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Variedades / ¿Quieren saber cómo fue que quedó muda doña Jacinta?

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¿Quieren saber cómo fue que quedó muda doña Jacinta?

Publicado 2006/01/05 00:00:00
  • REDACCION

De la resurrección de doña Jacinta, lo que vivió en el 4300, la entrevista del gran diablo y el Arcángel Miguel... y más.

AYER publicamos la primera parte de un divertido cuento de Manuela Alemán (Madelag), donde todos en el pueblo donde vivía doña Jacinta están boquiabiertos. Impresionados, asustados por algo que pasó con la ya no sé si llamarla muerta, viva o muerta-viva: doña Jacinta.
Recuerden que quedamos en la parte donde a doña Jacinta la enviaron al 4300, luego de que en el departamento de clasificaciones le dieron su ficha y sus papeles para que, debidamente documentada, ingresara. He aquí la segunda parte de "El dilema del gran diablo".
El 4300, se encontraba repleto de gente. Parecía un sitio agradable. Sin duda era por eso tan popular.
Allí la muchedumbre que lo llenaba en su totalidad estaba de pie, o sentada en sillas o en el suelo. Todos estaban tan atentos, que no lograban distraerlos los ayudantes del Director del 4300 que circulaban por todos lados, acercándose a algunos de los presentes para suministrarles, sin duda alguna, ricos manjares.
A doña Jacinta la impresionó profundamente el completo silencio que reinaba. Era un silencio tan silencioso, que al cabo de unos instantes no pudo contener más su curiosidad y, agarrando por la cola a unos ayudantes, lo detuvo con su proverbial gesto autoritario.
Aquel gruñó un poco, pero hizo una pausa en su labor:
-¿Qué quieres, condenada? -le dijo poniendo en condenada el afectuoso acento que en la tierra se le da al camarada.
-Quiero saber qué es lo que todos contemplan tan atentos y yo no veo.
-Ven escándalos, bochinches, concupiscencias, adulterios y hasta los malos pensamientos de las personas.
-¡Pero, qué maravilla!- exclamó doña Jacinta entusiasmada.- ¡Esto es una especie de televisión privada!
-Lo mismo, lo mismo -le contestó el diablillo.
-¿Y qué es lo que le dan a comer a ese?
-preguntó doña Jacinta señalando a uno de los condenados a quien uno de los diablillos introducía algo en la boca.
El diablillo que se hallaba a su lado soltó una estrepitosa carcajada que atrajo al lugar a otros ayudantes.
-Es graciosa esta condenada -explicó muerto de la risa el amigo de doña Jacinta a sus compañeros. -Quiere saber qué es lo que le damos de comer a esos.
Y, para que doña Jacinta se convenciera de una vez por todas que estaba en el infierno, entre todos la empujaron para que viera que no había tal alimento sino que la operación que tanto le había intrigado era el corte que hacían de la lengua de los condenados.
Doña Jacinta lanzó alaridos de terror. Pero los diablillos, entusiasmados con la novedad, jugaban con ella.
-No te asustes, condenada. "le decían- ¡Estamos sólo podándolos! Mira a este cómo le ha crecido ya la sin hueso. Ya casi puede hablar. Está a punto de poder comentar los escándalos que ha estado contemplando. Pero, ¡zas! ¡Pobrecito! ¡Ya se quedó sin lengua otra vez! -continuaban diciendo mientras iban dando tijeretazos a todo el que lo necesitaba.
Desesperada al comprobar su terrible destino para toda la eternidad, doña Jacinta trató de huir. Pero como eran tantos los condenados, corría por encima de ellos, pisando a unos, estrujando a otros, sin que estos profirieran ninguna queja. Ello acrecentaba su angustia de fugitiva.
Al fin los diablillos la acorralaron contra un rincón. La obligaron a abrir la boca. Veía ya acercarse las fatídicas tijeras cuando apareció, como caído del cielo (si se perdona la expresión), el señor Diablo Director del 4300.
Con gesto autoritario este calmó el ímpetu belicoso que imperaba. Luego dijo con voz airada:
-Saquen de aquí a la condenada y llévenla a la Dirección General. Que de una vez por todas se entere Lucifer que no estoy para bromas. Aquí no se recibe a nadie, mientras él no cumpla su promesa de ampliar el local. Y sin añadir más, se dedicó a la grata tarea de arrancar unas cuantas lenguas.
Así fue como doña Jacinta se convirtió en el dilema del Gran Diablo.
Los ayudantes del director del 4300 la llevaron a su presencia y un tanto cohibidos transmitieron el mensaje de su jefe inmediato.
