Más allá del progreso: la pobreza existencial
Más allá del progreso: la pobreza existencial
Basta con pararse en la Cinta Costera al atardecer y mirar hacia el horizonte para entender por qué nos venden a Panamá como el "Hub de las Américas". La fila de rascacielos de cristal, un canal ampliado y produciendo, un PBI que crece año tras año. Es la postal perfecta del progreso. Pero detrás de esa fachada de concreto hay algo que las cifras macroeconómicas no logran capturar, y son las generaciones que, en medio de la abundancia material, no encuentran un motivo para vivir.
Crecimos escuchando que Panamá era el país del futuro. Nos vendieron la idea de que bastaba con estudiar, trabajar y consumir para ser felices. Y, sin embargo, algo no cuadra: mientras más edificios se levantan, más jóvenes se apagan por dentro. Somos la generación más conectada de la historia de Panamá y, paradójicamente, la más aislada. Se nos está enseñando —a nivel de sociedad— que el éxito se mide en likes, en marcas, en views, o en la próxima escapada de fin de semana que hay que publicar antes de disfrutarla. Pero esto último no es casualidad: es más fácil llenar el silencio con una pantalla que quedarse a solas con la pregunta de qué estamos haciendo con nuestra vida. Preferimos hacer scroll o ver Netflix antes que sentir la finitud de la vida.
Las cifras del INEC revelan un aumento en los suicidios en Panamá que afecta especialmente a los jóvenes de entre 20 y 24 años, un fenómeno que responde a causas profundas y no al azar. El desencadenante fundamental suele ser el vacío existencial, pues el dolor sin propósito abruma hasta la desesperanza. En cambio, articular un sentido de vida permite amortiguar las dificultades: tener un porqué claro brinda la fuerza necesaria para superar cualquier cómo.
Panamá suele percibirse como un país tradicionalista, pero el avance del tiempo termina catalogando viejos esquemas como retrógrados hasta su abandono. La discusión real no es defender la costumbre por simple inercia, sino advertir qué ocurre cuando se pierde todo punto de referencia. Si el único horizonte social se reduce a producir y consumir, el ser humano colapsa en el instante mismo en que consigue cuanto debía hacerlo feliz y se choca con la realidad del vacío.
Por eso me atrevo a decir que el indicador de pobreza de Panamá hoy no es solo la falta de infraestructura en el interior del país. Es la falta de propósito en sus nuevas generaciones, la que no aparece en ningún informe, pero se siente en cada consultorio de psicología saturado, en cada joven que sonríe en redes y colapsa en silencio.