alto honor que podía conferir la República. En la prisión se le facilitó el medio de huir. Se negó a ello sin vacilación. Comprendió la oportunidad y la grandeza de su muerte. Entendió lúcidamente que su misión se había cumplido, y que su martirio, lejos de apagar su influencia, presentaría ante el mundo, de manera inolvidable sus doctrinas y realizaría como un ejemplo su figura de apóstol. Rodeado de sus discípulos, que lloraban su partida, sonrió por última vez al decirles que su muerte era, en esa hora, tan conveniente, por lo menos, como su propia vida, y apuró la copa del veneno con el mismo amable gesto con que hiciera un brindis. Su muerte fue su última y su mejor lección.
La demora en estas consideraciones obedece a que estimamos que el caso y las doctrinas de Sócrates, tan distantes en el tiempo, están hoy muy cerca de nosotros como símbolo y como ejemplo. Nadie que se precie una persona culta puede negar que el egregio filósofo griego es el varonil maestro de la democracia, y sus sistemas son la propia médula de todo lo que entendemos por modernidad en la enseñanza, especialmente en la enseñanza universitaria.
La historia no coloca, sin embargo, a los precursores de la Universidad -como los hemos destacado en esta apretada síntesis- sino 17 siglos después de la muerte de aquél maestro (Sócrates), grande entre los grandes.
Otros precursores, también famosos, como Abelardo, auténtico inspirador de las Universidades de la Edad Media (a comienzos del siglo XII), y a quien se distinguió como la inteligencia más brillante de su tiempo. Poco después de la agitación espiritual causada por Abelardo y por sus contenedor Guillermo de Champeaux, aparecieron los "Studia" (las Universidades) de París y de Bolonia, y fueron haciéndose presentes las célebres instituciones que han resistido el embate de los siglos: Oxford, Cambridge, Salamanca, Heidelberg, Leipzig, Praga, etc.
Pasado el tiempo, vuela al Nuevo Mundo la semilla viva, y de ella brota en las tierras vírgenes de las Américas la flor y el fruto de la libertad. La Revolución Francesa, que había suprimido las universidades por la hostilidad que en ellas se manifiesta contra los filósofos del siglo XVIII, abogaría por una "reforma universitaria", un nuevo tipo de Institutos Universitarios, con estrecha interdependencia entre todas las ramas del conocimiento, sin lograr por otra parte convertir la idea renovadora en realidad.
¡Más tarde, correspondería a las jóvenes universidades americanas la plenitud de este magnífico triunfo!
Al examinar los lejanos orígenes de la Universidad, llegamos a evidenciar que, desde la antigüedad clásica, hubo profesorado de enseñanza superior. He aquí algunos ejemplos: Pitágoras -citado por Agustín Nieto Caballero- sentado en su trono de maestro, con la apostura de una deidad metafísica, envuelto en lujosas vestiduras, cubierta la cabeza con guirnaldas de oro, hierático e intocable, es ya, seis siglos antes de Cristo, el prototipo del profesor universitario, que en el largo transcurso de 2600 años, haría su aparición con los atuendos de la época, en todas las latitudes. Los discípulos del gran matemático no tenían derecho a interrumpir al maestro en ningún momento de su peroración. Memorizaban en silencio. La cátedra era simplemente un auditorio.
Sócrates, 100 años más tarde, es también un profesor de alta enseñanza, mas lo separa y diferencia de Pitágoras, su antecesor, el hondo espíritu democrático que él encarna con el apostolado de su vida, y el sacrificio de su muerte. No fundó cátedras como Platón o Aristóteles, pero nadie conoció en la antigüedad una mayor influencia que la suya. Iba por las calles, envuelto en una vieja capa y con los pies descalzos, y acostumbraba trabar conversación con el primer transeúnte que encontraba, fuera un miserable o un aristócrata, y así consiguió sus discípulos.
Como queda dicho, su método era fingir que lo ignoraba todo. Interrogaba constantemente. Si en las respuestas notaba arrogancia, complacíase en llevar al absurdo a quien así lo respondía. Usaba del sarcasmo, de la fina ironía, hasta lograr siempre acosar en el ridículo. De esta manera se burló uno a uno de todos los sofistas de Atenas. Si, por el contrario, tropezaba con gentes humildes o con aquellos que realmente anhelaban saber, entonces, sin cambiar de método, haciéndoles preguntas, los llevaba mediante sugestiones a encontrar la verdad con el esfuerzo individual, a desarrollar ampliamente la propia personalidad. Lo imperante para él era hacer pensar, hacer discurrir, hacer llegar al conocimiento por medio de la reflexión. Pedía que antes de llenar la mente de nociones no entendidas, se formara el criterio. Pensaba que sin criterio, sin juicio, no puede haber conocimiento consciente ni acción verdaderamente libre.
