La cultura del diálogo
Publicado 2005/06/09 23:00:00
- Silvio Guerra Morales
La fuerza y la violencia en todas sus formas a nada bueno conducen.
HACE NO POCO TIEMPO escribí un ensayo en el que traté de discernir algunas líneas referidas a la importancia del diálogo. En medio de un mundo en crisis, en todos los sentidos: política, de valores éticos y morales, sociales, espirituales, etc., soy fiel creyente del diálogo. Creo en el mecanismo de la conversación como el método más eficaz con que cuenta la civilización para dirimir o mitigar los conflictos o litigios. Se impone una cultura mediacional. La fuerza y la violencia en todas sus formas o representaciones a nada bueno conducen. Los réditos de ellas son tristes y dañinos. Por ello creo menester volver a reiterar algunos de los conceptos que esbocé y ello, en especial consideración, a que por fin los sectores en huelga han receptado el llamado del Gobierno a sentarse a conversar.
Todo concierne a la puesta en vigencia de la Ley 17 de 2005 -Nueva Ley Orgánica de la CSS- habrá de centrarse en aspectos de su implementación y que pueden ser objeto de reglamentación o de modificaciones mediante leyes de reformas. Es por ello que nos atrevemos a sostener que en medio de todo antagonismo; allí en donde es soberana o reina la contradictoriedad; donde surge el conflicto o la discrepancia, es menester que entre los interlocutores que participan o intervienen, como partes opuestas, también reine o impere la cultura del diálogo. ¿Cómo podríamos brindar una definición de esta forma de la cultura que reviste matices o caracteres de educación, mesura o templanza sin que se vean soslayados otros elementos cuales son: los intereses que cada parte defiende; los derechos que invoca y que considera le asisten; los fundamentos de sus respectivas posiciones o pretensiones; los riesgos a que se ven sometidas las partes, etc.? La cultura del diálogo ostenta una importancia singular. En el mundo jurídico se sostiene que más importante fue el surgimiento del diálogo entre los hombres que la aparición de la rueda. El mismo proceso judicial en sí ha sido rediseñado como un diálogo dirigido por un tercero independiente, imparcial e impartial -que no es parte en el juicio- llamado juez o árbitro, pero en el que participan dos partes opuestas o antagónicas sosteniendo una disputa sobre un mismo bien o interés de la vida y que dicho debate lo hacen en un plano de absoluta y perfecta igualdad. Cuestiones, en consecuencia, como la soberbia, la pedantería, el menosprecio de una de las partes respecto a la otra, la indiferencia respecto a los derechos o intereses en juego y que cada parte cree le asisten, son cuestiones que, aunque parecieran triviales, afectan todo proceso de negociación. Quien pretenda acercarse al plano del diálogo empleando para ello elementos de indiferencia frente al problema del otro; creyéndose que está ubicado en un plano o nivel superior respecto a la otra parte; que sus argumentos tienen mayor validez que la otra, terminan por socavar todo fin noble y la terminación pacífica de los diferendos sociales o legales. Surge entonces, cuando se trata de poner término a la controversia a través del diálogo, un problema mayor: ahora las partes han acentuado el conflicto y las eventuales posibilidades de solución del mismo se ahuyentan. Por otra parte, si se trataba de evitar el diferendo o el litigio, mismo que radica en el plano de la realidad social, tendremos como resultado estrepitoso que surge, concretamente, el conflicto social o de cualquier otra naturaleza.
En el ámbito de la cultura mediacional, de las conciliaciones, de las amigables composiciones, del arbitraje en sí, los doctrinarios o teóricos también han podido comprender estas verdades y han tomado conciencia de que es mejor ponerle solución pacífica a los conflictos que hacerlos surgir o acentuarlos mayormente. Algunos han tratado de sustentar que el proceso o debate judicial está destinado al fracaso y a la desaparición, frente a la avanzada y enorme aceptación que están teniendo los mecanismos de autocomposición entre los sujetos o partes singulares o colectivas que participan de un conflicto.
