La etiqueta, un valor en alza
Recuerde que las normas de etiqueta, aunque no son obligatorias ni son vigiladas por la ley, sí son demostrativas de la cultura y la buena educación de las personas, y su práctica nos puede hacer la vida más agradable.
Lo cierto es que ha renacido el interés por las normas de etiqueta, tal vez porque son también muestra del bagaje profesional de la persona que las practica. Todos los que deseen hacer un buen papel en sus círculos familiares, sociales y profesionales, deben conocerlas y practicarlas.
La relación social entre dos personas suele comenzar por la presentación hecha por una tercera conocida de ambas. Para que una presentación sea correcta, debe ceñirse a unas reglas sencillas, pero precisas. Lo primero es dar prioridad a quienes por una u otra razón, son merecedores de mayor deferencia.
Los orígenes del saludo se pierden en la más remota antigüedad, y son diferentes según los distintos pueblos y culturas. El hombre saludaba desde tiempos muy antiguos, pero en principio no era tanto como una manifestación de amistad, sino como una declaración de no-agresión: el gesto de la mano tendida, abierta, demostraba que no se llevaban armas. Los egipcios inclinaban el cuerpo y bajaban una mano hasta la rodilla.
Poco a poco el gesto que revelaba la intención de no sacar armas, perdió sus connotaciones de temor y pasó a convertirse en un hábito de cortesía. En la Edad Media, la etiqueta impuso que el hombre se descubriera en señal de respeto y luego, en el Siglo XVII, se extendió la costumbre de besar la mano a las damas, así como las inclinaciones y las reverencias extremas.
En nuestro mundo occidental el saludo corriente consiste en estrecharse la mano derecha, los hombres, y en un ligero beso en la mejilla, las mujeres. En otras culturas es diferente. Por ejemplo, en Japón evitan el contacto físico y sólo inclinan la cabeza. Los soviéticos ofrecen un beso en los labios, los esquimales un frotamiento de narices e invitación del dueño de la casa a dormir con su mujer.
Sea flexible para adoptar costumbres diferentes a las suyas, ya que también muy diferentes verán los demás las suyas. Recuerde que nosotros somos el demás de los demás. Cuando salude, sea efusivo y mire a los ojos, éstos comunican más que las palabras.
El apretón de manos no debe ser ni débil ni demasiado fuerte, sino breve, cálido y firme. El beso en la mejilla es corriente, pero depende de la relación existente; no es obligatorio para quien se acaba de conocer.
Debemos hacerlo siempre. Cuando sale de su casa y encuentra a su vecino, cuando entra a un elevador, (si está usted dentro del elevador, conteste el saludo), cuando llega a un salón. No saludar a los demás y pasarles al lado como si fueran transparentes, contrario a lo que algunas personas creen, no denota que usted es superior o mejor, solamente denota que tiene menos o ninguna educación.
Para una conducta educada, despídase siempre dando las gracias por el buen rato que pasó. Gracias, por favor, disculpe, son expresiones claves para una conducta amable.
Siempre. En reuniones con dos o más conocidos, la cortesía exige la presentación, para que nadie se sienta incómodo o excluido de la conversación. Para las presentaciones, las costumbres se mantienen invariables a pesar de los cambios que la vida moderna ha ido introduciendo:
Se presenta el hombre a la mujer.
Si son del mismo sexo, la más joven a la mayor.
Si hay diferencias de clase muy marcadas, el inferior al superior.
Presente con claridad y en voz alta, para que ambos escuchen los nombres.
Si no nos presentan, podemos hacerlo nosotros mismos, no nos vaya a pasar como a los dos ingleses que naufragaron en un barco, llegaron nadando a una isla desierta y allí permanecieron varios años sin hablarse, porque no habían sido presentados.
¿Cómo hacerlo? Puede ser de manera muy simple: ¿Me permite presentarme? Soy fulano de tal y vengo a...
Ana, te presento a Pedro Valdés, Pedro, esta es Ana García. (Como ven, en primera instancia Pedro es presentado a Ana, o sea, el hombre a la mujer; luego se presenta la mujer al hombre, Ana a Pedro).
Se puede incluir una breve referencia que sirva de punto de partida para el inicio de la conversación ("Ella es mi pediatra").
Si estamos en un salón sentados, una dama nunca se levanta ante un caballero, a menos que éste sea muy mayor o de una gran jerarquía. El hombre sí debe levantarse siempre al ser presentado.
Es una buena idea repetir el nombre de la persona que le presentan, para que lo recuerde bien, sin confusiones ("Mucho gusto, Pedro").

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