¿Quieres saber el valor de la sangre?
Publicado 2004/04/08 23:00:00
- katherine Palacio P.
" ¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras." Así comienza la segunda lectura del Oficio de Lectura del Viernes Santo. Está tomada de las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo. Siguiendo su catequesis, reflexionemos su sentido más a fondo.
"Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. "¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?" "Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor."
El sentido figurado del culto y la escritura está atestiguado en ella misma. Así, en la carta al los Hebreos se dice: Hb 8, 5"(Los sacerdotes) dan culto en lo que es sombra y figura de realidades celestiales, según le fue revelado a Moisés al emprender la construcción de la Tienda. Pues dice: Mira, harás todo conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte. (Ex 25, 40)". Este pasaje de la Carta a los Hebreos hace referencia al culto del Templo que le fue comunicado a Moisés en el Horeb. Pero también es verdad de toda la escritura, la cual está constituida de analogías que nos presentan el sentido de la vida y de nuestras relaciones con el mundo y con Dios. Aún la realidad de Jesucristo se constituye en figura y signo portadores de mil profundidades a ser penetradas y exploradas por el alma sedienta.
"Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos."
San Juan Crisóstomo recurre a una metáfora para enriquecer otra. La sangre fue siempre considerada signo y portadora de vida. La sangre de un cordero inmolado representa la vida que debimos haber perdido nosotros al violentarla con nuestros pecados. Cristo, el nuevo y verdadero cordero, con el testimonio de amor que nos da por medio de su muerte, nos invita a acogernos a su vida derramada y revestirnos de ella. Al beber el cáliz de su sangre, hacemos nuestra su vida y ofrendamos con Él nuestra historia de angustias y dolores, de anhelos y temores. Ante tal experiencia de vida, regenerada en el amor de Cristo, el Demonio, derrotado, no le queda sino huir.
¿Quieres descubrir el significado de esta sangre? Entonces hazte discípulo suyo y déjate llevar a una vida como la suya por la Iglesia, su esposa, que te conducirá a una muerte como la suya para que nazcas a una vida como la suya. Te alimentará con el cuerpo y la sangre de Cristo, y te enseñará a conformar tu vida a la vida de Jesucristo, que primero se hizo hombre y tomó una vida como la tuya, con sufrimientos como los tuyos, para que tú sepas que Él te ama y conoce tu vida.
Las palabras con que expresamos estos pensamientos no son más que semillas. No son la verdad entera, como una pepa de mango no es lo mismo que el árbol de mango, ni que su fruto. Si quieres saber lo que es un mango te tienes que comer su fruto.
"¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado: y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio."
El agua es signo de vida y de muerte. El agua fecunda y refresca. Pero el agua es mudable e informe, configura las masas del océano, que esconde monstruos y traga vidas. En este doble sentido es signo fundamental del bautismo: primero, como Océano primordial (Tehom) que representa la muerte, y, segundo, como útero acuoso de la Iglesia, de donde renacemos a la vida divina con Jesucristo. Pues es del costado abierto del cuerpo de Cristo -del nuevo templo, que es la vida de cada hombre-, del dolor que cada hombre ha vivido en este valle de lágrimas, de donde brota esa experiencia de muerte que se vuelve experiencia de vida.
La sangre es signo de la eucaristía. La eucaristía es el compartir la vida y la muerte de Jesucristo a través de los signos de su cuerpo y su sangre, cuerpo y sangre que por ser reales son doblemente significativos. Son signos porque el mero hecho de comer carne y sangre es tan sólo eso, y la eucaristía es mucho más que eso. Significa que Jesucristo nos entrega su vida: nos entrega su muerte, significada por el pan de aflicción -recuerdo de la esclavitud en Egipto- convertido en carne; y nos entrega su resurrección, significada por el vino de la alegría -antiguo signo de la libertad vivida en la Tierra Prometida- convertido en su sangre.
"Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva."
