Daniel Herrera y su apego al Centro Regional Universitario de Colón
Daniel Herrera y su apego al Centro Regional Universitario de Colón
La vida de Daniel Herrera estuvo marcada por un vínculo profundo con el Centro Regional Universitario de Colón. No se trató simplemente de un lugar de trabajo, de un espacio donde transcurrieron sus años de servicio como funcionario. Para Herrera, la universidad fue mucho más, fue su proyecto existencial, el eje alrededor del cual giró su vida. En ella encontró sentido, pertenencia y propósito, y en ella decidió permanecer hasta sus últimos días.
El apego de Herrera al Centro Regional Universitario de Colón puede interpretarse como una manifestación del concepto de "morada" en la existencia humana. El ser humano ocupa espacios y los convierte en lugares de sentido. Herrera convirtió la universidad en su hogar. Allí trabajó; y ya jubilado, se le veía voluntariamente en labores de limpieza, acciones que reflejaban su deseo de seguir siendo útil, de seguir perteneciendo a esa comunidad que lo acogió y que él nunca abandonó.
La salud de Herrera comenzó a deteriorarse, lo que motivó angustia en quienes diariamente lo observábamos. La administración del Centro Regional Universitario de Colón inició gestiones con el municipio y otras instancias para buscarle una solución que garantizara su bienestar, ya que nunca se logró ubicar a familiares cercanos. Su resistencia a trasladarse a un asilo no fue un simple capricho, fue la expresión de una fidelidad radical a su lugar de vida. La universidad era su familia, su historia. En ella se encontraba la memoria de sus días, la huella de sus esfuerzos. La comunidad universitaria, consciente de este lazo, lo miraba con cariño y preocupación.
El 6 de enero del año en curso se le observó en una condición que alarmó como nunca antes. Ese día la Licenciada Lisbeth Anaya, trabajadora social de la institución, asume la tarea de atenderlo en un momento muy crítico. El gesto de asearlo y trasladarlo al hospital Manuel Amador Guerrero fue un acto que permitió al señor Herrera enfrentar el final de su vida con dignidad, falleciendo días después, a los 81 años de edad.
Podemos decir, parafraseando a Nietzsche, que la acción de la Licenciada Anaya fue humana, demasiado humana, es un gesto de compasión que significa reconocernos en la fragilidad del otro. Merece ser reconocido como un ejemplo de ética aplicada, sensibilidad social y compromiso humano, valores muy propios y profundos de su profesión como Trabajadora Social.
La historia de Daniel Herrera nos señala que la universidad es además de un espacio de formación académica, un lugar de vínculos, de pertenencia y sentido existencial. Su apego al Centro Regional Universitario de Colón nos interpela sobre el sentido de pertenencia que él encarnó, demostrando que su identidad estaba inseparablemente ligada a este espacio que amó hasta el final de sus días.
La vida y la muerte de Daniel Herrera nos dejan una enseñanza: la existencia humana encuentra sentido en el lugar al que se ama y se pertenece. Su vida fue un testimonio de fidelidad a la universidad y, su muerte, acompañada y dignificada por la comunidad universitaria. Su memoria permanecerá como símbolo de pertenencia y amor por la universidad.