Jesús, un nombre para reflexionar
Publicado 1999/04/02 00:00:00
- Tokio
A través de los 20 siglos transcurridos de nuestra era cristiana no ha existido un hombre que haya trascendido en la historia más que Jesús, y no sólo en la historia, sino haber marcado las vidas de miles y miles de personas para siempre y aún más allá.
Todo lo que deseamos conocer sobre él podemos buscarlo en las sagradas escrituras, pero fundamentalmente en los libros escritos por sus más importantes colaboradores, mismos que se encuentran contenidos en el Nuevo Testamento. Allí se nos muestra claramente la Buena Nueva que él nos dejó para hacerla presente en nuestro diario vivir.
Si tratásemos de escribir todo lo que este Hombre-Salvador-Dios significa en nuestra historia humana, no alcanzarían estas líneas para tan sólo compensarlas en un extracto.
El nombre Jesús significa "Dios salva" y es eso precisamente lo que él hizo por cada uno de nosotros, salvarnos de la muerte por la que el pecado nos arrebata la gloria y los deseos de vivir en armonía consigo mismo y con quienes nos rodean, y abrir una puerta, puente o medio de comunicación, entre nosotros y Dios. Pero a él no sólo lo conocemos como el "Dios que salva", sino también como Jesucristo que es la conjugación entre Jesús (Dios Salva) y Cristo del griego que significa "El Ungido o el Elegido". A su vez Cristo en hebreo se traduce como "El Mesías".
No obstante, muchos se preguntaran ¿por qué iba Dios a sacrificar a su hijo por nosotros?. Todo estaba escrito desde el principio. Dios Padre, Dios Hijo y el Espíritu Santo crearon al hombre, fue su máxima creación. Pero el hombre, se desvió del camino, por lo cual fue condenado a la muerte. La comunicación que existía entre Dios y el hombre se fue rompiendo. Es por ello que habría de inmolarse en sacrificio a un cordero que expiara toda culpa y pecado del hombre. Sólo Dios Hijo podría ser el Cordero de Dios que quitase el pecado del hombre, es decir, la Nueva Alianza.
Jesús en la Ultima Cena, luego de tomar la copa, dijo: "Esta copa es la Alianza Nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes... El Hijo del Hombre se va por el camino trazado desde antes..." Lucas 22, 20-21.
Pero ¿cómo un Dios hecho hombre puede llegar a la tierra a pasar sacrificios y dolor, por algo que él no merecía?. Durante toda su vida Jesús mostró su infinita misericordia para todos, en especial para los más desvalidos (enfermos físicos y espirituales, paganos, prostitutas, etc.). Es esa misma misericordia que se muestra en las páginas del Antiguo Testamento, en las que Dios se aparece como el Padre para su pueblo escogido.
Es el amor infinito de Dios, el que da su vida por los demás a cambio de que lo sigan, pero no sólo en palabras sino en acciones; unas acciones que nos invitan a la reconciliación, al perdón, al amor al prójimo, al dar lo que tengo por los demás... Es precisamente eso lo que Jesús nos enseñó. Sin embargo, será eso lo que precisamente hacemos en nuestro diario vivir, en nuestros hogares, nuestro trabajo, en la comunidad, en la iglesia. La respuesta es sencillamente ¡No¡, no lo hacemos.
El camino para seguir los pasos de Jesús no es fácil, pero conlleva una bendición especial. El tendió el vínculo nuestro con el Padre, para que todo aquello que le pidamos con fe nos sea concedido, pero no un pedir ambicioso y mezquinos, lejos de las obras y sentimientos buenos que deben caracterizar a todo cristiano.
El ser humano muchas veces tiende a buscar el camino más ancho, por ser el más fácil. Nos confesamos, hacemos la promesa de conversión y a pocos días regresamos por el mismo lugar por donde iniciamos. Pareciera que nos atrae más el estar en constante pecado, pero es importante señalar que Dios siempre tiene su corazón abierto para todo aquel que realmente desea realizar un cambio a plenitud en su vida. Sólo lo que necesita el ser humano es mostrar ese interés ferviente por cambiar, un cambio que va mucho más allá de comer pescado durante este tiempo de Cuaresma. Una renovación interna, un ayuno en el pecado, un anhelo por ser un ejemplo de lo que el amor a Jesucristo y al Padre puede obrar en nuestras vidas.
