dia-d
A la Alma Máter
Ariel Barría Alvarado - Publicado:
En casi todas las personas existe un amor, un apego por el solar nativo, por el lugar donde su fundaron las primeras memorias, por esos “viejos senderos retorcidos” en los que materializa Miró a la Patria.El concepto de “lar”, que adjudicamos al suelo en que nacimos (casi siempre en plural, como en el verso de nuestro himno: “El progreso acaricia tus lares”), se deriva del nombre primitivo que daban los romanos al dios o dioses vigilantes de la casa familiar.“Alma Máter”, en consonancia, es una expresión que nos refiere a la madre que nos da de comer.Aquí surge un detalle curioso: tal como sostiene la Real Academia, esta “alma” no proviene del sustantivo “ánima”, que en español nombra al espíritu en contraposición al cuerpo, a lo físico, sino que parte de un adjetivo en latín: “almus” (lo que nutre).Por eso, la recomendación es decir y escribir “la alma máter”, pues “el artículo ‘la’ únicamente se transforma en ‘el’ ante sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica”.El miércoles 14 de julio, mi alma máter, el Colegio Secundario de Las Lajas, cumplió cincuenta años de funcionamiento.Similar denominación podría dar a la escuela primaria lajeña, o al ya más urbano Colegio Félix Olivares, en David, o a la Universidad de Panamá, porque en cada uno de ellos recibí, de los mejores maestros, la necesaria nutrición para enfrentar la vida, y la certeza de que la educación no es un hecho, es un proceso tan extenso como la propia existencia.Pero, ¿quién despoja a esos primeros años de su bullente sentido inaugural? A los pueblos alejados de la metrópoli, en cualquier lugar del mundo, suele identificarlos un mayor orgullo, un apego más grande por la identidad, por la cultura, por lo que significan.Surgir lejos de los centros de poder, lejos de quienes, con una palabra o un gesto, pueden solucionar los problemas comunales, conlleva una responsabilidad mayor.La década de 1950 representó para Panamá una etapa de movimientos políticos y sociales, algunos muy cruentos, que cambiarían la cara de la nación para siempre.Soberanía y justicia estaban entre las principales demandas, pero existía también una clara conciencia de que ambas metas sólo podían alcanzarse llenando primero varios requisitos, entre los cuales destacaba la necesidad de mayor acceso a la educación.Al mismo tiempo, el país enfrentaba un mezquino panorama económico, con un presupuesto deficitario.A causa del severo desbalance entre lo que había que hacer y lo que se podía hacer, el gobierno del presidente Ernesto de la Guardia afrontó diversas crisis.En la comunidad de Las Lajas de entonces, sólo existían escuelitas dispersas en casas alquiladas, donde maestras abnegadas impartían los rudimentos educacionales.Pero imperaba una clara visión de futuro: un puñado de hombres y mujeres de Las Lajas, entre ellos mi padre, se unieron para hacer realidad la nebulosa promesa del Primer Ciclo.Los retos se asumieron y se vencieron.Con la inauguración del colegio, el 14 de julio de 1960, esos pioneros nos legaron una puerta al futuro por la que hemos salido tantos, y que se mantiene abierta, incrementada en su valor, porque lo que se invierte en educación jamás sufre menoscabo.Tal esfuerzo inicial continúa vivo, en manos de otros docentes, administrativos y alumnos, alentados por la misma fe avivadora de corazones de aquel crepúsculo de los 50, cuando los que abrazaron un sueño terminaron plantando la semilla de fulgores que, esplendente, sigue alumbrando los caminos del Oriente Chiricano.¡Honor y larga vida, fructífera Alma Máter!Que la palabra te acompañe.