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Por la pandemia, una crítica de cine extraña 'sentarse en la oscuridad'

Estoy comprometida con los rituales de ir al cine: escudriñar los nuevos pósters, pasar por la dulcería, observar a la multitud, escoger el lugar perfecto y saborear el momento en que la sala se oscurece justo antes de que se encienda la pantalla.

Manohla Dargis - Actualizado:

Ir al cine me ayudó a ser quien soy, moldeó mi mundo y mi sentido de identidad. Foto / Michelle Mruk.

Las salas de cine han sido cerradas, parte de un esfuerzo necesario para detener la propagación del coronavirus y es lo correcto, sin duda. Aun así, me invadió una sensación de pérdida. Gran parte de mi vida se ha definido viendo películas en los cines.

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Para aquellos que llegaron a la mayoría de edad con los videos caseros, puede ser difícil comprender por qué alguien aún se toma la molestia de ir al cine. Este desconcierto se une a una constante sarta de quejas en torno a ver películas en el cine: boletos caros, mala proyección, comida chatarra demasiado cara, la gente nefasta y egoísta que textea o habla. Sólo quédese en casa, relájese y dese gusto con otro espectáculo subóptimo de Netflix. Pero ir al cine me ayudó a ser quien soy, moldeó mi mundo y mi sentido de identidad.

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Comenzó con mis padres locos por el cine, jóvenes bohemios que no podían pagar niñeras y por eso me llevaban a todas partes, incluso al cine. Esto fue en Nueva York a mediados de los 60, una época heroica de la cinefilia. Cuando tenía 3 años, me llevaron a ver “Sed de Vivir” de Vincente Minnelli, un glorioso y agitado drama con Kirk Douglas como Vincent van Gogh. Lloré tan fuerte cuando Van Gogh se cercenó la oreja que después, cuenta mi madre, algunos de los otros espectadores sonrieron, como para tranquilizarme de que todo estaría bien. Me gusta pensar que éste fue el inicio de mi vida en el cine.

Para los 8 años, mis filmes favoritos eran “Orfeo” de Jean Cocteau y “Jules y Jim” de François Truffaut, lo que suena ridículo, pero es cierto. Ya más grande, comencé a ir al cine sola.

Muchos de mis recuerdos están relacionados con el hecho de ir al cine; algunos son de estar sola en una sala llena de gente, lo cual es una metáfora de mi vida, aunque también una metáfora de estar viva. Me encanta reír, llorar y gritar con un público entusiasta. Y aunque ahora voy al cine por trabajo, también voy por placer. Voy porque tengo curiosidad, porque me gusta el director o la estrella. Voy porque estoy feliz, ansiosa o deprimida. Voy porque las películas han brindado consuelo a lo largo de mi vida, al ofrecerme un escape de mi realidad, pero también una forma de hallarle sentido.

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Cuando escribo sobre películas, no escribo sobre las personas con las que las vi. Me encanta “El Guerrero de la Carretera” por muchas razones, pero parte de lo que hace que aún se sienta significativa es el grupo de amigos, ahora dispersos, con el que la vi. Siempre que vuelvo a ver “El Silencio de los Inocentes”, pienso en mi amiga Amy y en cómo nos aferramos la una a la otra cuando la vimos por primera vez. No puedo pensar en “El Nuevo Mundo” sin recordar que después me senté en el auto con mi esposo y sollocé, abrumada por las emociones que la cinta había desatado.

Hoy hay más formas que nunca de ver películas, pero aún prefiero verlas en la pantalla grande, incluso si eso significa sortear el tráfico de la hora pico en Los Ángeles, donde ahora vivo. Estoy comprometida con los rituales de ir al cine: escudriñar los nuevos pósters, pasar por la dulcería, observar a la multitud, escoger el lugar perfecto y saborear el momento en que la sala se oscurece justo antes de que se encienda la pantalla.

No me encantan todas las películas. Pero siempre me gusta pensar en ellas y en cómo trabajan y cómo influyen en nosotros. Es fácil entender por qué un drama sobre un padre moribundo puede dejarnos mudos (o hacer que nos burlemos de sus trucos baratos).

Y si conduces un poco más rápido luego de ver la secuela más reciente de “Rápido y Furioso” (sí, he hecho eso) quizá tiene que ver con lo que el neurocientífico italiano Vittorio Gallese llama “neuronas espejo”, el mecanismo neural que se activa en nuestro cerebro cuando realizamos una acción y cuando vemos a alguien más realizarla.

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Comoquiera que las cintas crean su magia, lo hacen gracias a otras personas: hacer películas es un acto social, al igual que ir al cine. Y aunque puedes verlas sentado solo en tu sofá, hay algo cualitativamente diferente en ir a un espacio designado y sentarte en la oscuridad con mucha gente. Es una cosa exquisita sentarse con todas esas otras almas, estar solo con los demás.

Con el distanciamiento social, muchos estamos ahora solos. Cuando por fin podamos salir de nuevo y estar unos con otros, espero que inundemos los cines. Los filmes pueden ser exasperantes y peores, pero han estado allí cuando hemos pasado por muchas cosas, incluyendo las malas épocas económicas y las guerras.

No hay nada como dejar el mundo mientras estás enfrascado en una película junto a amigos, familiares y todos los demás. Extraño eso. Y los extraño a ustedes.

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