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Variedades / Niños: el mejor soporte ante un duelo familiar

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Niños: el mejor soporte ante un duelo familiar

Publicado 2000/07/10 23:00:00
  • Carlos Acebedo

"El gatito me decía que lo recogiera y Stephanie y yo (Juan José) nos lo traímos para la casa. Lo inscribimos con el nombre de Manchita Riguita Lao Muñoz porque mi papá se llama Rigo".
Esta, a todas luces, es una ocurrencia de niños de 7 y 5 años con la cual tratan de "vender" la idea a su progenitora que regresaba de trabajar, de que habían hecho la buena obra del día y, por tanto, debía ser aceptada.
La madre no consentiría nunca que un gatito pasara a engrosar la lista de mascotas de la familia, entre las que hay dos perras, peces y dos tortugas. Esto lo sabían muy bien Stephanie y Juan.
Pero he aquí, que lo que en realidad resultó ser una gatita, se ganó la aceptación de la familia entera, con sus ojazos celestes y su pelaje blanco con pequeñas manchas avellana.
Muy lejos estaba la madre de imaginar que esa gatita llegó a casa a cumplir una importante misión y después partió en un viaje eterno.
La abuelita adorada de estos niños estaba muy enferma. Pronto Dios la llamaría a su presencia y había que preparar a los pequeños para cuando llegara el momento.
Los padres buscaron ayuda ante un amigo psiquiatra, quien desde el primer instante adujo que los niños saben vivir mejor el duelo que los adultos. Sólo hay que prepararlos con el corazón en la mano y la verdad en los labios. Pero, ¿cómo?, era la pregunta de rigor.
Pues bien, los caminos de Dios a veces son intrincados, pero invariablemente llevan al final del túnel.
Un día, cuando Stephanie y Juan salían para la escuela, su papá les dijo que esperaran en el portal, pues sacaría el auto del garaje.
Quiso el destino que "Manchita Riguita Lao Muñoz" estuviera debajo de la llanta trasera izquierda y al dar marcha atrás, fue arrollada inevitablemente frente a los asustados ojos de sus amos y dueños, que la habían protegido y alimentado durante sólo dos semanas.
El llanto no se hizo esperar y hubo que explicarles a estos infantes que Papá Dios se había llevado a Manchita a vivir con El porque consideró que necesitaba más angelitos en el cielo para que lo ayudaran a proteger a los niños que quedaban en la tierra.
Así, poco a poco, los padres fueron acostumbrando a los niños a la ausencia de Manchita, siempre inculcándoles que había que aceptar la voluntad del Señor porque El nunca hace nada para que los niños sufran.
Pasaron las semanas y su abuelita empeoraba recluida en la sala de un hospital.
Y el día temido por toda la familia, llegó. Al dolor de la pérdida se unió la incertidumbre sobre cómo decírselo a sus nietos. Había que afrontarlo, y cuanto antes, mejor.
Esa tarde, la madre llamó a la niñera y le dio la noticia con la intención de que no dejara que los niños contestaran el teléfono para evitar que se enteraran de la partida de su abuela por los medios menos oportunos. Se le pidió, igualmente, al hermano mayor (19 años) que los entretuviera y los llevara a pasear.
Stephanie y Juan tienen una tía -hija de su abuela- a la que están muy apegados. Justamente a toda la familia le preocupaba la forma en que esa tía, que vivía sola con su madre, tomaría la triste noticia. Esa noche, ella dormiría en la casa de los niños.
Al día siguiente, muy temprano, ambos se levantaron. Bastó una mirada para saber que algo ocurría. La madre y el padre los miraban.
Se les explicó que su abuela había sido llamada al cielo porque en la tierra estaba sufriendo mucho por los dolores de la enfermedad y que Dios no quería que ella sufriera. Ahora, su abuela era un ángel que los cuidaba desde la casa de Dios.
Fue entonces cuando salió a relucir el porqué Manchita Riguita Lao Muñoz llegó a formar parte de la familia.
"¡Ah!... ¿mi abuela se fue al cielo, como Manchita? Ella ahora nos está cuidando también", dijo Stephanie. Y acto seguido, se dedicó a explicar a su hermanito Juan, que tenía la tristeza reflejada en su rostro, que no debía sentirse triste, porque su abuela ahora estaba mejor y no sufría, porque en el cielo no hay sufrimiento y Dios no hacía nada para que los niños sufrieran, tal como se le había dicho cuando murió Manchita.
