Honrando nuestros símbolos
Publicado 2001/11/28 00:00:00
Los símbolos patrios fueron concedidos de manera que recordemos continuamente nuestra identidad como nación. Pero la idea no es en realidad nueva. De hecho, podemos ver cómo el mismo Dios nos ha legado símbolos poderosos que nos recuerdan quiénes somos. Veamos un poco de lo que el simbolismo nos enseña tanto como panameños como cristianos.
Un simbolismo que vivifica. Cuando Israel atravesó en seco el Jordán, el Señor mandó a Josué a levantar un monumento de piedras en la ribera para recordarle a sus descendientes lo que había hecho (Josué 4:8-9). De igual manera vemos cómo, en la Biblia vez tras vez, Dios utiliza poderosamente el simbolismo para marcar la conciencia de Su pueblo y mantener viva nuestra identidad.
Así por ejemplo, durante la semana de la pasión y muerte de Nuestro Salvador, se notan dos objetos que nos han llegado hasta hoy como simbólicos de lo que el mensaje evangélico encierra: la cruz y la tumba vacía. La primera representa el sufrimiento vicario de Nuestro Señor ya que en ella fue ejecutado como malhechor (Lucas 23:32), aunque El no había cometido pecado alguno (Hebreos 4:15), y todo para que nosotros pudiésemos tener perdón de nuestros pecados (Colosenses 1:14). Por otro lado, la tumba vacía es un símbolo del poder de la resurrección que, habiendo obrado en Jesús, está hoy disponible a cada creyente por la fe (Romanos 8:11).
En el mismo orden de cosas, la Santa Cena (Mesa de la Comunión o Eucaristía), por otro lado, también nos presenta un poderoso símbolo del sacrificio perfecto de Jesús. Mientras que el pan nos habla de Su Cuerpo quebrantado (1 Corintios 11:23-24) por nuestras rebeliones y garantiza nuestra sanidad y vida abundante, la copa nos habla de su sangre derramada (1 Corintios 11:25-26) por nuestros pecados y garantiza nuestra salvación y vida eterna.
El simbolismo patrio. Nuestro símbolos patrios, en particular la bandera y el escudo, nos recuerdan continuamente no sólo quienes somos sino nuestra vocación como nación. Así, por ejemplo.
a-En el caso de la Bandera, los colores blanco, rojo y azul -que representan la paz y a los dos partidos políticos del momento, respectivamente-, nos hablan de la paz lograda por la aveniencia de dos otrora enemigos acérrimos, al momento de la independencia. Esto representa el ideal profético de nuestras raíces nacionalistas: la colocación de los mejores intereses de la patria por sobre nuestros intereses y diferencias particulares del momento.
b-En el caso del Escudo Nacional, se nos habla del abandono de la guerra civil (el sable y el rifle colgados) -y por ende la violencia-como medio de dirimir diferencias, la valoración del trabajo (el pico y la pala), la prosperidad (la cornucopia) y el progreso (la rueda alada), todo bajo un lema que declara nuestro compromiso de ser de beneficio para el mundo. Todo esto bajo un reconocimiento de que, siendo pequeño nuestro Istmo (la franja entre los dos continentes), nuestra misión para con la humanidad es grande.
Estoy convencido de que, como creyentes, debemos valorar no sólo nuestros símbolos patrios sino también el mensaje que proclaman de conjunto. Este mensaje nos habla de que, como nación -y ojalá que también como Iglesia-, nos atrevamos a ser un pueblo que valora la paz por encima de las diferencias que puedan pretender separarnos, un pueblo que reconoce que la prosperidad y el progreso sólo pueden estar cimentados en el trabajo honesto -y no en el enriquecimiento ilícito y rápido-y que todo esto no sólo debe redundar en el beneficio sino también en el de los demás -sabiendo dar de gracia lo que de gracias hemos recibido.
Finalmente, recordemos que, al igual que con nuestros símbolos cristianos, los de la Patria no son lo más importante en sí mismo, sino más bien representativos de algo más grande y significativo. Así como los símbolos cristianos apuntan hacia un Dios amoroso que entregó a Su Hijo por nuestros pecados, los símbolos patrios nos hablan de nuestra herencia genética nacional, de nuestra identidad -al menos como la concibieron proféticamente nuestros próceres. Es por esta razón por la que no podemos pretender honrar los símbolos patrios sin al mismo tiempo dar un lugar de honor al pueblo y territorio que representan. Que sea este un llamado a honrar a la nación representada por nuestros símbolos patrios, que gobernantes y gobernados, empresarios y obreros, ciudadanos todos, sepamos contribuir con nuestra parte para que Panamá llegue a ser todo lo que nuestros símbolos representan... ¡para nosotros y para el mundo!
