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Guerra obliga a sirias a salir a la calle

“Antes, las mujeres le tenían miedo a todo”, dijo Fatima Rawass, de 32 años, quien abrió un salón de belleza en mayo, tres años después de que su esposo murió en la guerra. “Pero ahora, no hay nada que temer”.

Vivian Yee y Hwaida Saad - Publicado:

“Antes, las mujeres le tenían miedo a todo”, dijo una mujer siria. “Pero ahora, no hay nada que temer”. Foto / Meridith Kohut para The New York Times.

ALEPO, Siria — Las mujeres del este de Alepo raras veces eran visibles antes de la guerra, pero ahora conforman la amarga paz. En los distritos pobres y conservadores de la antigua capital comercial de Siria, muchas mujeres casi nunca salían de casa, y si lo hacían era sólo con sus esposos.

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Luego estalló la guerra civil.

Van 8 años de derramamiento de sangre que han condenado a una generación de hombres sirios a la muerte, a la prisión o a vidas precarias como refugiados. Ahora, con la mayor parte de Siria una vez más bajo control del Gobierno, si bien casi irreconocible por la destrucción, a las mujeres que quedaron les corresponde seguir adelante.

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En muchos casos, las mujeres están saliendo de casa y trabajando por primera vez. Las viejas costumbres están sucumbiendo a las situaciones extremas de la guerra y a un colapso económico. Eso no es nada nuevo en ciudades como Damasco, la capital, pero una transformación vertiginosa para algunos de los rincones más tradicionales de este país social y religiosamente conservador.

“Antes, las mujeres le tenían miedo a todo”, dijo Fatima Rawass, de 32 años, quien abrió un salón de belleza en mayo, tres años después de que su esposo murió en la guerra. “Pero ahora, no hay nada que temer”.

Antes de la muerte de su esposo, Rawass salía de casa tan pocas veces que podía usar zapatos de tacón alto todo el día debajo de su abaya. Era casi lo mismo que en otras partes conservadoras de Siria, que es principalmente musulmán sunita: su esposo hacía las compras de despensa y otros mandados. Ella cuidaba a los niños.

En el 2012, los combates entre rebeldes en el este de Alepo y las fuerzas gubernamentales en el oeste partieron a la ciudad en dos. Para cuando el Gobierno la recuperó a finales del 2016, el este de Alepo estaba prácticamente en ruinas. Rawass había suplicado que huyeran, pero su esposo insistió en quedarse para cuidar su taller de carpintería. Se negó a unirse a los rebeldes, quienes finalmente lo encarcelaron.

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Quince días después, los niños tenían hambre y, temerosa, decidió salir a comprar leche. Bombas y proyectiles del Gobierno caían afuera. “Fue una caminata muy larga y difícil”, recordó después.

Para pagar la salida de la cárcel de su esposo, vendió todo lo que pudo, hizo trabajos de costura y pidió prestado. “Espero morir antes que tú”, recordó que le dijo él un día. Pero en julio del 2016, después de su liberación, escucharon explosiones. Cuando él salió corriendo, la metralla lo mató.

Rawass dijo que tiró sus zapatos de tacón. Caminó a la tienda. Fue con el doctor que la trató por agotamiento y depresión, y a la escuela de belleza donde con el tiempo comenzó a tomar clases. Ahorró y obtuvo un préstamo de la Cruz Roja. En mayo, abrió un salón en su cuarto parcialmente en ruinas del segundo piso.

“Cuando trabajas, no tienes que pedirle nada a nadie”, afirmó. “Se pueden aprovechar de las mujeres que necesitan cosas”.

Al sur de Alepo, en la ciudad costera de Latakia, a Lekaa al-Shaekh, de 34 años, y su prometido les tomaban fotos. Tradicionalmente, los novios pagaban el precio de una novia: un auto, una casa y dinero en efectivo en Latakia; un kilo de joyas de oro en Alepo.

Luego llegaron los combates, y Latakia, un área dominada por la secta religiosa minoritaria alauita del presidente Bashar al-Assad, envió a miles de hombres a la batalla. La economía se vino abajo.

“Hay muy pocos hombres; ése es el problema ahora”, explicó ella. “Algunas de mis amigas esperan que los hombres les den todo, pero es difícil. Estamos en guerra, después de todo”.

Era raro encontrar una mujer soltera que no sintiera algo de desesperación.

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“No hay hombres en Siria”, dijo Afraa Dagher, de 36 años, residente de Latakia. “A mi edad, todos son mártires o soldados”.

En la trastienda de Paro Clothes, las empleadas charlaban sobre sus problemas mientras trabajaban. El esposo de Hayat Kashkash le había prohibido trabajar, pero después de que su sueldo se quedó atrás de los precios al alza, el año pasado, Kashkash, de 53 años, obtuvo el empleo sin pedir permiso. Con dos hijos en el Ejército, quería mantenerse ocupada. “Vengo a tener un escape”, declaró.

“Estoy aquí para escapar de mis hijas”, bromeó Fatima Kelzy.

Casada a los 11 años, ahora estaba viuda a los 44 años, con seis hijas solteras que alimentar. “De hecho, trabajo por mis hijas”, dijo ahora en serio, “porque soy mamá y papá a la vez”.

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