No profanes la cruz
No profanes la cruz
La cruz es señal de reverencia, de sagrado, de sacrificio, de salvación para nosotros. No es un objeto de decorado, como tampoco de adorno para colgar en las orejas o llevarla en el pecho de cantantes diciendo vulgaridades y haciendo gestos obscenos. No es un amuleto que se lleva en el cuello creyendo que con eso serán protegidos de accidentes o de asaltos.
La cruz tiene un significado muy profundo para nosotros los cristianos. En ella fue colgado nuestro salvador. En ella pasó las últimas horas de su vida sufriendo las atrocidades del cruel castigo romano. Sus manos y sus pies clavados en el madero, colgado y sostenido por sus brazos respirando con dificultad, poco a poco ahogándose, asfixiándose, desangrándose hasta que por fin expiró.
Para nosotros significa el sacrificio hasta el extremo, sin quejarse, sin maldecir, sin rendirse, sin pedir clemencia a sus torturadores. Sufriendo los dolores más espantosos, él ofrecía su vida por nosotros los pecadores. Moría perdonando a sus asesinos. Moría asegurándose que su madre no quedaría sola. Moría expresando con terrible dolor el sentir la lejanía de su Padre porque cargaba con los pecados de toda la humanidad, y eso era así porque asumía todas las consecuencias del pecado sin haber pecado. Moría entregando su espíritu, todo su ser al Padre en medio de todo su infinito dolor. Moría sufriendo el abandono de sus discípulos, inclusive de la traición de dos, Judas y Pedro, y el rechazo y burla de un pueblo que antes lo recibió con honores en Jerusalén y ahora pedía su crucifixión.
Todo eso lo vivió en la cruz que quedó bañada y teñida de sangre, sola y llorando en todas sus fibras, al descender el cuerpo inmaculado y sagrado del redentor, martirizado, lleno de heridas de latigazos, golpes y con los agujeros sangrantes por los clavos.
Por eso la cruz para nosotros los cristianos es prueba del más grande amor, signo de fidelidad total, recuerdo de una inmolación radical, mensaje de sacrificio sublime, acto de redención universal, y por eso la veneramos, la respetamos y la ponemos en cualquier lugar visible para que nos recuerde lo que él hizo por nosotros. La cruz inclusive nos la señalamos en la frente y en el pecho, diciendo "en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo", por agradecimiento, respeto, culto y adoración al Señor, quien es el Creador, el Redentor y el Consolador, las tres personas de la Santísima Trinidad. Respetemos la cruz, no la profanemos nunca.