Una cucarachita que no se deja engatusar
La puesta en escena de “La Cucarachita Mandinga” fue una ardua pero enriquecedora labor, una experiencia inolvidable, coinciden en afirmar todos los que de una u otra manera participaron en el hermoso musical escrito por Rogelio Sinán
La puesta en escena de “La Cucarachita Mandinga” fue una ardua pero enriquecedora labor, una experiencia inolvidable, coinciden en afirmar todos los que de una u otra manera participaron en el hermoso musical escrito por Rogelio Sinán -el libreto lo adaptó Hania Woodman- de cuyo elenco forman parte estudiantes del Colegio Brader .
Los ensayos duraron tres meses. Se tendieron puentes. Fortísimos, indestructibles, de afecto, respeto, empatía y solidaridad.
Como “una muy buena simbiosis” describió su previa experiencia de este año con las artes escénicas Hannia, quien añade “pero mi mayor y mejor sorpresa ha sido la de trabajar con los bichos más maravillosos que puedan conocer en La Cucarachita Mandinga...”
Mirella Arias, productora ejecutiva de la obra y presidenta de la Asociación de Padres y amigos de personas con síndrome de Down, ONG que desde 1993 cumple una noble misión, no cabía en el pellejo de la alegría. Es que el público aplaudía y lanzaba expresiones de aprobación y motivación a los artistas, los cuales, desde que entraron al escenario, por los pasillos (el del centro y los laterales) engalanados con vistosos vestuarios, cautivaron a la audiencia que llenó el teatro.
Ver su desenvoltura, escucharlos cantar temas co mo “Cucara Mácara”, Barre escoba barre”, “Se le gasta”, “Cintas”, “Hora de enamorarse”, “Tío Toro”, “Tío Caballo”, “Tío Puerco”, “Tío Pato”, “Tío Sapo”, “De la nube”, “El Ratón Pérez”, “La Boda”, “El punto”, Déjenla llorar”, “Ratón Pérez calló en la olla”, “Vengan todos” y “Final” generó una corriente de energía que los unía a los espectadores que vivían con ellos alegrías y desventuras.
Como los 22 ‘bichos’ (cucarachitas, mosquitos, el toro, el sapo, el puerco, el ratón...), que bailaban a distintos ritmos, con coreografías fabulosas de Meli Moreno, los corazones de hombres, mujeres y niños danzaban de júbilo o se acongojaban, según la escena y la suerte de los protagonistas.