¡Deja aquello!
¡Deja aquello!
No le des más vuelta, deja aquello que te perturba. Déjalo atrás. No vale la pena. Por qué arrastrar aquello más tiempo…esos remordimientos, culpas y resentimientos que van manchando, enfangando el alma, que como arenas movedizas te van hundiendo más y más, haciendo más lento tu movimiento. Eso es insano, es enfermizo. Está bien sentir dolor por algo malo que hiciste, experimentar un sentimiento de culpa que te hace recapacitar y no volver a cometer aquello que hizo daño a otro o a ti mismo. Las lecciones se aprenden. Ya se sabe por qué camino no hay que seguir la próxima vez.
A veces el aprendizaje ha sido muy duro, pero pasamos la lección, Por ahí nunca más. Aprende a comprenderte, no justificar el mal que hiciste, pero sí a saber que eres un ser humano, sujeto a equivocaciones, a cometer errores en la vida. Y perdónate, sé misericordioso contigo mismo. Date otra oportunidad. Vuelve a empezar. No caigas en el complejo de culpa que te puede llevar a castigarte peligrosamente, a hacerte daño a ti mismo, a estar golpeándote el alma sin misericordia. Si Dios te perdona, también tú tienes que perdonarte. Libérate de cargas inútiles. Y endereza tu camino.
Y te pido que tengas muy mala memoria del mal que te han hecho. El resentimiento, el estar continuamente volviendo a recordar el daño recibido se va convirtiendo en rencor, y este termina siendo un trampolín a los sentimientos más ruines, bajos y criminales contra el real o supuesto agresor. Y de ahí nace entonces el odio, que en el fondo es el deseo de que el otro desaparezca, se pulverice su fama, su salud, su economía, e inclusive su vida. Eso te hace un asesino en potencia. Y con eso te haces un terrible daño a ti mismo. Perdonar setenta veces siete es en el fondo, no permitir que el rencor y el odio aniden en tu alma. Es proteger tu persona de un cáncer espiritual muy maligno. Arrastrar por la vida los recuerdos de los males recibidos te va amargando, va transformando tu existencia en la de un ser colérico, rabioso, que busca desquitarse con quien sea del mal recibido. Muchas veces pagan inocentes por el mal hecho por otros.
Jesús perdonó en la cruz a sus asesinos, que en el fondo éramos nosotros, y nos abrió las puertas del cielo a cada uno, amándonos aun y a pesar del mal que habíamos hecho. Nos amó primero, sin mérito alguno de nuestra parte. Y al perdonarnos jamás nos volvió a recordar el mal cometido, porque hizo un "borrón y cuenta nueva".