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Los santos "taquilleros" marcan la cultura

REDACCION - Publicado:
Somos testigos, cada año, de los numerosos peregrinos de túnica morada que, al acercarse la correspondiente fiesta religiosa, caminan hacia La Atalaya o Portobelo.

Como lo hacen en México, en vísperas de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, miles y miles de personas con dirección a la Basílica de “la guadalupana”.

Un espectáculo impactante que, a lo largo y ancho de toda América Latina, puede observarse en ocasiones similares en otros muchos lugares.

Porque la peregrinación a los santuarios es una de las expresiones más típicas de la llamada “religiosidad popular” de nuestros pueblos.

Por “religiosidad popular”, “piedad popular” o “religión del pueblo” –explican los obispos latinoamericanos en el Documento de Puebla (n.

444)- entendemos el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan: son la forma cultural que la religión adopta en el pueblo latinoamericano.

Es vivida preferentemente por los pobres y sencillos, pero abarca todos los sectores sociales, tiene una especial fuerza para unir a los pueblos y es capaz de congregar multitudes.

Históricamente, la religiosidad popular latinoamericana ha nacido de dos fuentes, entrelazadas y evolucionadas desde hace cinco siglos: las culturas religiosas presentes en el Continente (india, mestiza y afro) y la primera evangelización realizada por los misioneros católicos.

De la primera, la religiosidad popular conserva los valores de lo comunitario, lo simbólico y lo festivo; el culto a los antepasados y a la tierra, las ansias de sanación y liberación.

A la evangelización católica debe por supuesto la religiosidad popular su devoción a Jesucristo, la Virgen María y los santos, así como la mayoría de sus expresiones típicas (peregrinaciones, novenas, procesiones, uso de bendiciones y objetos sagrados.

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), que no siempre se centran en la liturgia oficial de la Iglesia a consecuencia de la carencia de sacerdotes en muchos lugares y durante largo tiempo.

Es evidente la complejidad y la riqueza que implica la religiosidad popular, no sólo en su dimensión religiosa sino también en su aspecto humano y social.

Algo a veces olvidado e incluso despreciado, como si fuera sólo fruto de la pobreza, la ignorancia o la masificación.

Aunque desde luego, no es oro todo lo que reluce.

Así lo hacía notar a sus feligreses un párroco panameño:“ustedes usan el agua bendita para el dolor de cabeza, en vez de la aspirina, y hasta para matar cucarachas, en vez de insecticidas” y “no distinguen mucho entre la procesión de la Virgen del Carmen y la tuna de Calle abajo”.

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De manera exagerada y jocosa, pero muy pedagógica, el sacerdote estaba señalando los dos grandes peligros de la religiosidad popular: confundir la fe con la superstición y la magia (buscando más el “poder” de Dios que a Dios mismo) y participar sin ningún compromiso de vida en las manifestaciones religiosas (más folklore que vida cristiana).

¡Pero no era justo, estaba generalizando casos concretos y haciendo una caricatura de la religiosidad popular, que la Iglesia católica considera algo mucho más profundo y valioso! Gracias a Dios y a la reflexión de muchos teólogos, y sobre todo gracias al testimonio de muchísimos creyentes, han pasado los tiempos en los que por influjo de la teología centro-europea la religiosidad popular era juzgada negativamente o considerada incluso como un apéndice pobre y problemático del catolicismo.

Basta leer los últimos Documentos publicados por las Asambleas Generales de los Obispos de América Latina – no meramente teóricos, pues parten siempre de la realidad social y pastoral- para darse cuenta de la valoración positiva que suscita la religiosidad popular:En Medellín (1968) los obispos, no obstante se conscientes de las debilidades y peligros de la religiosidad popular, apostaban decididamente por ella, para evitar que la Iglesia católica se convirtiera equivocadamente en una secta elitista.

Y aceptaban “con gozo y respeto” su riqueza de valores humanos y religiosos, que consideraban como una huella de la secreta presencia de Dios y punto de partida para una labor evangelizadora que condujera a los católicos latinoamericanos hacia una vivencia más plena, comunitaria y comprometida de la fe.

Los obispos reunidos en Puebla (1979) afirman que la religiosidad popular, a pesar de no expresarse coherentemente en las estructuras sociales, ha marcado para siempre la cultura de América Latina: en realidad, la religiosidad popular es la expresión privilegiada del común sustrato cultural latinoamericano.

Además, no es sólo una religiosidad que debe ser evangelizada, sino que ella misma evangeliza continuamente al pueblo.

Es importante por eso atender y evangelizar a esta “religión de nuestros pueblos”, que es capaz de responder con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la vida humana, y que encierra en sí una radical exigencia de humanización, fraternidad, justicia, auténtica liberación.

El Documento de Santo Domingo (1992) subraya la necesidad de una nueva evangelización y de inculturar el Evangelio, considerando para ello prioritario el comprender cada vez mejor, acompañar adecuadamente y purificar, cuando sea necesario, la religiosidad popular como “expresión privilegiada de la inculturación de la fe”.

No es extraño entonces que Benedicto XVI, que no es como algunos piensan un frío intelectual, hablase al inaugurar la Conferencia de Aparecida (2007) de “la rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos” y que es “el precioso tesoro de la Iglesia en América Latina”, invitando a los obispos a promoverla y evangelizarla.

En esta línea, el Documento de Aparecida (mayo 2007) afirma que la religiosidad popular:Tiene una valiosa dimensión personal y espiritual: “En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañanble a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo en medio de una sencilla alegría”Es un “imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda”.

Debe ser evangelizada y purificada, pero eso no quiere decir que no tenga una gran riqueza evangélica.

La lectura de la Biblia, la participación en la eucaristía y demás sacramentos, el servicio y el amor solidario son los caminos para aprovechar aún más su “rico potencial de santidad y justicia social”Es “una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos”, obra del Espíritu, que no puede ser devaluada: implica un encuentro personal con el Señor y “expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios, y una verdadera experiencia de amor teologal”Es “una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros”.

En medio de un ambiente secularizado, confiesa la presencia de Dios en la historia y –desde la identificación con Cristo sufriente- es capaz de hacer que “muchos golpeados, ignorados, despojados, no bajen los brazos” ni olviden su dignidad, apoyados también en la ternura y el amor de María.

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