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Ernest Hemingway, regocijo del mar
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La Habana soleada y pedregosa fue testigo de mis lecturas hemingwayanas, allá por los años setenta, mientras me zampaba un plato de chícharos en El Castillo Farnés o un plato de espaguetis en la pizzería Europa, en la calle Obispo, donde trabajó mi madre, y la que llamábamos El Palacio de las Moscas, por la cantidad de insectos que revoloteaban encima de los platos y de nuestras cabezas mientras mordisqueábamos una pizza más dura que un condón soviético; alguien preguntaba dónde se hallaban los servicios, y la empleada respondía: “Siga las moscas”, en lugar de “Siga la .echa”.En aquella época, mi mejor amiga y yo nos habíamos iniciado en las lecturas de Ernest Hemingway, y no parábamos de leer sus libros dondequiera: a la orilla de la playa en El Atlántico o en Mar Azul, en la guagua de Refuerzo Especial, apretujadas por una turba sedienta y calenturienta que como nosotras regresaba a la ciudad después de habernos zambullido en las azules aguas tibias de las playas del este.Abríamos los libros en cualquier sitio, en una heladería, en un restaurante, durante los cursos, escondidas entre los pliegues de la falda del uniforme y la tabla de escribir.Preferíamos las novelas escritas en Cuba e inspiradas por nuestra isla, al menos yo las prefería.Hemingway significaba el paradigma del escritor que había vivido todo lo que nos hubiera gustado a nosotras vivir, incluida la guerra.A los cubanos, el castrismo nos había metido tanto miedo con la invasión americana, que como en el poema del griego Constantino Cavafis, empezamos a ansiar fervientemente, de manera bastante romántica, que “los bárbaros” nos invadieran de una vez y por todas, aunque sabíamos que no lo harían jamás, como ha sido el caso.Confieso que amé la escritura de Hemingway, aunque también me fui desencantando de ella en la medida en que leí a otros escritores, o tal vez se fue quedando acolchonada en una especie de poltrona confesional en algún resquicio de mi mente, hasta ahora intacto.Mi adolescencia estuvo plagada por las aventuras emocionales de El viejo y el mar, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas, París era una fiesta, Las nieves del Kilimanjaro, por toda esa verdad de sentimientos y acciones que su obra encierra.Y por supuesto dediqué buena parte de mi tiempo a investigar la relación de Hemingway con mi país, con mi ciudad.Esa relación fue fundamentalmente establecida a través de su amor por el mar.El mar, lo mío.El Gulf Stream fue el enlace perfecto, el olor de la brisa, Cayo Hueso, el aroma del tabaco.Hemingway perteneció al tipo de escritor viajero, siempre en búsqueda eterna de la aventura útil, en prospección interior a partir de la exterior, que arriesgaba todo por la investigación sobre el mundo circundante, y ese mundo fue extremadamente peligroso.Todo es olores en la obra de Hemingway en referencia a La Habana, así lo describe en Islas a la deriva, en Tener o no tener.En la primera se refiere al mar como “duro, nuevo y azul”.En la segunda, interpreta los olores de las calles, de los molinos de café, de los hangares, del melao de caña batido en un jarro, del alcohol, del aceite, de la freidera de fiambres, de plátanos tostones, de sudores; aromas del tabaco, olores de las frutas, del cundeamor (melón amargo), del aleteo de los pájaros en un parque pegado a la bahía y sus emanaciones de brea.Olores del puerto, de Regla, de Casablanca, barrios de pescadores, olores de ese mar en soberbio regocijo en el que tanto se habrá inspirado.Su primer viaje fue en 1928, acompañado de su segunda mujer, Paulina Pfeiffer, en una travesía entre La Rochelle y La Habana.El escritor sintió deseos de conocer ese país de ensueño del que le había hablado John Dos Passos.Lo primero que hizo fue irse al puerto, tal vez a la Alameda de Paula, a contemplar los barcos que anclaban provenientes de la Florida.Como yo, también imaginó