En eso, sintió el llanto de su tía en la recámara y allá se dirigió.
Se acostó a su lado, le acarició el brazo, el cabello y le dijo, una y otra vez, que ahora su abuela no sufría, que desde allá ella cuidaría de todos y que si se hubiese quedado en la tierra, estaría sufriendo mucho.
"En la vida, tía, a veces perdemos lo que más queremos. Juan y yo perdimos nuestra gatita, pero ya no estamos tristes porque sabemos que Dios se la llevó para el cielo y desde allá le ayuda a cuidarnos", decía la niña, tratando de consolar a su tía y al parecer muy consciente de que ella era una de las más afectadas por la partida de su madre.
Y siguió recordándole que su abuela también había sufrido mucho cuando sus dos perros -Esquilachi y Jerry-murieron, pero que ella supo que en el cielo estarían mejor.
Ahora ella -su tía-debía saber que su mamá estaría mejor con Dios.
Una y otra vez, Stephanie, de sólo 7 años, repetía lo mismo y recalcaba que había que aceptar la voluntad de Dios porque él siempre sabía lo que hacía. Era como una lección aprendida, que en realidad nadie le enseñó.
Y llegó la hora de ir a la iglesia. Para esto, también hubo preparación. El ataúd fue elegido de color celeste cielo, pues a los niños se les dijo que en la iglesia iban a ver a su abuela dormida en una camita del color del cielo. Allí iba a dormir para siempre.
En la iglesia verían a los adultos llorando y ellos también podrían hacerlo. ¿Cómo explicarles que verían a los adultos llorando?
Stephanie ya había "razonado" sobre el porqué: ellos, por estar muy ocupados en sus trabajos, no tenían tiempo de recordar que Dios llama a cada uno al cielo cuando ve que ya no debe sufrir en la tierra. Los adultos no comprenden esto y lloran mucho.
Se les hizo la salvedad de que ellos también podrían llorar porque Dios comprendería que, aunque ellos sabían que su abuela estaría mejor en el cielo, se sentían tristes porque no podrían verla más en la tierra.
Se les entregó una rosa roja para que se la regalaran a su abuela como obsequio de despedida.
En tanto, Stephanie y Juan seguían consolando, ya no sólo a la tía, sino a su papá. También su padre les hizo énfasis en que escucharan lo que decía el sacerdote durante la homilía que, casualmente, coincidió con lo que ya los niños habían escuchado de sus padres. Esto reafirmó su fe.
Después de la ceremonia religiosa, preguntaron a dónde sería llevada su abuela. Se les explicó que la camita del color del cielo donde estaba su abuela, sería colocada en una pequeña casita (bóveda) ubicada en el cementerio, que sería su residencia de la tierra.
Se les dijo que su espíritu se separaría de su cuerpo para convertirse en un ángel que nosotros no podemos ver, sólo amar y sentir, (tal como sucede en las cómicas cuando el gato Tom muere y Jerry, el ratón, ve como se separa el espíritu y se va al cielo, mientras el cuerpo de Tom queda en la tierra).
Asimismo, se les informó que la casita tenía como propósito guardar el cuerpo de la abuelita para que sus hijos y nietos pudieran visitarla en la tierra y llevarle flores, y que cada vez que ellos la visitaran, la abuelita los miraría en su forma de ángel, desde la otra casa del cielo y se sentiría contenta porque no la habían olvidado.
Al momento del entierro, ambos niños, en especial Stephanie, se dedicaron a consolar a quienes lloraban y les explicaban el porqué no debían llorar. Llegado el momento, cada uno depositó su rosa dentro de la casita. Ante la sabiduría e inocencia de los niños, los dolientes los miraban entre tristes y asombrados.
Hace un mes la abuelita partió y desde entonces, Stephanie y Juan se dirigen cada domingo a la casita de su abuela en el cementerio. Juan se sienta sobre ella y explica que lo hace para que su abuela lo cargue, como lo hacía cuando ella lo cuidaba en la tierra.
Ellos han sido el soporte moral de la familia, especialmente de su tía y de su papá, porque, tal como lo decía el amigo psiquiatra Gaspar Da Costa, los niños saben "manejar" el duelo mejor que los adultos. Sólo hay que prepararlos y la lección que de ellos aprenderemos será invaluable.
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