La cultura del diálogo se impone como una cultura de paz, de búsqueda permanente del orden y de la civilidad. Se trata de una manifestación de la cultura general, pero en su forma de expresión más valiosa, es decir, la del lenguaje que permite, independientemente de sus clases, a los hombres comunicar ideas, conceptos, filosofías, pensamientos, teorías, etc. Cuando la violencia verbal o física se hace presente rompiendo todos los esquemas de la razón, surge la aparatosa fuerza que al ser ilegítima termina por socavar también los modelos y los paradigmas que encausan los posibles entendimientos entre los hombres o que aun siendo legítima produce como resultado la ruptura de la convivencia social. No existe conflicto, litigio o controversia alguna; diferendo o contradictoriedad que no pueda ser sometida a esa cultura de la razón; a la prosperidad de un diálogo que curse las buenas intenciones de las partes; al entendimiento prolífico que permita llegar o arribar a conclusiones de beneficios recíprocos y de utilidades colectivas o plurales.
Ante la vorágine de problemas o conflictos por los que atraviesa la sociedad panameña, debemos, juntos, mantener la templanza y la cordura. ¿A quién compete poner en ejercicio la cultura del diálogo? ¿Puede alguien excluirse de su ámbito de responsabilidad? No lo creemos. Todos estamos responsabilizados a viabilizar el diálogo; a ejecutar operaciones de entendimiento para que prevalezca la racionabilidad; entendimiento que posibilite encontrar soluciones con niveles de participación de todas las partes que se ven afectadas por el conflicto. Siempre es bueno y propicio asistirse de expertos en la materia y no de leguleyos que todo lo tuercen, picapleitos onerosos que nada hacen ni dejan hacer; instrumentos al servicio de la ambigüedad, lo torcido y lo nefasto.
En una sociedad, como la panameña, es menester que empecemos a desarrollar la cultura del diálogo como mecanismo de freno a una vorágine impetuosa que a todos nos sumergiría en la angustia y la desesperación sin fin. La ayuda de afuera no puede ser siempre la tónica en nuestra búsqueda de soluciones a nuestros problemas, no. Debemos empezar por auto educarnos o instruirnos más. El lenguaje violento a nada conduce y mucho menos las ofensas que hieren la subjetividad, integridad y dignidad de las personas. En todo conflicto debemos tomar muy en cuenta: que el ser humano, independientemente de su condición social, credo político, raza, sexo o religión, es un ser digno. Todos somos iguales, al menos, ante los ojos del Creador. Hagámoslo una realidad entre nuestros congéneres que ellos sabrán dispensárnosla también.
Todo concierne a la puesta en vigencia de la Ley 17 de 2005 -Nueva Ley Orgánica de la CSS- habrá de centrarse en aspectos de su implementación y que pueden ser objeto de reglamentación o de modificaciones mediante leyes de reformas. Es por ello que nos atrevemos a sostener que en medio de todo antagonismo; allí en donde es soberana o reina la contradictoriedad; donde surge el conflicto o la discrepancia, es menester que entre los interlocutores que participan o intervienen, como partes opuestas, también reine o impere la cultura del diálogo. ¿Cómo podríamos brindar una definición de esta forma de la cultura que reviste matices o caracteres de educación, mesura o templanza sin que se vean soslayados otros elementos cuales son: los intereses que cada parte defiende; los derechos que invoca y que considera le asisten; los fundamentos de sus respectivas posiciones o pretensiones; los riesgos a que se ven sometidas las partes, etc.? La cultura del diálogo ostenta una importancia singular. En el mundo jurídico se sostiene que más importante fue el surgimiento del diálogo entre los hombres que la aparición de la rueda. El mismo proceso judicial en sí ha sido rediseñado como un diálogo dirigido por un tercero independiente, imparcial e impartial -que no es parte en el juicio- llamado juez o árbitro, pero en el que participan dos partes opuestas o antagónicas sosteniendo una disputa sobre un mismo bien o interés de la vida y que dicho debate lo hacen en un plano de absoluta y perfecta igualdad. Cuestiones, en consecuencia, como la soberbia, la pedantería, el menosprecio de una de las partes respecto a la otra, la indiferencia respecto a los derechos o intereses en juego y que cada parte cree le asisten, son cuestiones que, aunque parecieran triviales, afectan todo proceso de negociación. Quien pretenda acercarse al plano del diálogo empleando para ello elementos de indiferencia frente al problema del otro; creyéndose que está ubicado en un plano o nivel superior respecto a la otra parte; que sus argumentos tienen mayor validez que la otra, terminan por socavar todo fin noble y la terminación pacífica de los diferendos sociales o legales. Surge entonces, cuando se trata de poner término a la controversia a través del diálogo, un problema mayor: ahora las partes han acentuado el conflicto y las eventuales posibilidades de solución del mismo se ahuyentan. Por otra parte, si se trataba de evitar el diferendo o el litigio, mismo que radica en el plano de la realidad social, tendremos como resultado estrepitoso que surge, concretamente, el conflicto social o de cualquier otra naturaleza.