Oponiéndose al sistema que toma al alumno como ser pasivo, como ser inerte, en el que se incrustan y estampan conocimientos, el método socrático toma al alumno como ser activo, como ser un continuo desarrollo, que observa, que investiga, en compañía de un amigo a quien da el nombre de maestro.
Por otro lado, Tales -el ilustre sabio de Grecia, el fundador de la más antigua escuela de filosofía- había formulado el principio: "Ante todo estudia y conoce tu propio ser" . Sócrates empleó su vida entera en hacer que este pensamiento fuera comprendido, y usó de toda su ciencia y de toda su ironía para demostrar que sin este conocimiento íntimo de la propia personalidad todo estudio quedará falseado. Dar lecciones como lo hacía Sócrates, usando del rigor con el poderoso y de la lenidad con el débil, era en extremo peligroso. En torno suyo fue creándose un ambiente hostil. Se llegó hasta el odio que anhelaba el extermino. Nadie, sin embargo, se atrevía a atentar contra la vida del maestro. Tal era el respeto que inspiraba. Finalmente, no sabiendo sus enemigos cómo sellar aquellos labios fulminantes, inmisericordes, se le acusó ante la ley.
La acusación era tremenda: menosprecio por los dioses de la República y corrupción de la juventud. Lycias, el más grande orador de aquellos tiempos, vino a ofrecérsele para la defensa, el filósofo rehusó. Condenado a beber la cicuta, tenía el privilegio de pedir una sustitución a este castigo. Pidió entonces a sus jueces, con desafiante ironía, que lo honraran llevándolo al Pritaneo por ser el más alto honor que podía conferir la República. En la prisión se le facilitó el medio de huir. Se negó a ello sin vacilación. Comprendió la oportunidad y la grandeza de su muerte. Entendió lúcidamente que su misión se había cumplido, y que su martirio, lejos de apagar su influencia, presentaría ante el mundo, de manera inolvidable sus doctrinas y realizaría como un ejemplo su figura de apóstol. Rodeado de sus discípulos, que lloraban su partida, sonrió por última vez al decirles que su muerte era, en esa hora, tan conveniente, por lo menos, como su propia vida, y apuró la copa del veneno con el mismo amable gesto con que hiciera un brindis. Su muerte fue su última y su mejor lección.
La demora en estas consideraciones obedece a que estimamos que el caso y las doctrinas de Sócrates, tan distantes en el tiempo, están hoy muy cerca de nosotros como símbolo y como ejemplo. Nadie que se precie una persona culta puede negar que el egregio filósofo griego es el varonil maestro de la democracia, y sus sistemas son la propia médula de todo lo que entendemos por modernidad en la enseñanza, especialmente en la enseñanza universitaria.
La historia no coloca, sin embargo, a los precursores de la Universidad -como los hemos destacado en esta apretada síntesis- sino 17 siglos después de la muerte de aquél maestro (Sócrates), grande entre los grandes.
Otros precursores, también famosos, como Abelardo, auténtico inspirador de las Universidades de la Edad Media (a comienzos del siglo XII), y a quien se distinguió como la inteligencia más brillante de su tiempo. Poco después de la agitación espiritual causada por Abelardo y por sus contenedor Guillermo de Champeaux, aparecieron los "Studia" (las Universidades) de París y de Bolonia, y fueron haciéndose presentes las célebres instituciones que han resistido el embate de los siglos: Oxford, Cambridge, Salamanca, Heidelberg, Leipzig, Praga, etc.
Pasado el tiempo, vuela al Nuevo Mundo la semilla viva, y de ella brota en las tierras vírgenes de las Américas la flor y el fruto de la libertad. La Revolución Francesa, que había suprimido las universidades por la hostilidad que en ellas se manifiesta contra los filósofos del siglo XVIII, abogaría por una "reforma universitaria", un nuevo tipo de Institutos Universitarios, con estrecha interdependencia entre todas las ramas del conocimiento, sin lograr por otra parte convertir la idea renovadora en realidad.
¡Más tarde, correspondería a las jóvenes universidades americanas la plenitud de este magnífico triunfo!

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