Todo lo que deseamos conocer sobre él podemos buscarlo en las sagradas escrituras, pero fundamentalmente en los libros escritos por sus más importantes colaboradores, mismos que se encuentran contenidos en el Nuevo Testamento. Allí se nos muestra claramente la Buena Nueva que él nos dejó para hacerla presente en nuestro diario vivir.
Si tratásemos de escribir todo lo que este Hombre-Salvador-Dios significa en nuestra historia humana, no alcanzarían estas líneas para tan sólo compensarlas en un extracto.
El nombre Jesús significa "Dios salva" y es eso precisamente lo que él hizo por cada uno de nosotros, salvarnos de la muerte por la que el pecado nos arrebata la gloria y los deseos de vivir en armonía consigo mismo y con quienes nos rodean, y abrir una puerta, puente o medio de comunicación, entre nosotros y Dios. Pero a él no sólo lo conocemos como el "Dios que salva", sino también como Jesucristo que es la conjugación entre Jesús (Dios Salva) y Cristo del griego que significa "El Ungido o el Elegido". A su vez Cristo en hebreo se traduce como "El Mesías".
No obstante, muchos se preguntaran ¿por qué iba Dios a sacrificar a su hijo por nosotros?. Todo estaba escrito desde el principio. Dios Padre, Dios Hijo y el Espíritu Santo crearon al hombre, fue su máxima creación. Pero el hombre, se desvió del camino, por lo cual fue condenado a la muerte. La comunicación que existía entre Dios y el hombre se fue rompiendo. Es por ello que habría de inmolarse en sacrificio a un cordero que expiara toda culpa y pecado del hombre. Sólo Dios Hijo podría ser el Cordero de Dios que quitase el pecado del hombre, es decir, la Nueva Alianza.
Jesús en la Ultima Cena, luego de tomar la copa, dijo: "Esta copa es la Alianza Nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes... El Hijo del Hombre se va por el camino trazado desde antes..." Lucas 22, 20-21.
Pero ¿cómo un Dios hecho hombre puede llegar a la tierra a pasar sacrificios y dolor, por algo que él no merecía?. Durante toda su vida Jesús mostró su infinita misericordia para todos, en especial para los más desvalidos (enfermos físicos y espirituales, paganos, prostitutas, etc.). Es esa misma misericordia que se muestra en las páginas del Antiguo Testamento, en las que Dios se aparece como el Padre para su pueblo escogido.
Es el amor infinito de Dios, el que da su vida por los demás a cambio de que lo sigan, pero no sólo en palabras sino en acciones; unas acciones que nos invitan a la reconciliación, al perdón, al amor al prójimo, al dar lo que tengo por los demás... Es precisamente eso lo que Jesús nos enseñó. Sin embargo, será eso lo que precisamente hacemos en nuestro diario vivir, en nuestros hogares, nuestro trabajo, en la comunidad, en la iglesia. La respuesta es sencillamente ¡No¡, no lo hacemos.
El camino para seguir los pasos de Jesús no es fácil, pero conlleva una bendición especial. El tendió el vínculo nuestro con el Padre, para que todo aquello que le pidamos con fe nos sea concedido, pero no un pedir ambicioso y mezquinos, lejos de las obras y sentimientos buenos que deben caracterizar a todo cristiano.
El ser humano muchas veces tiende a buscar el camino más ancho, por ser el más fácil. Nos confesamos, hacemos la promesa de conversión y a pocos días regresamos por el mismo lugar por donde iniciamos. Pareciera que nos atrae más el estar en constante pecado, pero es importante señalar que Dios siempre tiene su corazón abierto para todo aquel que realmente desea realizar un cambio a plenitud en su vida. Sólo lo que necesita el ser humano es mostrar ese interés ferviente por cambiar, un cambio que va mucho más allá de comer pescado durante este tiempo de Cuaresma. Una renovación interna, un ayuno en el pecado, un anhelo por ser un ejemplo de lo que el amor a Jesucristo y al Padre puede obrar en nuestras vidas.

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