Los hijos de Al Capone se toman el deporte mundial
Recuerdo la goleada que Argentina le propinó a Perú en 1978, un golpe de 6-0, cuando apenas cumpliría 10 años.Siendo un niño no entendía cómo ...
Los hijos de Al Capone se toman el deporte mundial
Recuerdo la goleada que Argentina le propinó a Perú en 1978, un golpe de 6-0, cuando apenas cumpliría 10 años.
Siendo un niño no entendía cómo los peruanos permitieron que le rellenaran su meta.
Años más tarde, ya de adulto y viendo otras disciplinas deportivas, pensé al igual que muchos otros: que la mafia es el amo y señor del deporte.
Durante el partido de anteayer entre Panamá y México, corroboré mi viejo pensamiento de que ya no hay solidaridad, compañerismo y la idea de competir se ha perdido.
Faltas inexistentes, penas máximas en la imaginación de los árbitros, expulsiones injustas y tiempos extras exagerados en el fútbol dejan un mal sabor en los fanáticos que estamos estupefactos, mientras vemos el televisor.
La dudosa actuación de Brasil en el campeonato con Francia en 1998 creó suspicacia entre los espectadores al ver cómo los brasileños se dejaron quitar la copa de sus manos.
El escándalo de los directivos de la Fifa con arreglos de partidos bajo la mesa, subastas de sedes de copas mundiales y regionales demuestran que si el mafioso ítalo-estadounidense Al Capone estuviera vivo se espantaría ante estos caballeros.
Y es que lo importante en el deporte es competir, compartir experiencias, viajar, ganar medallas o un sueldo acorde con las habilidades del deportista.
De regreso a la Copa Oro, este es un torneo únicamente para satisfacer los apetitos monetarios de la Concacaf y no era conveniente una final entre Jamaica y Panamá.
Mercadeo o venta de camisetas, gorras, banderas, vasos, comerciales, reventa de boletos, alimentos, licor y otros productos dejarían de venderse si estas pequeñas naciones se disputaban el torneo.
A pesar de que los boletos ya estaban vendidos, no era lo que esperaban los organizadores cuando Jamaica le propinó la estocada a Estados Unidos en 2-1.
México es la madre de todas las vergüenzas deportivas juntas en el mundo.
Empujado, ayudado, auxiliado y socorrido por dos árbitros que crucificaron a Costa Rica y Panamá.
El primero con un penal dudoso y en el caso de Panamá con dos penas máximas solo reales en la mente del árbitro.
Si los mexicanos tuvieran algo de dignidad y orgullo deportivo, ni siquiera se presentarían para jugar esa final.
Una final regalada, donada o prestada como quien le regala a un mendigo un pedazo de pan para que no sufra de inanición.
México tiene desgaste en el fútbol y es tan grande que la mafia deportiva debe ayudarlo a ganar y a recaudar miles de dólares.
Sin embargo, los caribeños y centroamericanos no tenemos la culpa de que un onceno como México, que fue tan fuerte y robusto como el antiguo imperio romano, sea tan débil como una gelatina que se derrite a los pocos minutos de exponerse ante el sol.
Lástima y pena del arbitraje de Mark Geiger, quien huyó como conejo para esconderse, quizás porque la conciencia le remordía.
No puedo asegurar si Geiger se llevó alguna tajada por su actuación, eso lo sabremos dentro de unos años si los federales descubren otro tamal como el reciente escándalo.
Lo cierto es que el deporte se inundó de un grupo que le gana a la mafia italiana de Estados Unidos, a la de Sicilia, la mafia rusa de Polonia, la china de Panamá, entre otras.
Dios los cría el y el diablo los junta.