El feminismo y los movimientos sociales
Publicado 2001/04/22 23:00:00
- Lineth RodrÃguez
Los socialdemócratas estamos por la justicia, la equidad y la solidaridad sociales. Militamos contra toda modalidad de injusticia, discriminación, marginación, iniquidad o maltrato. Este principio implica un compromiso a favor de la efectiva igualdad de derechos y oportunidades de las mujeres, como, asimismo, por la igualdad de derechos y oportunidades de los indígenas, los negros, los pobres, los minusválidos, la gente de la tercera edad y por el respeto a los derechos de los jóvenes y los niños.
Para esto hay poderosas razones morales, así como de desarrollo cultural, cívico, social y económico. Sin embargo, lo que atañe a la igualdad de las mujeres tiene una dimensión a la vez más amplia y compleja que lo correspondiente a esos otros postulados. Más amplia por el obvio motivo de que aproximadamente la mitad de las poblaciones indígenas, negras, pobres, minusválidas, infantiles, juveniles y de la tercera edad son mujeres, y porque ellas suelen ser la mitad que padece la peor parte. Más compleja porque la injusticia, la discriminación, la iniquidad o el maltrato tienen distintas formas de existir dentro de cada uno de esos diferentes grupos sociales.
Por otro lado, como lo demuestran las realidades estadísticas panameñas, las mujeres constituyen el segmento más escolarizado, disciplinado, honesto y dedicado de la fuerza de trabajo de nuestro país. Pero este dato es una verdad potencial más que una realidad efectiva, puesto que la iniquidad social, cultural, legal y material impuesta a la mayoría de las mujeres les impide realizar en la práctica todas esas cualidades. Y, por lo mismo, le impiden tanto a ellas como al desarrollo nacional, obtener los beneficios de esas capacidades productivas que el país desaprovecha. Esto significa que, más allá del diagnóstico y la denuncia, también es preciso legislar, educar y organizar a fin de obtener una equitativa y eficaz incorporación de esa gran fuerza productiva al desarrollo del país. A estos efectos, "equitativa" significa igualdad de oportunidades y que a igual trabajo debe corresponder igual salario, y "eficaz" significa que es preciso flexibilizar las normas y hábitos vigentes, porque la incorporación de esa fuerza requerirá adoptar formas de organización adecuadas a sus particularidades, que hasta ahora han sido poco tenidas en cuenta. Ello incluye fortalecer los servicios de guarderías e introducir otras previsiones.
Como es natural, lograr esa equidad interesa particularmente a las mujeres. No obstante, se trata de un objetivo que involucra al conjunto de la sociedad nacional y no sólo a una de sus partes. Por cuanto se trata de algo relevante para el conjunto del desarrollo moral, cultural, cívico, social y económico del país, debe interesar a todos sus componentes.
En consecuencia, el movimiento femenino dirigido a lograr ese propósito, tendrá mayor éxito en la medida en que logre involucrar la colaboración y la solidaridad de un creciente número de hombres y de un creciente número de otros movimientos sociales. Precisamente por ello, ensimismarse sería un error. Ya que las mujeres aportan la mitad de los componentes de los demás movimientos sociales, ninguno de ellos puede serles ajeno, puesto que los cruza transversalmente a todos. En tanto que el movimiento femenino también se destaque como aliado y promotor de los movimientos contra la discriminación racial, por los derechos indígenas, por los derechos de los trabajadores y por las reivindicaciones de los minusválidos, de la infancia, la juventud y de la tercera edad, tanto más podrá potenciarse para sus propios fines. Esto, en dos sentidos. Uno, porque el apoyo participativo de un creciente número de hombres y de movimientos sociales viabilizará mayor irradiación e influencia de las propuestas feministas, y mayor capacidad movilizadora y propositiva. Otro, porque la solidaridad con los demás movimientos permite obtener mejor conocimiento y compenetración con las mujeres que forman parte de esas otras reivindicaciones, cuyas particularidades son asimismo diferentes y no siempre coinciden con las de la clase media urbana.
Si bien el movimiento feminista cruza transversalmente los demás movimientos sociales, eso no quiere decir que se realice de igual forma en cada uno de ellos. Dicho de otro modo: ¿cómo reivindicar las necesidades y aspiraciones de las mujeres indígenas sin asumir las reivindicaciones del conjunto de los pueblos indígenas? ¿Cómo acuerpar las demandas de la mujer obrera si no es solidarizándose con los trabajadores en general? ¿Cómo apoyar las demandas de la mujer negra o de la mujer pobre sino asumiendo las demandas de los negros y de los pobres en general, de las cuales ellas son parte, incluso, considerándolas una parte especial?
La misma realidad estructural que caracteriza al movimiento femenino dándole lugar dentro de los demás movimientos implica que no debe aislarse, es decir, que no debe ser un movimiento sólo de mujeres, o que combata una sola forma de injusticia, o que sólo abarque a la gente de una sola corriente política o sector social. Su propia naturaleza social lo compromete históricamente con el pluralismo. Así lo probó la solidaridad del feminismo norteamericano con el movimiento abolicionista en el siglo XIX; así lo demostró su solidaridad con el movimiento por los derechos civiles en el siglo XX. La abolición ganó y los derechos civiles ganaron, en bien de todos sus integrantes, tanto hombres como mujeres. Y el feminismo se fortaleció, obteniendo importantes progresos para ésas y para las demás mujeres. Para lograrlo, ese movimiento feminista rebasó los límites sexistas, según los cuales tendría que ocuparse exclusivamente de las mujeres. Ello demostró que el movimiento femenino, para ampliar su legitimidad e influencia sociales -esto es, para lograr mayores resultados efectivos- también debe inspirar un movimiento plural contra todas las otras formas de discriminación, injusticia e iniquidad, puesto que ninguna de ellas puede serle ajena.
