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Mejorar el clima anímico; como la tripulación del Artemis II

Víctor Corcoba Herrero | Escritor | - Publicado:

Mejorar el clima anímico; como la tripulación del Artemis II

Necesitamos ganar confianza, entre pulsaciones diversas, a fin de retomar vínculos sustentados en el amor y en lo verídico, aunque nos duela. Nos lo acaban de indicar los astronautas de la Artemis II, justamente en Naciones Unidas: "la humanidad es capaz de hacer cosas extraordinarias cuando actúa junta". En efecto, la unión siempre hace la fuerza y la discordia la debilita. Sólo en un mundo, con una ciudadanía más corazón que coraza, es posible la unidad. La sinceridad, pues, al poder. Más vale vivir un minuto de vida honesta y franca, que mil años de hipocresía. Subsiguientemente, es vital ahondar mar adentro, a fin de conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial, incluso en los períodos más críticos, cuando todo parece hundido por nuestras propias miserias.

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Ha llegado el momento, tenemos que despertar de los falsos sueños mundanos, a pesar de nuestras debilidades. Querer hacerlo, es poder realizarlo. Precisamente, la tripulación del Artemis II, que tuvo la dicha de realizar el vuelo espacial tripulado más lejano de la historia, viajando más allá de la cara oculta de la luna y regresando sanos y salvos a la tierra, tras días intensos, exigentes e inspiradores; reavivaron, desde sus entrañas, el sentido de la participación humana compartida en la exploración del espacio. Indudablemente, somos seres en relación, que requiere de esa conciencia colectiva, más madura en el discernimiento, al conjugar diversos horizontes. Desde luego, activar el juicio de la verdad desde la bondad, nos acrecienta una escucha mutua y un análisis universal.

En esencia, somos criaturas sociales. Por ello, es cosa noble estar predispuestos a entendernos y a atendernos, a dar razón a todo lo que es justo. La equivocación, inherente a toda acción humana, resulta cruel; cuando se persevera voluntariamente en el error, floreciendo como algo diabólico, lo que nos demanda sanación urgente. Sea como fuere, el orbe de la nueva época global, como el mundo de los vuelos cósmicos y de las conquistas científicas y técnicas, tampoco puede endiosarse. Lo expresan también muy claro los astronautas, la experiencia más poderosa fue divisar el planeta, que parecía pequeño, frágil, casi etéreo contra la vasta oscuridad, como algo necesitado de protección. Es preciso y precioso, por tanto, que todos nosotros nos encontremos y nos reencontremos en unidad.

Sí unirse es el comienzo de todo avance, reunirse es el inicio que activa la cultura del abrazo leal, que es lo que nos hace cooperar y colaborar contiguos; porque, además, la salud es la entidad armónica que da valor a todos los años existenciales haciendo familia. No hay curación, sí nos dejamos guiar por el afán dominador de un desarrollo inhumano a más no poder, marcado y remarcado por graves injusticias, ante la falta de moral y ética que nos deja sin respiración. Una civilización, con perfil puramente materialista como la presente, se esclaviza ella misma con el penal de vicios y vacíos, que colecta. En todo caso y, a poco que nos adentremos en los paseos vivenciales, nos hallaremos con dramas que no pueden dejarnos indiferentes; son estos espacios maltrechos, los que precisan cuidado.

El néctar viviente es un requerimiento natural; ya no sólo corporal, también espiritual. De igual modo, que la vida dentro de la nave espacial, -como lo recordaban los tripulantes de la misión-, nos advierte de la implicación colectiva, también los que caminamos por aquí abajo, necesitamos sentirnos custodiados y queridos por el sentido humanitario de solidaridad. Por desgracia, nos mueve el interés mundano, que lo único que hace es disgregarnos, con riadas de tensiones y oleajes de violencias. Lo cardinal es el respeto hacia todo análogo. Dicho soplo, por ende, da aliento; y, como tal, tiene su tacto como primera condición para saber vivir. Sin embargo, cuando los que nos dirigen olvidan el rubor, los que nos doblegamos solemos perder la tolerancia. Toca enmendarse, pues, cada aurora.

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