¡Que se vayan! Panamá puede quedarse con el mundo
He quijoteado el mundo y hay algo que uno aprende al salir de Panamá: cada país tiene ventajas que sus propios habitantes suelen dar por sentadas. Nosotros tenemos una que pocos pueden igualar: sabemos recibir al mundo. Por eso me llama la atención la reciente oleada de estadounidenses que está considerando vivir fuera de su país. Algunos buscan seguridad, otros un menor costo de vida, buen clima, tranquilidad o simplemente una nueva experiencia. Para algunos será una señal de los problemas que enfrenta Estados Unidos. Para Panamá debería ser algo muy distinto: una oportunidad. Mientras algunos americanos hacen las maletas, nosotros deberíamos estar preguntándonos cómo abrirles la puerta.
Tenemos el dólar, el Canal, dos océanos, conectividad aérea y una economía acostumbrada a mirar hacia afuera. Tenemos una ciudad cosmopolita y, a poca distancia, playas, montañas y selvas. Pero tenemos algo todavía más importante: una sociedad formada históricamente por gente que llegó de todas partes. El extranjero que decide vivir en Panamá no llega solamente con una maleta; llega con ingresos, consumo, experiencia, contactos y, muchas veces, capital. Necesita vivienda, restaurantes, médicos, abogados, contadores, arquitectos y servicios. Si emprende, necesita empleados. El verdadero negocio, entonces, no es venderle Panamá al extranjero, sino lograr que su presencia genere más oportunidades para los panameños.
Claro que para aprovechar esta oportunidad tenemos que arreglar la casa. No podemos promocionarnos como destino de clase mundial y aceptar al mismo tiempo inseguridad, insoportables tranques, burocracia, servicios deficientes o infraestructura que no responde a nuestras aspiraciones. Un buen anfitrión primero pone su casa en orden. Necesitamos seguridad, reglas claras, movilidad, educación, salud y servicios eficientes. Tampoco se trata de una simple fiebre inmobiliaria ni de llenar el país de torres de lujo. Queremos extranjeros que inviertan, emprendan, contraten panameños, consuman productos locales y se integren a nuestras comunidades. El extranjero debe ganar, pero el panameño también.
Y no estamos hablando solamente de estadounidenses. El verdadero mercado es el mundo: jubilados, empresarios, trabajadores remotos, profesionales y familias que cada vez tienen mayor libertad para escoger dónde vivir. Después de recorrer otros países, sigo creyendo que Panamá tiene una combinación extraordinaria. No somos Miami, Madrid ni Costa Rica, y no necesitamos serlo. Nuestra ventaja es ser Panamá: nuestra gente, nuestra mezcla cultural, nuestra gastronomía, nuestra ubicación y esa capacidad tan nuestra de hacer sentir al recién llegado como si fuera de la casa. Podemos recibir al mundo sin dejar de ser nosotros mismos; de hecho, nuestra identidad resulta un genuino común denominador de lo que podemos ofrecer.
Durante más de cinco siglos construimos nuestra prosperidad alrededor de una idea: conectar al mundo. Primero fueron los barcos, el ferrocarril, el Canal, los puertos, los aeropuertos, la banca y los servicios. Ahora aparece una nueva frontera: conectar personas. Mientras otros países se preguntan cómo retener a quienes quieren marcharse, Panamá debería hacerse una pregunta mucho más ambiciosa: ¿qué tenemos que hacer para que quienes buscan un nuevo lugar para vivir quieran venir aquí? Ya fuimos la ruta del mundo, ya fuimos el puente del mundo y ya fuimos el punto de encuentro del mundo. Ahora nos toca dar el siguiente paso. Panamá puede convertirse en el anfitrión del mundo, pero para lograrlo tenemos que abrir la puerta, arreglar la casa y asegurarnos de que el panameño sea también dueño de la fiesta. Porque el próximo gran negocio de Panamá quizás no sea mover más barcos: quizás sea lograr que el mundo quiera quedarse.