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Argentina y Uruguay: amigos y rivales
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Argentina y Uruguay han sido, son y serán dos hermanos de sangre, idioma e historia.Distinguir entre un uruguayo y un argentino a primera vista requiere grandes dosis de sutiles conocimientos.Carlos Gardel era uruguayo; el autor de "La Cumparsita", Matos Rodríguez era uruguayo, lo mismo que el famoso jockey Leguízamo, pero los tres pasaban como argentinos.Jorge Luis Borges dijo una vez que los uruguayos son argentinos en serio.A esa categoría pertenecieron el cuentista Horacio Quiroga, uruguayo que hizo carrera literaria en Argentina; el pintor Atilio Rossi; y el ensayista Enrique Rodó, quien se presentaba como escritor del Río de la Plata.Sin embargo, esta indiscernible hermandad esmaltada de humor súbitamente pudo convertirse en amarga rencilla cuando el presidente uruguayo Jorge Batlle, en un exceso de emotividad desencadenada por la crisis económica, calificó a los políticos argentinos como "una manga de ladrones, de abajo a arriba", en el curso de una entrevista periodística a cargo de una televisora internacional de noticias.Al principio, para atenuar los hechos, se dijo que Batlle soltó las expresiones cuando creía que el micrófono estaba cerrado y no se iban a grabar sus palabras.Pero quedó en evidencia que había dicho lo que había dicho y Batlle tuvo que asumir la responsabilidad política de sus expresiones que alcanzaron al mismo presidente de Argentina, Eduardo Duhalde.Las aguas del Río de la Plata empezaron a encresparse.Un vocero de la Casa Rosada comunicó con voz grave que la cancillería había llamado al embajador de Uruguay para que diera explicaciones sobre las expresiones de Batlle.Cuando la situación iba cogiendo perfiles de una crisis de imponderables consecuencias, el presidente uruguayo, después de lamentar lo sucedido, anunció que viajaría a Buenos Aires para arreglar el entuerto personalmente con Duhalde.Así lo hizo.Entre lágrimas, con humildad y coraje, Batlle pidió perdón a los argentinos por sus palabras, ante cámaras de televisión, delante de Duhalde.Y éste, con gesto conciliatorio, aceptó las disculpas de su fogoso colega de la otra orilla del Plata y cerró el entredicho, manifestando que la historia apenas recogería en un párrafo el incidente.Bello gesto, el de ambos, como dicen los franceses, aunque es prematuro saber qué es lo que dirán los historiadores.Lo extraordinario es que los argentinos entrevistados por CNN se extrañaron que Batlle retirara sus palabras, alegando que ellos opinan lo mismo de los políticos del patio.Algo parecido sucede en Panamá con los aplausos que cosecha entre el público una obra teatral cuyo título no deseamos transcribir en la que los legisladores son pintados con hilaridad y algo de vulgaridad.Los presidentes de la República están amarrados por el protocolo y las relaciones diplomáticas y le es vedado opinar con sinceridad.El pueblo está libre de esas ataduras y se pronuncia con rudeza pero con veracidad, allá en Argentina, acá en Panamá.La carencia de credibilidad de la llamada clase política es " vox populi, vox dei".