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Hambre emocional: ¿cómo dejar de comer por ansiedad y estrés?
- Redacción / ey@epasa.com / @PanamaAmerica
En ocasiones, emociones como el estrés, la ansiedad o el aburrimiento pueden impulsar el deseo de comer, especialmente alimentos ricos en azúcar o grasa.
La comida actúa como una estrategia temporal para aliviar el malestar. Foto: Ilustrativa / https://chatgpt.com/
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Después de un día difícil, muchas personas buscan consuelo en un helado, una bolsa de papas fritas o un pedazo de chocolate. Aunque comer para celebrar o aliviar una emoción es algo que puede ocurrir de forma ocasional, cuando esta conducta se vuelve frecuente puede dar lugar al llamado hambre emocional, un patrón que dificulta escuchar las verdaderas señales de hambre y saciedad del cuerpo.
El hambre física aparece de forma gradual, puede satisfacerse con distintos tipos de alimentos y desaparece una vez que el organismo recibe la energía que necesita. El hambre emocional, en cambio, suele surgir de manera repentina, está relacionada con un estado de ánimo y, con frecuencia, provoca antojos específicos de alimentos altamente palatables, como dulces, comidas rápidas o productos ultraprocesados.
Las emociones que más comúnmente desencadenan este comportamiento son el estrés, la ansiedad, la tristeza, la frustración, el aburrimiento e incluso la soledad. En estos casos, la comida actúa como una estrategia temporal para aliviar el malestar, aunque ese efecto suele durar poco tiempo y, en algunas personas, puede ir seguido de sentimientos de culpa o arrepentimiento.
La psicóloga Susan Albers, especialista en psicología alimentaria de la Cleveland Clinic, explicó en declaraciones publicadas por la institución que el hambre emocional no se origina en una necesidad fisiológica, sino en la búsqueda de alivio frente a una emoción incómoda. Según la experta, identificar qué se está sintiendo antes de comer puede ayudar a romper ese patrón con el tiempo.
El estrés desempeña un papel importante en este proceso. Cuando el organismo libera cortisol, una hormona relacionada con la respuesta al estrés, algunas personas experimentan un aumento del apetito y una mayor preferencia por alimentos ricos en azúcar, grasa y calorías. Este mecanismo puede haber sido útil desde un punto de vista evolutivo, pero en la actualidad favorece hábitos que, mantenidos en el tiempo, pueden afectar la salud.
Distinguir entre el hambre física y la emocional requiere prestar atención a las señales del cuerpo. Si el deseo de comer aparece de repente, incluso después de haber terminado una comida, o si solo existe interés por un alimento específico, es posible que la emoción esté influyendo más que la necesidad de energía.
Desarrollar nuevas estrategias para gestionar las emociones también puede reducir la frecuencia de este tipo de episodios. Salir a caminar, practicar ejercicios de respiración, llamar a un amigo, escribir lo que se siente o realizar una actividad agradable son alternativas que pueden ayudar a disminuir el impulso de recurrir automáticamente a la comida.
La dietista Maya Feller, autora y especialista en nutrición, señaló en una entrevista con CNN Health que es importante evitar la culpa cuando se identifica el hambre emocional. En lugar de juzgarse, recomienda sentir curiosidad por el origen de ese impulso y preguntarse qué necesidad emocional podría estar intentando satisfacer el cuerpo en ese momento.
Mantener horarios regulares de alimentación también puede ser útil. Saltarse comidas o pasar muchas horas sin comer aumenta el riesgo de experimentar un hambre intensa que puede confundirse con un episodio emocional. Consumir comidas equilibradas, con suficiente proteína, fibra y grasas saludables, favorece una mayor sensación de saciedad durante el día.
Si comer por ansiedad o estrés se vuelve frecuente, genera un malestar importante o afecta la calidad de vida, buscar apoyo de un psicólogo o un nutricionista puede ser una decisión beneficiosa. Estos profesionales pueden ayudar a identificar los factores que desencadenan la conducta y diseñar estrategias adaptadas a cada persona.
Aprender a reconocer el hambre emocional no significa dejar de disfrutar la comida ni eliminar los alimentos favoritos. Se trata de comprender qué necesita realmente el cuerpo en cada momento y desarrollar herramientas para responder a las emociones de una manera más saludable y consciente.

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