Para esto hay poderosas razones morales, así como de desarrollo cultural, cívico, social y económico. Sin embargo, lo que atañe a la igualdad de las mujeres tiene una dimensión a la vez más amplia y compleja que lo correspondiente a esos otros postulados. Más amplia por el obvio motivo de que aproximadamente la mitad de las poblaciones indígenas, negras, pobres, minusválidas, infantiles, juveniles y de la tercera edad son mujeres, y porque ellas suelen ser la mitad que padece la peor parte. Más compleja porque la injusticia, la discriminación, la iniquidad o el maltrato tienen distintas formas de existir dentro de cada uno de esos diferentes grupos sociales.
Por otro lado, como lo demuestran las realidades estadísticas panameñas, las mujeres constituyen el segmento más escolarizado, disciplinado, honesto y dedicado de la fuerza de trabajo de nuestro país. Pero este dato es una verdad potencial más que una realidad efectiva, puesto que la iniquidad social, cultural, legal y material impuesta a la mayoría de las mujeres les impide realizar en la práctica todas esas cualidades. Y, por lo mismo, le impiden tanto a ellas como al desarrollo nacional, obtener los beneficios de esas capacidades productivas que el país desaprovecha. Esto significa que, más allá del diagnóstico y la denuncia, también es preciso legislar, educar y organizar a fin de obtener una equitativa y eficaz incorporación de esa gran fuerza productiva al desarrollo del país. A estos efectos, "equitativa" significa igualdad de oportunidades y que a igual trabajo debe corresponder igual salario, y "eficaz" significa que es preciso flexibilizar las normas y hábitos vigentes, porque la incorporación de esa fuerza requerirá adoptar formas de organización adecuadas a sus particularidades, que hasta ahora han sido poco tenidas en cuenta. Ello incluye fortalecer los servicios de guarderías e introducir otras previsiones.
Como es natural, lograr esa equidad interesa particularmente a las mujeres. No obstante, se trata de un objetivo que involucra al conjunto de la sociedad nacional y no sólo a una de sus partes. Por cuanto se trata de algo relevante para el conjunto del desarrollo moral, cultural, cívico, social y económico del país, debe interesar a todos sus componentes.
En consecuencia, el movimiento femenino dirigido a lograr ese propósito, tendrá mayor éxito en la medida en que logre involucrar la colaboración y la solidaridad de un creciente número de hombres y de un creciente número de otros movimientos sociales. Precisamente por ello, ensimismarse sería un error. Ya que las mujeres aportan la mitad de los componentes de los demás movimientos sociales, ninguno de ellos puede serles ajeno, puesto que los cruza transversalmente a todos. En tanto que el movimiento femenino también se destaque como aliado y promotor de los movimientos contra la discriminación racial, por los derechos indígenas, por los derechos de los trabajadores y por las reivindicaciones de los minusválidos, de la infancia, la juventud y de la tercera edad, tanto más podrá potenciarse para sus propios fines. Esto, en dos sentidos. Uno, porque el apoyo participativo de un creciente número de hombres y de movimientos sociales viabilizará mayor irradiación e influencia de las propuestas feministas, y mayor capacidad movilizadora y propositiva. Otro, porque la solidaridad con los demás movimientos permite obtener mejor conocimiento y compenetración con las mujeres que forman parte de esas otras reivindicaciones, cuyas particularidades son asimismo diferentes y no siempre coinciden con las de la clase media urbana.
Si bien el movimiento feminista cruza transversalmente los demás movimientos sociales, eso no quiere decir que se realice de igual forma en cada uno de ellos. Dicho de otro modo: ¿cómo reivindicar las necesidades y aspiraciones de las mujeres indígenas sin asumir las reivindicaciones del conjunto de los pueblos indígenas? ¿Cómo acuerpar las demandas de la mujer obrera si no es solidarizándose con los trabajadores en general? ¿Cómo apoyar las demandas de la mujer negra o de la mujer pobre sino asumiendo las demandas de los negros y de los pobres en general, de las cuales ellas son parte, incluso, considerándolas una parte especial?
La misma realidad estructural que caracteriza al movimiento femenino dándole lugar dentro de los demás movimientos implica que no debe aislarse, es decir, que no debe ser un movimiento sólo de mujeres, o que combata una sola forma de injusticia, o que sólo abarque a la gente de una sola corriente política o sector social. Su propia naturaleza social lo compromete históricamente con el pluralismo. Así lo probó la solidaridad del feminismo norteamericano con el movimiento abolicionista en el siglo XIX; así lo demostró su solidaridad con el movimiento por los derechos civiles en el siglo XX. La abolición ganó y los derechos civiles ganaron, en bien de todos sus integrantes, tanto hombres como mujeres. Y el feminismo se fortaleció, obteniendo importantes progresos para ésas y para las demás mujeres. Para lograrlo, ese movimiento feminista rebasó los límites sexistas, según los cuales tendría que ocuparse exclusivamente de las mujeres. Ello demostró que el movimiento femenino, para ampliar su legitimidad e influencia sociales -esto es, para lograr mayores resultados efectivos- también debe inspirar un movimiento plural contra todas las otras formas de discriminación, injusticia e iniquidad, puesto que ninguna de ellas puede serle ajena.

Para comentar debes registrarte y completar los datos generales.