Teatro de lo absurdo
- Rafael Montes Gómez
Este es un género dramático que abarca obras escritas entre las décadas del ´40 y ‘70, dando estos dramaturgos expresión al concepto fundamental de Albert Camus: la vida es inherentemente absurda. Aunque prevalece lo absurdo, se rige por los mismos principios existencialistas. Su característica principal es que no hay secuencia dramática, los diálogos son repetitivos y sus tramas carecen de significado creando una atmósfera onírica.
Definitivamente, hay que saber mucho del teatro del absurdo para interpretar la actuación de los personajes que pretenden llegar al Palacio de las Garzas y la actual coyuntura política panameña. Nuestros experimentados dramaturgos locales nos ofrecen unas escenas tan disímiles que harían sonrojar al mismísimo Martin Esslin. Entre ellas, un toro impele al alcalde a recoger las toneladas de basura que impávidas flanquean toda la ciudad, en lugar de orondos paseos ecuestres. El indignado riposta al otrora amigo, protector y postulante, desagraviándolo al no invitarlo a un festín gastronómico cuyo huésped de honor es el embajador norteamericano. Tras lucir su mejor rostro municipal, enrostra más del mismo chocolate al vacuno, dejando entrever ante las cámaras el legado de la visa cancelada.
La madre de todo el drama es aquella escena donde aparecen unos “hackers” que borran todo el archivo del sitio web de la Asamblea Nacional y, en su lugar, colocan la flameante bandera de las barras y las estrellas con el mensaje “Nuestros ojos están encima de ti”. Si fuese real, el mensaje haría orinarse a más de un ensombrerado, pero no es más que teatro de lo absurdo de algunos copartidarios. Luego, ante la triste caricatura de oposición que entona su pindín favorito: “Yo no me bajo del caballo”, después de la noche de los cuchillos largos y concluido todo ese “freak show”, se lamerán las heridas y a paso militar, todos en unión monolítica apoyarán con todos los hierros a su candidato de consenso. ¡Cuidado, es una candidata!, y sin necesidad de los usuarios del volkswagen.
Ante esta triste realidad, aunque sufrí mucho con el noriegato, debo confesar que hay perredé pa’ rato.

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