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De vuelta a Canquintú

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Hace pocos días llamé a mi amigo, quien ahora es Ministro de Salud, y justamente viajaba en helicóptero hacia Canquintú.

La llamada se cortaba debido a interferencias, entre esas, le oí comentar que se dirigía hacia mi antigua tierra.

Mi mente llegó en breves segundos a ese lugar maravilloso a orillas del río Cricamola en Bocas del Toro, que muchos llaman el Paitilla del Cricamola.

Justamente a finales de la década del "80, yo regresaba de Madrid, literalmente con una mano adelante y otra atrás, pues habían concluido los beneficios de la beca otorgada para estudiar mi especialidad en Neurología.

Tenía unas ganas inmensas de ver el mar, ya que habían sido dos años de mucho trabajo y breves vacaciones.

Sólo veía las olas de esa anhelada mancha celeste que brillaba a lo lejos en mi imaginación y, algunas veces, cuando el tiempo así me permitía, por la televisión.

Me incorporé de inmediato a trabajar en el laboratorio Conmemorativo Gorgas en el proyecto de HTLV 1 (Human T-cell Iymphotropic virus type 1), que investiga un virus endémico en la región del Caribe, Japón y Sudamérica.

Este es un virus de los grupos nativos de América que incluye a la población Guaimí.

Panamá había reportado cero prevalencia del 1 al 2%.

Ya el grupo de investigación había decidido eso, luego de evaluar a los indios guaimíes de Changuinola.

Pero, ¿qué pasaba con los indios que vivían en la montaña? Decidimos elegir a Canquintú, un pueblecito de indígenas guaimíes a orilla del río Cricamola, el cual estaba muy distante de las fincas bananeras a dos horas río arriba.

Fui acompañado de un intérprete en un botecito con un motor de 45 caballos de fuerza hacia Canquintú.

Era necesario realizar una inspección del área y hacer el censo de la población para que se pudiera elaborar, luego, el árbol genealógico de cada familia.

Salí a las seis de la mañana de Almirante, aún sin reponerme del tremendo susto que me llevé el día anterior cuando partí a contratar un bote y me atrapó una tempestad en el mar.

Había dejado mi chaleco salvavidas en el puerto, así que tuvimos que refugiarnos en un islote, el aguacero era tan fuerte que no veíamos lo que se encontraba a nuestro alrededor.

Al día siguiente salimos con un hermoso día; el mar semejaba una mesa de ping-pong con sus aguas totalmente cristalinas, lo que nos permitía ver los arrecifes, estrellas de mar y demás peces de colores.

Teníamos la impresión de estar buceando.

El viaje fue largo, de Almirante llegamos a Chiriquí Grande, seis horas después de haber salido del puerto; allí nos refrescamos con unas gaseosas y seguimos el viaje, que parecía nunca acabar.

Llegamos a la desembocadura del río Cricamola a las cuatro de la tarde, con hambre impresionante; los lugareños nos vendieron pescado sancochado con yuca en una hoja de plátano que hacía las veces de plato ¿Y los cubiertos? Nuestros propios dedos.

Contratamos a otro indígena para que fuera en la proa del bote revisando si había troncos bajo el agua que pudieran dañar la hélice del motor y nos ayudara a maniobrar en los rápidos del río.

En realidad, este río no se parecía en nada a los que hay en Los Santos, lugar de donde procedo.

El río era bellísimo, muy ancho, con aguas claras y turbulentas; con unas piedras de lajas grandes y flanqueado por una selva tropical virgen que parecía que nos abrazaba y nos transportaba a otro mundo muy diferente al de la ciudad.

Se escuchaba el gorjeo de los pájaros y los ruidos de los animales que se mezclaban con los propios del río.

Los guías me mostraban los palos de cacao y otros tipos de árboles.

Me enamoré del ambiente que me rodeaba, pues cada vez que vencíamos un rápido, un chorro de adrenalina corría por mis venas, y como era la primera vez que vivía tal experiencia, quedé maravillado y con deseos de que se prolongara.

Pasamos por Visira, un pueblo de indios guaimíes a orillas del río, allí los puercos andaban libremente entre los "ranchos" y las personas.

Los niños saludaban y gritaban al paso de nuestro bote, pero ya la noche caía y eran casi las seis de la tarde.

Al fin llegamos a Canquintú.

Nuestra vista se dirige curiosa hacia los monjes agustinos recoletos, vestidos con pantalones chinos, remangados.

Había una escuelita de primer ciclo regentada por unas monjas, quienes también enseñaban a las mujeres a coser y leer.

De casualidad me encontré con el cacique de la comunidad y justo se enamora de mi machete que estaba en una vaina de cuero muy bien elaborada.

Para tener el visto bueno y el apoyo para hacer el censo, decidí regalárselo.

En pocos minutos me llevaron al centro de salud.

Pude ver la planta de luz a motor diesel que el general Torrijos había donado a la comunidad.

Comenzaba a entender por qué el nombre de: "Paitilla del Cricamola".

Luego fui a una misa oficiada en guaimí; me llamó mucho la atención y medité en el hecho de que si esto hubiese ocurrido 500 años atrás, nuestra América Latina fuera hoy otra cosa.

Después de tomar una bebida reconfortante que me ofrecieron, me fui a dormir bajo el cielo de una noche estrellada en la cual se podían ver casi todas las constelaciones.

La magia que produce ese lugar te hacía sentirte unido, en comunión con la naturaleza y los seres humanos que te rodean.

La destreza de los niños, al pescar con lanzas en el río, la costumbre de colocar frente a cada casa una vasijita de agua para lavarse los pies y dejar los calzados fuera de la casa, te remontan a costumbres practicadas en Asia y, particularmente, en Japón.

Esto nos hace pensar en la teoría de que nuestros indios vinieron de tales lugares, a través del estrecho de Bering.

Mi trabajo me llevó una semana, y dentro de las provisiones que compré para nuestra alimentación estaba incluida una lechoncita.

Recuerdo con nostálgica satisfacción que el día que la mataron, toda la comunidad participó del convite.

Pocos meses después de aquella experiencia, regresamos a Canquintú con todo el equipo de investigación del CDC de Atlanta, Estados Unidos, con mi amigo el Dr.

Archibold y demás compañeras enfermeras, al igual que mis entrañables amigos Lucho y Fernando quienes integraban la comitiva.

Invito a todos los lectores que visiten Canquintú, ya que la experiencia será gratificante.

Les garantizo que verán algo diferente de nuestra tierra; comprobaremos que es bella, no sólo por fuera, sino por dentro -su gente, sus costumbres, y tradiciones-.

Vale la pena apreciar la labor de la Iglesia en pro de esa gente que, en la mayoría de las veces, es olvidada y sólo la recordamos por sus trajes típicos y su folclore, empleados para engalanar las portadas de revistas de turismo o para las postales.

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