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Sobre la gran conciliación política

La verdad es que a todos nos ha caído un poco mal. La situación actual requiere claridad de pensamiento, objetivos claros, metas colectivas y, sobre todo, sobriedad, por parte del Estado y sobriedad por parte de la sociedad entera.

Arnulfo Arias O. | opinion@epasa.com | - Actualizado:

Sobre la gran conciliación política

Puedo entender, y hasta apoyar, iniciativas encaminadas a elevar las tradiciones nacionales, que revisten algunas solemnidades necesarias; como la elección de la nueva Junta Directiva de la Asamblea Nacional.

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No encontramos nada que objetar a ese tipo de actos protocolares, que dicta hasta la propia Constitución; pero nuestra Carta Magna no obliga a que las solemnidades rayen en el umbral del lujo y de la ostentosidad; ¿por qué no pueden estos actos limitarse a actividades sobrias, de las que ninguno de nosotros tiene en realidad que conocer, de las que se llevan a cabo sin meriendas y licores ofensivos que se hacen una afrenta para las necesidades colectivas que hoy viven grandes porciones de nuestra nación? ¿Era necesario, me pregunto yo, hacerse vestir de costosos trajes blancos, al unísono, en momentos en que debería realmente la conciencia nacional estar de luto por los momentos tan difíciles que se han tenido que pasar y que no se han superado todavía?; ¿era necesario, nos preguntaremos todos, hacer despliegue de ornamentos, de licores caros y de intemperancia en esas cosas de este mundo?

La verdad es que a todos nos ha caído un poco mal. La situación actual requiere claridad de pensamiento, objetivos claros, metas colectivas y, sobre todo, sobriedad, por parte del Estado y sobriedad por parte de la sociedad entera. ¿Se deja, acaso, de ser ciudadano, cuando se ocupa un cargo público? Esa escisión entre el oficialismo, oposición, indecisos e indolentes, crea al fin un surco prolongado en la faz de la nación, tan largo, tan profundo y tan costoso como la misma obra que debiera unirnos al unísono: nuestro Canal.

La falta de visión común está causando entre nosotros claras islas de intereses personales que se elevan por encima de los intereses públicos; y ese amalgamiento de sectores de manera aislada no es producto ni de los políticos, ni de la clase empresarial, ni de la clase trabajadora (formal e informal), sino de todos, que comenzamos a ver pequeñas sendas de la vida ante nosotros y, por mera inercia, decidimos caminarlas; a veces, ni siquiera caminamos por esas sendas, sino que nos arrastran lentamente, como pequeños tributarios de una gran corriente, todas pretendiendo un curso aislado, sin tener sospecha alguna de que el desenlace será igual y será único para todas las corrientes y que la desembocadura es una para todos, al final.

Debemos compactar, entonces, ese pensamiento nacional, no pensando en lo que hacemos actualmente como individuos sino en lo que será ese resultado final si no identificamos esos intereses nacionales que nos corresponden dentro de una única cadena en el destino nacional. Me pregunto yo si no sería esa la finalidad objetiva, impersonal, de todos los partidos políticos, de todas las asociaciones y los gremios; en vez de dividirse en protección de beneficios propios, podrían multiplicarse en intereses nacionales. La sociedad entera es una fibra. Ese criminal que ha cometido algún delito cruel y formidable fue alguna vez un inocente niño, que reclamaba de la sociedad esa atención certera y ese rumbo que lo llevaría por otras sendas; el menor desamparado, que va creciendo sin la luz y guía de una educación desde su hogar, desde la sociedad y bajo la supervisión de instituciones duraderas en el tiempo, puede errar en su camino y el castigo posterior ya no será una retribución para la sociedad, sino la obra en la que se reflejarán las culpas en que todos, absolutamente, hemos tenido parte. Por eso, no prestemos atención a esos discursos áridos que se reflejan en las cifras y estadísticas, que parten intenciones de voto, en vez de unificarlas, que hieren y no sanan. Hoy por hoy se busca y se requiere de una gran conciliación, en un espíritu de lucha unida, un deponer de aquellas armas que dividen a la sociedad.

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