Todas íbamos a ser batuteras
Publicado 2006/11/04 00:00:00
- Annette Hinestroza V.
Ser batutera y dar ese toque femenino a la banda es un privilegio del que pocas disfrutan.
CONFIANDO que tendríamos el consentimiendo de la excelsa poetisa Gabriela Mistral para parafrasear el título de su poema "todas íbamos a ser reinas", recogemos algunos testimonios que confirman que de niñas, la mayoría de las panameñas sueña con ser batuteras.
Aunque las bandas de Música y de Guerra demuestren destreza al manejar sus instrumentos y los miembros del cuadro de honor nos llenen de orgullo ¿quienes se roban el "show" del desfile?
Las batuteras. Son ellas las que captan la atención de los flashes y las cámaras de televisión. Ya sea marcando el paso, o lanzando sus batutas al aire, sus ceñidos vestidos y sonrisas arrancan suspiros de los asistentes y de quienes soñaron ser batoneras, pero no pudieron lograrlo.
La aguadulceña "Esther" confiesa sin vergüenza alguna, "ese es mi sueño frustado". Admite que intentó cumplirlo, pero las prohibiciones de su madre le hicieron desistir.
"Eso te quita tiempo para estudiar", "No voy a pagar un uniforme tan caro" y "Vivimos muy lejos de la escuela y las prácticas terminan tarde". No le quedó más que conformarse.
Sonríe al recordar que "practicaba con un palo, un vulgar palo de por ahí".
Malena cumplió su sueño a medias. Fue batutera y porrista del equipo infantil de béisbol de su barriada, en Colón.
De pequeña se juró que batuta en mano, recorrería las calles de la ciudad de Colón cada 5 de noviembre. Al llegar a la secundaria despertó de su sueño, al darse cuenta que los colegios públicos de la provincia no tenían batuteras.
Esta práctica se hizo popular a mediados de la década de 1990, no antes.
Buscó consuelo como integrante de la banda de Guerra del Colegio Abel Bravo, pero sus padres le aconsejaron desistir por lo estricto de las prácticas.
Años después, sólo queda presumir que su equipo de batuteras-porristas fue "único en su género".
Laura en cambio, pudo y no quiso. Estudió en el Colegio De La Salle y sabía que era un honor ser batutera; en una escuela en el que sólo beldades como Raquel Rubio (Primera finalista de Señorita Panamá, en 1998) lo eran.
"Yo no soy militar", aún argumenta. Fue por esto que desistió, pues antes de aprender a ejecutar "la estrella", había que hacer cientos de ranitas al sol.
El entrenador -uno de los más reconocidos- intentó convencerla, pero Laura se aterraba al verlo dar órdenes a las batuteras, con rigurosidad militar. "Yo odiaba recibir órdenes", recuerda la lasallista.
Pero ¿por qué ser batutera? Esther es sincera y admite: "me encantaba poder marchar con esos vestiditos chiquitos".
Faldas cortas y botas componen básicamente el uniforme de una batutera, pero el atuendo ha cambiado en los últimos 40 años.
En la década de 1960, las batuteras marchaban en polleras, que en la siguiente década se acortarían.
En la década de 1980, comenzaron a usarse los atuendos militares, pero se mantuvo la pollera, aunque en tejidos que imitaban los tejidos del traje típico.
En 1990, los uniformes militares ganaron terreno, pero con faldas plisadas. A nuestros días, esta pieza ha perdido sus pliegues para ser cada vez más ajustadas, y el uso de botas blancas es casi obligado.
Los batallones femeninos también evolucionan. Lo prueba la existencia de la Compañía Juana de Arco, que en 1921 participó en la Guerra de Coto.
Los batallones de niñas (simbólicos hoy) ganan popularidad desde finales de la década de 1990. Uno de los primeros fue el de "Las Salserín" del Instituto Vocacional El Hogar.
Aunque las bandas de Música y de Guerra demuestren destreza al manejar sus instrumentos y los miembros del cuadro de honor nos llenen de orgullo ¿quienes se roban el "show" del desfile?
Las batuteras. Son ellas las que captan la atención de los flashes y las cámaras de televisión. Ya sea marcando el paso, o lanzando sus batutas al aire, sus ceñidos vestidos y sonrisas arrancan suspiros de los asistentes y de quienes soñaron ser batoneras, pero no pudieron lograrlo.
La aguadulceña "Esther" confiesa sin vergüenza alguna, "ese es mi sueño frustado". Admite que intentó cumplirlo, pero las prohibiciones de su madre le hicieron desistir.
"Eso te quita tiempo para estudiar", "No voy a pagar un uniforme tan caro" y "Vivimos muy lejos de la escuela y las prácticas terminan tarde". No le quedó más que conformarse.
Sonríe al recordar que "practicaba con un palo, un vulgar palo de por ahí".
Malena cumplió su sueño a medias. Fue batutera y porrista del equipo infantil de béisbol de su barriada, en Colón.
De pequeña se juró que batuta en mano, recorrería las calles de la ciudad de Colón cada 5 de noviembre. Al llegar a la secundaria despertó de su sueño, al darse cuenta que los colegios públicos de la provincia no tenían batuteras.
Esta práctica se hizo popular a mediados de la década de 1990, no antes.
Buscó consuelo como integrante de la banda de Guerra del Colegio Abel Bravo, pero sus padres le aconsejaron desistir por lo estricto de las prácticas.
Años después, sólo queda presumir que su equipo de batuteras-porristas fue "único en su género".
Laura en cambio, pudo y no quiso. Estudió en el Colegio De La Salle y sabía que era un honor ser batutera; en una escuela en el que sólo beldades como Raquel Rubio (Primera finalista de Señorita Panamá, en 1998) lo eran.
"Yo no soy militar", aún argumenta. Fue por esto que desistió, pues antes de aprender a ejecutar "la estrella", había que hacer cientos de ranitas al sol.
El entrenador -uno de los más reconocidos- intentó convencerla, pero Laura se aterraba al verlo dar órdenes a las batuteras, con rigurosidad militar. "Yo odiaba recibir órdenes", recuerda la lasallista.
Pero ¿por qué ser batutera? Esther es sincera y admite: "me encantaba poder marchar con esos vestiditos chiquitos".
Faldas cortas y botas componen básicamente el uniforme de una batutera, pero el atuendo ha cambiado en los últimos 40 años.
En la década de 1960, las batuteras marchaban en polleras, que en la siguiente década se acortarían.
En la década de 1980, comenzaron a usarse los atuendos militares, pero se mantuvo la pollera, aunque en tejidos que imitaban los tejidos del traje típico.
En 1990, los uniformes militares ganaron terreno, pero con faldas plisadas. A nuestros días, esta pieza ha perdido sus pliegues para ser cada vez más ajustadas, y el uso de botas blancas es casi obligado.
Los batallones femeninos también evolucionan. Lo prueba la existencia de la Compañía Juana de Arco, que en 1921 participó en la Guerra de Coto.
Los batallones de niñas (simbólicos hoy) ganan popularidad desde finales de la década de 1990. Uno de los primeros fue el de "Las Salserín" del Instituto Vocacional El Hogar.

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