Al celebrar una vez más el mes de la Patria, reconozcamos que estamos en deuda con el Todopoderoso por permitirnos nacer en y formar parte de la familia panameña. Y agradecidos, sepamos, como hijos de Dios, vivir en perfecta consistencia con lo que nuestros símbolos patrios, al igual que nuestros símbolos cristianos representan... para la gloria de Dios. ¡Adelante!
Un simbolismo que vivifica. Cuando Israel atravesó en seco el Jordán, el Señor mandó a Josué a levantar un monumento de piedras en la ribera para recordarle a sus descendientes lo que había hecho (Josué 4:8-9). De igual manera vemos cómo, en la Biblia vez tras vez, Dios utiliza poderosamente el simbolismo para marcar la conciencia de Su pueblo y mantener viva nuestra identidad.
Así por ejemplo, durante la semana de la pasión y muerte de Nuestro Salvador, se notan dos objetos que nos han llegado hasta hoy como simbólicos de lo que el mensaje evangélico encierra: la cruz y la tumba vacía. La primera representa el sufrimiento vicario de Nuestro Señor ya que en ella fue ejecutado como malhechor (Lucas 23:32), aunque El no había cometido pecado alguno (Hebreos 4:15), y todo para que nosotros pudiésemos tener perdón de nuestros pecados (Colosenses 1:14). Por otro lado, la tumba vacía es un símbolo del poder de la resurrección que, habiendo obrado en Jesús, está hoy disponible a cada creyente por la fe (Romanos 8:11).
En el mismo orden de cosas, la Santa Cena (Mesa de la Comunión o Eucaristía), por otro lado, también nos presenta un poderoso símbolo del sacrificio perfecto de Jesús. Mientras que el pan nos habla de Su Cuerpo quebrantado (1 Corintios 11:23-24) por nuestras rebeliones y garantiza nuestra sanidad y vida abundante, la copa nos habla de su sangre derramada (1 Corintios 11:25-26) por nuestros pecados y garantiza nuestra salvación y vida eterna.
El simbolismo patrio. Nuestro símbolos patrios, en particular la bandera y el escudo, nos recuerdan continuamente no sólo quienes somos sino nuestra vocación como nación. Así, por ejemplo.
a-En el caso de la Bandera, los colores blanco, rojo y azul -que representan la paz y a los dos partidos políticos del momento, respectivamente-, nos hablan de la paz lograda por la aveniencia de dos otrora enemigos acérrimos, al momento de la independencia. Esto representa el ideal profético de nuestras raíces nacionalistas: la colocación de los mejores intereses de la patria por sobre nuestros intereses y diferencias particulares del momento.
b-En el caso del Escudo Nacional, se nos habla del abandono de la guerra civil (el sable y el rifle colgados) -y por ende la violencia-como medio de dirimir diferencias, la valoración del trabajo (el pico y la pala), la prosperidad (la cornucopia) y el progreso (la rueda alada), todo bajo un lema que declara nuestro compromiso de ser de beneficio para el mundo. Todo esto bajo un reconocimiento de que, siendo pequeño nuestro Istmo (la franja entre los dos continentes), nuestra misión para con la humanidad es grande.
Estoy convencido de que, como creyentes, debemos valorar no sólo nuestros símbolos patrios sino también el mensaje que proclaman de conjunto. Este mensaje nos habla de que, como nación -y ojalá que también como Iglesia-, nos atrevamos a ser un pueblo que valora la paz por encima de las diferencias que puedan pretender separarnos, un pueblo que reconoce que la prosperidad y el progreso sólo pueden estar cimentados en el trabajo honesto -y no en el enriquecimiento ilícito y rápido-y que todo esto no sólo debe redundar en el beneficio sino también en el de los demás -sabiendo dar de gracia lo que de gracias hemos recibido.
Finalmente, recordemos que, al igual que con nuestros símbolos cristianos, los de la Patria no son lo más importante en sí mismo, sino más bien representativos de algo más grande y significativo. Así como los símbolos cristianos apuntan hacia un Dios amoroso que entregó a Su Hijo por nuestros pecados, los símbolos patrios nos hablan de nuestra herencia genética nacional, de nuestra identidad -al menos como la concibieron proféticamente nuestros próceres. Es por esta razón por la que no podemos pretender honrar los símbolos patrios sin al mismo tiempo dar un lugar de honor al pueblo y territorio que representan. Que sea este un llamado a honrar a la nación representada por nuestros símbolos patrios, que gobernantes y gobernados, empresarios y obreros, ciudadanos todos, sepamos contribuir con nuestra parte para que Panamá llegue a ser todo lo que nuestros símbolos representan... ¡para nosotros y para el mundo!
Al celebrar una vez más el mes de la Patria, reconozcamos que estamos en deuda con el Todopoderoso por permitirnos nacer en y formar parte de la familia panameña. Y agradecidos, sepamos, como hijos de Dios, vivir en perfecta consistencia con lo que nuestros símbolos patrios, al igual que nuestros símbolos cristianos representan... para la gloria de Dios. ¡Adelante!

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