Sobre la disociación política de nuestras realidades como nación
Sobre la disociación política de nuestras realidades como nación
Creo en la autodeterminación del individuo y de los grupos en sociedad. Desde hace mucho tiempo, me he inclinado por el concepto de que existe, allá fuera, una opinión pública que atrae a los individuos por elección propia y que esa elección es, en sí, una de las grandes virtudes de la democracia; el libre mercado de las ideas debe prevalecer y encontrar, como el agua, su propio nivel. Por eso, cuando escuché que el movimiento político Vamos quería constituirse en partido, me pareció que hacerlo está dentro del curso natural y libre y que los ciudadanos que quieran comulgar con los postulados y las ideas que ese grupo expone están en su derecho de hacerlo. Más libertad; menos amenaza de totalitarismo, y de equivocaciones. La política rancia y doctrinal debe necesariamente hacerse de los tiempos y llegar al corazón de las nuevas generaciones.
No puede ser que, como si se tratara de una religión, deben asumirse las ideas políticas por espontaneidad o por herencia. Lo digo hoy y lo reafirmo, el panameñismo, como doctrina política, debió apegarse siempre a lo más simple y más sencillo, a la coexistencia con el sentir más básico del pueblo, a la familiaridad con la palabra sencilla y con la idea que corre por la mente del obrero, del campesino, del artesano y del informal, de la madre soltera y del estudiante. Se ha divorciado, de dirigencia en dirigencia, de la convivencia con esas ideas que hacen que no exista diferencia alguna entre lo que es el panameño y lo que es el panameñista. Esos postulados siguen vigentes y muy vivos en mucha de la membresía; pero la dirigencia en sí debe convencer a muchos de que todavía conoce y de que pone en práctica esas ideas.
Alguien por allí decía una vez que el panameñismo es bueno en los gobiernos, pero que es mucho mejor en medio de la oposición. ¿Qué y quién es en realidad el ciudadano, sino todo lo opuesto al cargo de elección y al oficialismo? Solo debemos familiarizarnos con las estadísticas: 885 cargos de elección popular, por un lado; 4,6 millones de habitantes -o representados- por el otro.
Al margen de que un porcentaje significativo de esos ciudadanos (1.54 millones) están adscritos a una fe política, en realidad los cargos de elección, y el oficialismo como tal, son elementos pasajeros; accidentes dentro de la historia patria de cualquier estado. Por eso, el colectivo político que sea más afín con esa población, que sepa cuánto cuesta un molde de pan y menos sobre la guerra en Ucrania, que entienda los problemas de transporte, de agua, de desempleo, del subdesarrollo injusto y desequilibrado en nuestra geografía, de nuestra idiosincrasia, ese debería en principio tener mayor afinidad con nuestros electores.
Pero el divorcio de la clase política con las realidades que viven nuestras grandes mayorías, la falta de profundización y estudio de nuestros más íntimos problemas como sociedad, la idealización y endiosamiento equivocado de quienes son electos a cargos de elección ha hecho que casi todos los colectivos sufran de una amnesia crónica y de ese olvido de lo básico, primero, para abordar lo más complejo, después. Para muestra un botón. Escuchaba a un defensor del matrimonio igualitario exponer la postura de que aquí, en nuestro suelo, debería adoptarse sin demora esa clase de unión, "universal, libre, democrática", sostenía él con entusiasmo. Sin querer confrontarlo, solo le tiré sobre la mesa de discusión las siguientes estadísticas: para el año 2023, el censo arrojaba que 483,959 parejas (hombre y mujer), se mantenían en unión libre o de hecho, mientras que 330,216 personas mantenían vínculo formal matrimonial.
En una sociedad como la nuestra, donde aún no prevalece el matrimonio entre el hombre y la mujer como núcleo familiar, ¿pretenden algunos que legalmente se adopte el matrimonio igualitario? ¿No sería eso como pretender correr antes de gatear? Esa disociación de las realidades y los retos propios que nos hacen una sociedad, la adolecen los partidos y, tal vez, la habían percibido en un momento dado los ¿independientes, así como el panameñismo la percibió siempre en sus raíces vivas.