La nueva Eva, la Iglesia, de la cual María es figura, nace de la experiencia vital del sufrimiento, pero de un sufrimiento vivido de cara a la entrega amorosa de Dios Padre en Jesucristo. Este es el significado del agua y de la sangre: la vida concreta de cada hombre, asumida por Jesucristo y entregada al Padre. Así como Jesucristo nace de María, cada cristiano nace de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo.
"Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto."
Como la lanza del soldado abrió una brecha en el costado de Cristo, así la vida ha abierto una herida en el costado nuestro. De por sí, esta herida nos hubiera hecho morir de dolor y angustia, pues el sufrimiento, por si solo, no tiene sentido. Pero, ese sufrimiento iluminado por el testimonio de Cristo y avalado por el Padre con la resurrección de su hijo, da sentido a nuestra vida y sus sufrimientos, de tal forma que, animados por su Espíritu, podemos vivir nuestra vida con paz y alegría. El que Dios haya hecho a la mujer del costado de Adán, significa que ella es de la misma naturaleza y dignidad que el hombre. Que la Iglesia brote del costado de Jesucristo, significa, entonces, que ella goza de su naturaleza, y que ha sido unida a Él en lazos tan profundos como los del matrimonio. Recordemos entonces que el matrimonio está en función de la alegría de los esposos y de los hijos que han de tener.
"Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer."
Este alimento, la sangre de Cristo, que está significando la vida de Jesucristo, nos indica, como todo lo anterior, algo mucho más profundo. ¿Qué quiere decir el ser alimentados con la vida de Jesucristo? Significa que la Iglesia nos lleva, día a día, con el alimento de la palabra, las narraciones de la vida de Jesús y de su Iglesia, a ir experimentando su vida en la práctica diaria de la nuestra. Y así como el niño va creciendo poco a poco con el alimento de la leche materna, así como va aprendiendo, día a día, con las enseñanzas de la madre, el cristiano va desarrollando el cuerpo de Cristo en la vivencia de una vida como la suya. Pero esta no es una vida cualquiera. La vida de Jesucristo es la vida del Padre y del Espíritu Santo: es la vida divina, vida de eterna plenitud.
"Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. "¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?" "Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor."
El sentido figurado del culto y la escritura está atestiguado en ella misma. Así, en la carta al los Hebreos se dice: Hb 8, 5"(Los sacerdotes) dan culto en lo que es sombra y figura de realidades celestiales, según le fue revelado a Moisés al emprender la construcción de la Tienda. Pues dice: Mira, harás todo conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte. (Ex 25, 40)". Este pasaje de la Carta a los Hebreos hace referencia al culto del Templo que le fue comunicado a Moisés en el Horeb. Pero también es verdad de toda la escritura, la cual está constituida de analogías que nos presentan el sentido de la vida y de nuestras relaciones con el mundo y con Dios. Aún la realidad de Jesucristo se constituye en figura y signo portadores de mil profundidades a ser penetradas y exploradas por el alma sedienta.
"Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos."
San Juan Crisóstomo recurre a una metáfora para enriquecer otra. La sangre fue siempre considerada signo y portadora de vida. La sangre de un cordero inmolado representa la vida que debimos haber perdido nosotros al violentarla con nuestros pecados. Cristo, el nuevo y verdadero cordero, con el testimonio de amor que nos da por medio de su muerte, nos invita a acogernos a su vida derramada y revestirnos de ella. Al beber el cáliz de su sangre, hacemos nuestra su vida y ofrendamos con Él nuestra historia de angustias y dolores, de anhelos y temores. Ante tal experiencia de vida, regenerada en el amor de Cristo, el Demonio, derrotado, no le queda sino huir.
¿Quieres descubrir el significado de esta sangre? Entonces hazte discípulo suyo y déjate llevar a una vida como la suya por la Iglesia, su esposa, que te conducirá a una muerte como la suya para que nazcas a una vida como la suya. Te alimentará con el cuerpo y la sangre de Cristo, y te enseñará a conformar tu vida a la vida de Jesucristo, que primero se hizo hombre y tomó una vida como la tuya, con sufrimientos como los tuyos, para que tú sepas que Él te ama y conoce tu vida.