El primer impulso de Lucifer fue mandar al diablo al Señor Director del 4300. Pero después meditó y cambio de parecer.
Decidió contemporizar. Personalmente habló con cada uno de los directores de los diferentes departamentos para que aceptaran en algunos de ellos a doña Jacinta.
No tuvieron éxito sus gestiones. Unos aducían que había exceso de trabajo; algunos alegaban que aceptar a una condenada de un departamento, en otro que no le correspondía, estaba reñido con la ética profesional; los más expresaban sin rodeos su temor de que una bochinchosa, introducida en un departamento extraño a son condición, podría incitar a la rebelión a los condenados.
Lucifer no había estado tan perplejo en millones y millones de años. Por más diablos que fueran, las ampliaciones tomarían tiempo y mientras tanto él no sabía que hacer con doña Jacinta. Luego, reflexionando como diablo, llegó a la conclusión de que la culpa no era de él, sino de allá arriba, que dejaban ir a tantos para allá abajo. ¡Que resolvieron ellos el problema! Eso les pasaba por ser tan timoratos y no arrancar lenguas a tiempo, como hacía él.
Lucifer tomó entonces una drástica resolución que sólo utilizaba en casos extremos, pues le desagradaba visitar a aquellos con quienes no tenía afinidad de caracteres.
Pero, estaba en una encrucijada; pues si trataba de imponerse a los diablos, había peligro de que estos se declararan en huelga general, como ya lo habían amenazado. ¡Eso sí, que desquiciaría a todo el universo!
Que decidan allá arriba -volvió a repetir para convencerse que le asistía la razón.
-O me dan la autorización que voy a solicitarles, o les dejo a la condenada.
Y, sin vacilar más, cogió a doña Jacinta, se la echó sobre los hombros como si fuera un fardo, e inició el camino hacia el cielo.
Después de un viaje sin contratiempos llegó a su destino. Dio fuertes aldabonazos a la puerta de entrada y le preguntaron.
-¿Qué buscas?
-Audiencia con el Arcángel Miguel- respondió Lucifer. Sabía que San Pedro era muy estricto y no le convenía hablar con él. Por otra parte el Arcángel Miguel aun cuando hubiera sido su vencedor, era militar, y entre colegas es siempre más fácil entenderse.
Tal como lo había imaginado, el Arcángel Miguel accedió a concederle audiencia y apareció al poco rato. Lucifer le expuso su problema, y el Arcángel le escuchó atentamente. No le prometió nada definitivo pero le dio su palabra de que trataría de obtener la autorización solicitada.
Efectivamente, así fue. Al regresar de la conferencia con San Pedro, le entregó a Lucifer las órdenes escritas y este, satisfecho de haber resuelto su dilema, emprendió el camino de regreso.
Pero esta vez no bajó directamente al infierno.
Con el espíritu de doña Jacinta a cuestas se introdujo en el velorio de esta.
Ya no tenía prisa, así es que se detuvo un instante a tomarse un guarapito en la mesa tan discretamente colocada.
Durante un rato sopló el humo de las velas para que este se introdujera directamente en las narices de unas cuantas plañideras. Y se hubiera quedado un ratito más divirtiéndose en el velorio, si no hubiese sido por la aparición del Padre Ignacio, ante cuya presencia comenzó a sentirse incómodo e inquieto.
Decidió terminar su labor. Pero, como tenía que trabajar de espaldas al Crucifijo, colocó primero la cabeza del espíritu de doña Jacinta, dentro de la cabeza de la misma. Estaba terminando de ajustarle bien los pies, cuando se dio cuenta que la difunta se había incorporado y decía a voz en cuello:
-¿De qué misterios hablan que yo no me he enterado?.
Alarmado por el exabrupto, actuó con la rapidez característica de su condición de Gran Diablo. Saco las tijeras y en un santiamén, ¡Zas! Podó la lengua de doña Jacinta, antes de que esta pudiera protestar.
Luego se alejó a todo vuelo hacia abajo, sintiendo un poco que el ser tan diablo no le permitiera agradecer al Arcángel Miguel el haberle conseguido la autorización para devolver a doña Jacinta, hasta que estuvieran terminadas las ampliaciones del Departamento 4300.
Hasta entonces, y por mandato expreso de autoridades superiores, doña Jacinta cumpliría su condena en la tierra.
Esto fue lo que me contó mi abuela. Y a ella, como ya les informé, se lo había contado la suya, que era eximia cuentista; íntima amiga de don Antonio quien era experto en urdir cuentos.
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