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Hombre de una sola palabra, de una sola pieza

REDACCION - Publicado:
Creador de uno de los universos literarios más personales y sólidos del siglo XX, José Saramago supo aunar su vocación de escritor con su faceta de hombre comprometido que nunca cesó de denunciar las injusticias que veía a su alrededor o de pronunciarse sobre los conflictos políticos de su tiempo.

"Saramago vive como escribe, tan lúcido e íntegro en sus libros como en los días de su vida", dijo en una ocasión la novelista colombiana Laura Restrepo al resumir "la clara impronta de humanidad" que emanaba de la figura y de la obra del escritor portugués.

Persona de firmes convicciones, capaz de "estar al lado de los que sufren y en contra de los que hacen sufrir"; "hombre de una sola palabra, de una sola pieza", como lo definió su mujer, la periodista española Pilar del Río, cuando en 1998 le dieron el Premio Nobel a Saramago, éste reconocía siempre que él no tenía poder para cambiar el mundo, pero sí para decir que era necesario cambiarlo.

Y lo decía en ese "espacio literario enorme" que para él era la novela, en la que, con su habitual modestia, aseguraba no haber "inventado nada".

"Sólo soy alguien que, al escribir, se limita a levantar una piedra y a poner la vista en lo que hay debajo.

No es culpa mía si de vez en cuando me salen monstruos", afirmó en el 97, con motivo de uno de sus múltiples doctorados "honoris causa".

Sus viajes por los cinco continentes le servían también para animar a los oyentes a reaccionar ante el mal funcionamiento del mundo, "a indignarse, a no quedarse en esa especie de inercia de rebaño" que caracteriza al hombre actual.

Reencuentro.

Tras más de una década de alejamiento de Portugal, José Saramago vivía una nueva pasión otoñal con el país que le vio nacer, adornada de homenajes y reconocimientos e inmune a la polémica religiosa y política que rodeó sus obras.

El autor contemporáneo más universal de las letras lusas nunca dejó indiferentes a sus compatriotas, entre los que era fácil detectar dos actitudes contrapuestas, la aversión o la admiración, aunque siempre mezcladas con el reconocimiento de que no había otro escritor portugués vivo con mayor proyección mundial.

Sólo sus críticos solían decir que Saramago era menos apreciado en su propio país que en la vecina España, donde se refugió desencantado por la censura de la que se sintió víctima en los años noventa.

Pero hasta sus más cercanos admiradores reconocían que al otro lado de la frontera lusa era, en cualquier caso, mucho menos controvertido.

Frente a la estela de polémica que dejaron su marcada militancia comunista y sus ácidos comentarios políticos, el Saramago anciano y dulcificado de la última década logró, como ningún otro, ser profeta en su tierra y estar por encima del bien y del mal que tanto retrató en sus novelas.

Dos de sus libros de mayor carga religiosa, "El Evangelio según Jesucristo" (1991) y "Caín" (2009) marcan un antes y un después en la percepción portuguesa del irreverente novelista, que con la primera obra conmocionó al Portugal católico de la época y con la segunda apenas cosechó un ramillete de comentarios desdeñosos.

Personalidad.

Con una mirada concienzuda y severa que cubría con unas gruesas gafas, José Saramago se presentaba en las entrevistas tranquilo y afable, pero siempre sabiendo que, además de desentrañar el argumento de su última novela, tenía que opinar sobre los últimos acontecimientos políticos y sociales.

Fue un creador ideológicamente activo y su voz recorrió el mundo para gritar contra la injusticia, la globalización o la pobreza.

Un sentir humano que también le dio la profunda capacidad para amar y sentir pasión por la literatura.

"Nuestra única defensa contra la muerte es el amor" señaló este escritor luso que encontró la armonía del corazón con la periodista Pilar del Río, quien también fue su traductora.

Pero el compromiso con los débiles que ya lo dejó patente en 1980 en el libro "Alzado del suelo", donde daba cuenta del testimonio de la luchas de los campesinos, se multiplicó tras recibir el Nobel de Literatura en 1998, porque su voz, su altavoz, se multiplicó al tener que viajar por el mundo entero.

"Me gustaría -dijo a Efe cuando se reedito Alzado del suelo en 2000- que la gente se haga esta reflexión: que los Derechos Humanos son incompatibles con la globalización económica, porque todos estamos controlados y no importa nada, lo que profetizó Orwel es una pálida sombra de lo que está pasando hoy.

A los gobernantes solo les interesan los derechos políticos, pero los humanos no y son la clave de la existencia".

"Creo que es necesario más que nunca defender lo que se siente y ser libre.

Y lo más importante: yo me siento libre y con voz propia para asumir lo que creo que es justo", dijo en la misma entrevista este escritor, que nació en una familia humilde de campesinos, en un casa en la que no había libros (el primero se lo regaló un amigo a los 18 años).

"Lo que cuenta es la capacidad del individuo para resistir a los cambios de su propia vida, y desde luego no se puede renegar de uno mismo", dijo en otra ocasión.

Después de mucha pobreza vendrían las palabras, la poesía, el periodismo, el éxito con sus novelas y el Nobel.

"El triunfo nunca ha sido un objetivo para mi", precisó este hombre que persiguió la ética constantemente.

"El problema no es el mundo sino el hombre, que ha hecho del mundo un lugar lleno de injusticias, crueldades y torturas.

Por eso, yo digo a veces que no nos merecemos la vida, una frase un poco retórica pero que encierra mucha verdad dentro".

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