seguramente a aquellos piratas, Henry Morgan, y a otros personajes históricos.Aunque él tuvo la suerte de cruzarse con gente de toda clase, millonarios, pescadores de oficio, marinos, delincuentes, gente de todo tipo de origen, modelos que –es muy probable– poblaron sus novelas.Hemingway fue muy querido por las personas que conoció, aunque parece que su tacañería era notoria y que no se mezcló de manera natural con el cubano de a pie.Sus intereses estaban bien marcados y claros: la escritura, el mar, la naturaleza, la pesca, por último, lo cubano, más que el cubano.Sin embargo, de lo cubano heredó algunas también memorables supersticiones y costumbres que hacían reír a sus invitados.Cuando su cuarta esposa, MaryWelsh, le corta las raíces y los gajos a una ceiba, Hemingway se enfada y truena: “¡No se toca al árbol sagrado, el árbol santo de los rituales yorubas!”, así lo cuenta Gérard De Cortanze en su libro Hemingway en Cuba.Las tres obras cuya trama sucede en Cuba son Islas a la deriva, Tener o no tener y El viejo y el mar.Todas nacen de aquel primer viaje de fascinación y, por supuesto, de los siguientes (enseguida retornó en 1929), de aquellas jornadas de pesca en Cojímar, Mariel y Bahía Honda.En 1934 decide comprar El Pilar, el célebre barco que forma parte de los personajes de, a mi juicio, su novela más filosófica: El viejo y el mar.Ya en abril de 1933 había organizado expediciones de pesca, y reúne amplia documentación sobre el Gulf Stream para un largo relato o noveleta que tendrá a Cayo Hueso como escenario, el personaje se llamará Henry, como el pirata, pero tendrá los rasgos de su amigo Joe Russell.La Habana ha empezado a cavar hondo en el espíritu del escritor.Poco a poco irá publicando artículos sobre sus experiencias habaneras, la pesca a orillas del Morro para Esquire; culmina otra historia sobre ese Harry tan Morgan.Y una crónica que está en el origen de El viejo y el mar ve la luz.La Habana empieza a escribirse sola, con su rutina, sus paseos por el Malecón; el espectáculo de una ciudad luminosa, viva, de una belleza nunca antes expresada de manera tan cotidianamente literaria.La Habana es, sin duda alguna, el personaje protagónico de Tener o no tener, probablemente no sea La Habana de los habaneros, pero en consecuencia es la de Hemingway, la que él percibió, vivió e intentó interiorizar, lográndolo con su escritura.Una Habana marítima, colonial, fangosa, ciclonera, gótica, moruna, plena de estilos arquitectónicos como el art-nouveau yel art-decó, callejuelas repletas de personas sencillas, bien vestidas, corriendo de un sitio a otro, adornadas de marpacíficos, malangas, helechos, buganvillas, en fin, florecidos balcones.Una Habana voluptuosa, neoclásica, mestiza, barroca en su gestualidad, donde las abanicadas humaredas del habano que fuma un “Mayor” en un balcón –cuyo guardavecinos refleja un sol grasoso y sombras ondulantes– se confunden con fantasmagóricas columnas salomónicas.Ruido de cacerolas, de nuevos motores de automóviles de última moda, melodía acaramelada de los violines a Oshún.Hemingway transitaba por el Prado y Los Paragüitas, cercano de los mármoles impecables y los chorros de agua de la Fuente de la India; se paseaba frente al cine Payret, al Capitolio, copia del de Washington.Hemingway disfrutaba de una ciudad célebre, rica, perfumada, que no tenía nada que envidiarle a otras capitales del mundo.En 1939, Hemingway se instala definitivamente en esa ciudad donde había empezado a familiarizarse con las necesidades personales cotidianas.En la óptica Lastra, en O’Reilly 506, mandaba a hacer sus espejuelos.Almorzaba en el Centro Vasco o en La Zaragozana, a dos pasos de ahí, en El Floridita degustaba los mejores daiquiris.En 1956, le otorgaron en el Palacio de los deportes la medalla de San Cristóbal de La Habana.En un banco de la calle Amistad guardaba sus manuscritos.Antes había escrito en una habitación del Hotel Ambos Mundos, en Obispo esquina Mercaderes.Frecuentaba ese otro Sloppy Joe’s, bar de mejor