Independencia judicial o periodismo condenativo
No tengo la menor duda, y así lo he dejado plasmado en entregas pasadas, de que creo en el periodismo. En ese modo de divulgar noticias —hechos
No tengo la menor duda, y así lo he dejado plasmado en entregas pasadas, de que creo en el periodismo. En ese modo de divulgar noticias —hechos trascendentes de interés colectivo o general y de incidencia social caracterizados por la objetividad— para que la sociedad, al menos la interesada en conocer a diario qué sucede en su entorno, en su país y fuera de su país —en materia política, social, judicial, cultural, económica, etc.—, se mantenga siempre informada y para que no se vea desprevenida frente al desarrollo de acontecimientos importantes. Por ello, en alguna medida, la información cumple funciones de cautela, de apercibimiento frente a los hechos, de adopción de mediadas, en fin. Sin perder de vista, desde luego, el fin educativo e instructivo que cumple el periodismo que se connota dentro de esos parámetros.
En lo que no puedo, jamás, creer es en ese periodismo mequetrefe que anda metiéndose en todo: en la vida privada de las personas, diciéndoles a los tribunales cómo debe decidir o no un caso, dándole órdenes —que no sugerencias— al Ejecutivo, tumbando sentencias en los tribunales y en las cortes, y que se cree siempre con la primera y última palabra para decidir en todo y por todo. No puedo creer nunca, jamás, en el periodismo que se retroalimenta del chisme, del bochinche y de aquel que se nutre de la subjetividad cayendo, generalmente, en la farsa, en la calumnia y en la injuria y que, al final, cree arreglarlo todo bajo la pusilánime excusa de la “nota rectificativa” o “aclaratoria” y que cuando lo hacen la presentación suele ser minimizada y el lector tendrá que rebuscarla.
No puedo creer en el periodismo que se constituye en un partido político, y no uno más, sino en el que está por encima de todo, hasta de la ley; en ese periodismo que cree que puede atacar a todo el mundo, pero que menos se le ataque a él. No, nunca podría creer en esa forma barata y pusilánime de ejercer el periodismo.
Creo en el periodismo que divulga la noticia, la información, desnuda o no, pero siempre apegado a la objetividad. Entendiendo por objetividad la ausencia en la información de criterios subjetivos del periodista o del medio. Esto es que la noticia, el hecho, sea presentado tal y como es, sin que se instigue al lector o al oyente a pensar de tal o cual modo. Simplemente, preséntese la información y ya, como suele hacerse en medios de comunicación serios y objetivos. Recuerdo al periodista Manuel Santamaría Llamas, quien en una ocasión me compartía lo siguiente: “Mira, Silvio, quien lee noticias, ya en la radio o en la televisión, debe leer la noticia y ya, que el oyente saque sus propias conclusiones, pues cuando el periodista entra a hacer sus propias apreciaciones, interpretaciones o hace sugerencias o presenta conclusiones, le resta objetividad y seriedad a la información, y ello lleva al oyente a dudar de la misma”.
Hoy, más que nunca, estas palabras vienen a mi mente. Tienen vigencia. No es mentira que, a diario, leemos noticias, las escuchamos y nos percatamos de cómo no pocos periodistas de diversos medios, entran, según ellos, a hacer análisis y se convierten en una especie de apologéticos, lanzallamas, ante el pueblo, instando por poco al linchamiento popular o a la rebelión de un pueblo. Y ello sucede tanto en Panamá como en otras latitudes.
No puede ser cierto que el periodismo degenere en una profesión de ánimos caldeados, de venganzas, o de encomendadores de alguien o de círculos de poder que utilizan a los medios de comunicación para sembrar indisposición, malquerencias y, sin el mínimo reparo, van destruyendo honras y dignidades de familias enteras, sin importar más que el sensacionalismo y la vigencia del medio.
Tampoco creemos en esa malsana práctica del periodismo, de esos directores de medios que tienen aliados en las noticias y que excluyen a otros bajo la rúbrica de que “a ese no le des espacio”. Todo medio debe ser incluyente, no excluyente. Debe ser objetivo, no subjetivo. Debe ser informador, no desinformador. Debe unir, no dividir. Sumar, no restar.
En sus metas, debe perfilarse, sin duda alguna, la cohesión de la sociedad, no su destrucción mediante el instrumento de la división ínsita en la desinformación. Hacemos nuestras la siguiente reflexión de Luis Ángel Naranjo: “En la actualidad, las facultades de Comunicación Social o las de Periodismo se plantean como centros de enseñanza integral, con el fin de hacer del periodismo una profesión especializada. La demanda ha hecho que se cree un gran número de centros de estudio en donde se enseñan las bases prácticas del oficio además de un trasfondo teórico que reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea. En ese sentido, el periodismo aparece como un oficio que conjuga la práctica en la búsqueda de historias con la reflexión sobre el papel que debe jugar la producción pública en la sociedad”.