México y nuestra madre María
La Virgen le había pedido a Juan Diego que le dijera al obispo que ella quería un templo en lo alto del monte Tepeyac. El obispo le pide pruebas al indio de la veracidad de la aparición y la Virgen realiza el milagro de hacer brotar un jardín de rosas en un lugar inhóspito y semidesértico. El indio recoge las flores para llevárselas al obispo y las coloca en su tilma, una especie de poncho muy rústico, y cuando Juan Diego las lleva y las coloca en el piso, aparece la imagen de la Virgen en el poncho.
México y nuestra madre María
Quién puede explicar que todos los días del año haya peregrinaciones de muchas partes de México a la basílica donde está la imagen de la Virgen de Guadalupe y el día 12 de diciembre, día de la patrona, sea visitada por unos 12 millones de personas. Muchos vienen caminando decenas de kilómetros con sus pancartas y flores, y muchos más viajan cientos o miles de kilómetros por diferentes medios de transporte para llegar y pasar al lado de la imagen y verla 30 segundos. Arrodillados entran muchos al templo y vienen rezando, cantando, llorando, a visitar a su madre. Suben en orden a una cinta movible y miran hacia arriba con mucha devoción a la imagen. ¿Por qué esta atracción? ¿Por qué esa imagen venerada es el símbolo más genuino de la identidad mexicana, el que más recuerda su historia, el que hace que la gente cante, rece y la tenga en sus casas, en cualquier parte de México?
Sucedió el 12 de diciembre de 1531, con un indio llamado Juan Diego que previo un diálogo hermoso con Santa María, llevó al arzobispo Zumárraga unas flores, tomadas de un rosal, fruto de un milagro de la Virgen, donde aparece la imagen de Nuestra Señora impresa en su tilma. Esa tela de hilo, el ayate, elaborada de una fibra del maguey, muy delgada, tosca y ruda, se oxida muy rápido y a los 20 años se desintegra. Ya lleva casi cinco siglos, expuesta en los primeros 100 años a una pared húmeda, miles de velas y el manoseo continuo de muchedumbres de indios que venían en peregrinación. En 1921, un anarquista español puso una bomba dentro de un arreglo de flores debajo de la imagen que al explotar hizo cuantiosos daños alrededor y no fue tocado el cuadro ni el vidrio que lo protegía, sabiendo que en aquel tiempo no había cristales antibalas.
No hay huellas de pintura ni trazos o pinceladas. El mismo ayate no puede recibir ninguna tinta de origen vegetal, animal, ni aun sintética, por su estructura tan grumosa. Ya han pasado casi cinco siglos y la tilma sigue intacta y los colores de la imagen se mantienen. Igual que en la Sábana Santa de Turín hay una impresión milagrosa de la imagen de la Virgen que ha quedado para siempre en ese ayate. Al acercarse 10 centímetros de la tela, no se ven los colores, solo las fibras del ayate, la tela en crudo. Los científicos han dicho que el material de los colores no es de ningún elemento que haya en la tierra.
En el iris de los ojos, ampliados hasta alcanzar una escala 2,500 veces su tamaño natural, estudiados por científicos de diferentes universidades y oftalmólogos reconocidos, se ven 12 personas impresas y que son testigos del milagro. Hay un indio sentado en el piso que mira hacia arriba; un hombre anciano, que es el arzobispo Zumárraga; un joven llamado Juan Gonzales, que es el intérprete; un indio de rasgos muy marcados y con una barba y bigote muy ralo, propio de los indígenas; una mujer de raza negra, sierva del obispo; otro español y en el centro de la pupila, una familia indígena, mujer, hombre y niños. Hermoso esto: la familia, tres razas, clero y laicos. No hay pintor en aquel tiempo, ni hoy día que pudiera plasmar esas figuras tan diminutas en el iris de los ojos de la Virgen. Y además para qué, si en aquel tiempo no había los medios para contemplar ese fenómeno. Los ojos poseen los tres efectos de la refracción, los que un ojo humano normalmente posee.
La Virgen le había pedido a Juan Diego que le dijera al obispo que ella quería un templo en lo alto del monte Tepeyac. El obispo le pide pruebas al indio de la veracidad de la aparición y la Virgen realiza el milagro de hacer brotar un jardín de rosas en un lugar inhóspito y semidesértico. El indio recoge las flores para llevárselas al obispo y las coloca en su tilma, una especie de poncho muy rústico, y cuando Juan Diego las lleva y las coloca en el piso, aparece la imagen de la Virgen en el poncho.
Las estrellas visibles en el manto de la Virgen responden a la exacta configuración y posición que el cielo de México presentaba en el día del milagro, según estudios astronómicos. Es una mujer de rostro mestizo y tiene ocho meses de embarazo. Gran mensaje del Señor para nosotros: que creamos en la madre de su hijo, que gracias al Sí de María el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros. Y que con Él somos invencibles.
Monseñor