reputación que aquel de Cayo Hueso, en Zulueta 252.El bar no existe ya, pero de niña acompañé infinidad de veces a mi madre, y me sentaba en el tubo de metal dorado donde los adultos descansaban los pies, al borde pegado al piso de la barra.Luego Hemingway bajaba de nuevo al corazón de La Habana Vieja, a seguir bebiendo daiquiris y a comerse un sangandongo pan con bistec, mientras se deleitaba con las trifulcas habaneras que casi siempre terminaban en piñasera barata.Cuando en 1932 Hemingway descubrió el hotel Ambos Mundos, donde escribió buena parte de Adiós a las armas, en la habitación 525, descubrió también, en la otra punta de la calle del Obispo, la librería La Moderna Poesía, fundada en 1898, de la que se haría habitué.Escribe también en esa habitación con vistas al Palacio de los Capitanes Generales las crónicas Marlin off the Morro (en Esquire, 1933), y Out in the Golf Stream (Esquire, 1934).Asomado en la pequeña terraza puede avizorar las alturas de Casablanca, el muelle, y la vida agitada de la calle del Obispo.La situación política de la época también caló hondo en la obra del norteamericano, notablemente en Tener o no tener, donde un joven revolucionario interpela a Harry sobre el tema.Hemingway no ignoraba nada, como tampoco fue ciego a los desmanes castristas posteriores.Sin embargo, el escritor, si bien da sus opiniones y no esconde sus preferencias libertarias para Cuba, tampoco se mezcla y no hace de la situación política un drama personal íntimo.La novela más filosófica de Hemingway –como dije antes– es la más cubana, la más americana, la más universal.Toda ocurre entre el litoral cojimero y el mar.Santiago, el personaje inspirado en Gregorio, el pescador, es uno de los personajes más silenciosos de toda la historia de la literatura, sin dejar de ser cubano, en una isla donde el más escandaloso es el que resultará tener más oportunidad para la razón.En la finca Vigía, comprada por la módica cantidad de 18.500 pesos cubanos, Hemingway escribía lentamente y recibía desenfrenadamente a amigos de todas partes del mundo.Allí estuvieron Ingrid Bergman, Errol Flynn, Ava Gardner, entre otros, y cuentan que la Gardner se bañaba desnuda en la piscina, a la orilla de la cual Hemingway enterraba a sus gatos y perros.¿Escribía Hemingway de pie? Es lo que se afirma.¿En qué lengua se entendía con el personal, con los amigos, con los cubanos? Supongo que en los dos idiomas.¿Cómo era su español? Por haber sido corresponsal en la guerra civil española, seguramente bastante bueno.¿Por qué quiso vivir y escribir Ernest Hemingway en Cuba?Dejemos que él mismo lo explique: “Cuando un tipo como yo, que podría vivir donde él quisiera en el mundo, escoge vivir aquí, las gentes quieren saber por qué, naturalmente.En general, no me tomo el trabajo de explicarlo.Es demasiado complicado.Están el frescor de las mañanas sin nubes, cuando Blackdog es el único que se ha despertado, y los primeros cantos de los gallos de pelea… Están los pájaros –pájaros verdaderamente maravillosos –, unos sedentarios, otros migratorios.La codorniz que bebe en la piscina antes que el sol se levante y las lagartijas que cazan en los árboles y en los parrales que se enredan por toda la casa”, dijo en Papá Hemingway.Quién es Zoe Valdés Nació en La Habana en 1959.Es poeta y narradora.Cursó estudios en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana.Entre 1984 y 1988 formó parte de la delegación de Cuba ante la Unesco en París, y de la Oficina Cultural de la Misión de Cuba en París.Luego trabajó como guionista de cine y fue subdirectora de la Revista ‘Cine Cubano’ hasta 1995, año en que abandonó la isla para radicarse en Francia, donde reside.Entre sus libros se destacan ‘Te di la vida entera’ (1996), ‘Los poemas de La Habana’ (1997), ‘Milagro en Miami (2001) y ‘La eternidad del instante’ (2004).‘Te di la vida’ fue finalista del Premio Planeta en 1996 y su último libro, ‘La ficción Fidel’ (2008), es un ensayo acerca de su visión disidente sobre el régimen castrista.