Las palabras con que expresamos estos pensamientos no son más que semillas. No son la verdad entera, como una pepa de mango no es lo mismo que el árbol de mango, ni que su fruto. Si quieres saber lo que es un mango te tienes que comer su fruto.
"¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado: y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio."
El agua es signo de vida y de muerte. El agua fecunda y refresca. Pero el agua es mudable e informe, configura las masas del océano, que esconde monstruos y traga vidas. En este doble sentido es signo fundamental del bautismo: primero, como Océano primordial (Tehom) que representa la muerte, y, segundo, como útero acuoso de la Iglesia, de donde renacemos a la vida divina con Jesucristo. Pues es del costado abierto del cuerpo de Cristo -del nuevo templo, que es la vida de cada hombre-, del dolor que cada hombre ha vivido en este valle de lágrimas, de donde brota esa experiencia de muerte que se vuelve experiencia de vida.
La sangre es signo de la eucaristía. La eucaristía es el compartir la vida y la muerte de Jesucristo a través de los signos de su cuerpo y su sangre, cuerpo y sangre que por ser reales son doblemente significativos. Son signos porque el mero hecho de comer carne y sangre es tan sólo eso, y la eucaristía es mucho más que eso. Significa que Jesucristo nos entrega su vida: nos entrega su muerte, significada por el pan de aflicción -recuerdo de la esclavitud en Egipto- convertido en carne; y nos entrega su resurrección, significada por el vino de la alegría -antiguo signo de la libertad vivida en la Tierra Prometida- convertido en su sangre.
"Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva."
La nueva Eva, la Iglesia, de la cual María es figura, nace de la experiencia vital del sufrimiento, pero de un sufrimiento vivido de cara a la entrega amorosa de Dios Padre en Jesucristo. Este es el significado del agua y de la sangre: la vida concreta de cada hombre, asumida por Jesucristo y entregada al Padre. Así como Jesucristo nace de María, cada cristiano nace de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo.
"Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto."
Como la lanza del soldado abrió una brecha en el costado de Cristo, así la vida ha abierto una herida en el costado nuestro. De por sí, esta herida nos hubiera hecho morir de dolor y angustia, pues el sufrimiento, por si solo, no tiene sentido. Pero, ese sufrimiento iluminado por el testimonio de Cristo y avalado por el Padre con la resurrección de su hijo, da sentido a nuestra vida y sus sufrimientos, de tal forma que, animados por su Espíritu, podemos vivir nuestra vida con paz y alegría. El que Dios haya hecho a la mujer del costado de Adán, significa que ella es de la misma naturaleza y dignidad que el hombre. Que la Iglesia brote del costado de Jesucristo, significa, entonces, que ella goza de su naturaleza, y que ha sido unida a Él en lazos tan profundos como los del matrimonio. Recordemos entonces que el matrimonio está en función de la alegría de los esposos y de los hijos que han de tener.
"Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer."
Este alimento, la sangre de Cristo, que está significando la vida de Jesucristo, nos indica, como todo lo anterior, algo mucho más profundo. ¿Qué quiere decir el ser alimentados con la vida de Jesucristo? Significa que la Iglesia nos lleva, día a día, con el alimento de la palabra, las narraciones de la vida de Jesús y de su Iglesia, a ir experimentando su vida en la práctica diaria de la nuestra. Y así como el niño va creciendo poco a poco con el alimento de la leche materna, así como va aprendiendo, día a día, con las enseñanzas de la madre, el cristiano va desarrollando el cuerpo de Cristo en la vivencia de una vida como la suya. Pero esta no es una vida cualquiera. La vida de Jesucristo es la vida del Padre y del Espíritu Santo: es la vida divina, vida de eterna plenitud.

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