Museo del narcotráfico
- José Miguel DomÃnguez F.
Este sitio no está abierto al público, pero sí a los expertos en criminalística, policías y militares.
El cuerpo disecado de Zuyaqui, el perro que más droga detectó en México, monta guardia sobre las pistolas de oro y brillantes con logotipo de Versace de los señores del narcotráfico en el militar Museo del Enervante.
Cerca de dos decenas de armas doradas, algunas con más de cien pequeños diamantes en la culata y otras con el nombre del sicario -como “El Matadore" o "El Embajador"- grabado en el cañón, duermen en sus vitrinas, en el corazón de la sede de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), en la capital mexicana.
No todos los sicarios pueden acceder a un arma así, no sólo porque cuestan entre $20,000 y $30,000 (el precio de dos kilos de cocaína, aproximadamente), sino porque depende del rango y el respeto que se hayan ganado, explica el guía del recinto.
“Con frecuencia encontramos en las armas de fuego (grabados de) animales salvajes y joyería ostentosa, como oro, brillantes, rubíes, esmeraldas, marfil, motivos alusivos a personajes históricos y decorados artísticos”, dice.
Está claro que “el narcotraficante busca volcar en el arma su personalidad o parte de su manera de pensar, y la ostentación”.
El lujo de la narcocultura lo exhiben toda clase de objetos incautados a capos y lugartenientes detenidos, como el teléfono móvil de oro de Daniel Pérez Rojas, “El Cachetes”, del grupo de sicarios Los Zetas, brazo armado del cartel del Golfo.
La seña de identidad de sus miembros, un colgante también de oro en forma de moneda con una Z grabada, también está allí.
A su lado reposan las gafas de sol Christian Dior con patillas doradas de Benjamín Arellano Félix, “El Tigrillo”, quien fuera líder del letal cartel de Tijuana, ahora preso en EE.UU.
El museo guarda también armamento con menos florituras que las pistolas de oro, pero bastante más mortífero, como el AK-47, rifle de asalto por excelencia del crimen organizado, al que se apoda “cuerno de chivo” por su cargador curvado.
Esta es la parte más colorista del recinto, establecido en 1985 para dar cuenta de la lucha contra las drogas en México, donde los capos se cuentan entre los más poderosos de América.
A sus puertas, una placa con los nombres de todos los militares caídos en combate contra los carteles y un mural con soldados luchando contra los cultivos ilegales.
El museo, que no está abierto al público, tiene un fin didáctico para los propios militares y para la formación de profesionales como abogados y criminólogos.
En sus salas se detallan todas las acciones del Ejército en la lucha contra las drogas y continuamente llegan objetos y fotografías de detenciones y decomisos.
Una de las adquisiciones más recientes es una cuba para procesar drogas sintéticas hallada en el mayor narcolaboratorio desmantelado en el país: situado en la zona montañosa de Las Trancas, en Durango, parte del “triángulo dorado de las drogas” de México, era casi un pequeño pueblo donde el cartel de Sinaloa fabricaba hasta 100 kilos de “cristal” al día.
Allí se localizó una cabaña con todo tipo de lujos -y un catálogo de modelos- que se presume fue hogar para Joaquín “El Chapo Guzmán”, líder del cartel y uno de los narcotraficantes más buscados.
También se conservan los mensajes, con faltas ortográficas, dedicados a los soldados para que no destruyan los cultivos de amapola o marihuana.
También pueden verse los métodos del narco para transportar la droga, desde las “mulas” humanas a muñecos o envases de leche.

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