En el ámbito de la cultura mediacional, de las conciliaciones, de las amigables composiciones, del arbitraje en sí, los doctrinarios o teóricos también han podido comprender estas verdades y han tomado conciencia de que es mejor ponerle solución pacífica a los conflictos que hacerlos surgir o acentuarlos mayormente. Algunos han tratado de sustentar que el proceso o debate judicial está destinado al fracaso y a la desaparición, frente a la avanzada y enorme aceptación que están teniendo los mecanismos de autocomposición entre los sujetos o partes singulares o colectivas que participan de un conflicto.
La cultura del diálogo se impone como una cultura de paz, de búsqueda permanente del orden y de la civilidad. Se trata de una manifestación de la cultura general, pero en su forma de expresión más valiosa, es decir, la del lenguaje que permite, independientemente de sus clases, a los hombres comunicar ideas, conceptos, filosofías, pensamientos, teorías, etc. Cuando la violencia verbal o física se hace presente rompiendo todos los esquemas de la razón, surge la aparatosa fuerza que al ser ilegítima termina por socavar también los modelos y los paradigmas que encausan los posibles entendimientos entre los hombres o que aun siendo legítima produce como resultado la ruptura de la convivencia social. No existe conflicto, litigio o controversia alguna; diferendo o contradictoriedad que no pueda ser sometida a esa cultura de la razón; a la prosperidad de un diálogo que curse las buenas intenciones de las partes; al entendimiento prolífico que permita llegar o arribar a conclusiones de beneficios recíprocos y de utilidades colectivas o plurales.
Ante la vorágine de problemas o conflictos por los que atraviesa la sociedad panameña, debemos, juntos, mantener la templanza y la cordura. ¿A quién compete poner en ejercicio la cultura del diálogo? ¿Puede alguien excluirse de su ámbito de responsabilidad? No lo creemos. Todos estamos responsabilizados a viabilizar el diálogo; a ejecutar operaciones de entendimiento para que prevalezca la racionabilidad; entendimiento que posibilite encontrar soluciones con niveles de participación de todas las partes que se ven afectadas por el conflicto. Siempre es bueno y propicio asistirse de expertos en la materia y no de leguleyos que todo lo tuercen, picapleitos onerosos que nada hacen ni dejan hacer; instrumentos al servicio de la ambigüedad, lo torcido y lo nefasto.
En una sociedad, como la panameña, es menester que empecemos a desarrollar la cultura del diálogo como mecanismo de freno a una vorágine impetuosa que a todos nos sumergiría en la angustia y la desesperación sin fin. La ayuda de afuera no puede ser siempre la tónica en nuestra búsqueda de soluciones a nuestros problemas, no. Debemos empezar por auto educarnos o instruirnos más. El lenguaje violento a nada conduce y mucho menos las ofensas que hieren la subjetividad, integridad y dignidad de las personas. En todo conflicto debemos tomar muy en cuenta: que el ser humano, independientemente de su condición social, credo político, raza, sexo o religión, es un ser digno. Todos somos iguales, al menos, ante los ojos del Creador. Hagámoslo una realidad entre nuestros congéneres que ellos sabrán dispensárnosla también.

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