Uribe Vélez
- REDACCION
Colombia es así, sorprendente. Cuando muchos apostaban por un referéndum reeleccionista, el poder de Montesquieu se impuso en ese hermano país. Y no eran en vano las apuestas. Es un hecho que Álvaro Uribe Vélez posee el mérito de haberle devuelto a los colombianos un país que muchos creían perdido ante el narcotráfico, ante la guerrilla, ante los paramilitares, ante la corrupción, ante tantas cosas. Lo más importante de Uribe ha sido, sin embargo, demostrar que el Estado colombiano existe, que se podía llegar a zonas donde por años su ausencia sirvió de caldo a los narcoterroristas. Uribe demostró que los colombianos podían hacer turismo entre sus fronteras sin temer a ser asesinados o secuestrados a unos cuantos kilómetros de Bogotá; que los consejos de gabinete podían llegar hasta los lugares más apartados, que sus ministros tenían que superar la burocracia atrofiante. Por eso fue reelegido en una primera vuelta y se mantuvo ocho años en los que ya se puede hablar de “la Era Uribe”, y en cuyo contexto la insurgencia encontró un enemigo formidable. Con todo y eso, y con toda la ventaja que le daban las encuestas y la posibilidad real de una reelección abrumadora, la Corte Constitucional detuvo ese impulso, y ante el Estado de Opinión se impuso el Estado de Derecho, sin que Uribe ni las fuerzas que lo acompañan hicieran nada por interferir en esa decisión. Uribe es un líder que sienta parámetros para cualquiera que sea el próximo presidente de Colombia y para muchos de los mandatarios de Latinoamérica, tan propensos a acomodar las instituciones a su conveniencia.

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