Un país competitivo empieza por hacer las cosas simples
Cuando hablamos de competitividad, automáticamente pensamos en grandes obras de infraestructura, inversión extranjera o políticas económicas. Y claro que todo eso importa. Pero existe una forma mucho más sencilla de comenzar a ser competitivos y es dejando de complicar lo que puede hacerse fácil.
Cualquier persona que haya tenido que realizar determinados trámites conoce la experiencia. Formularios, copias, certificaciones, filas, traslados de una institución a otra y requisitos que en ocasiones parecen repetirse sin que nadie se pregunte si todavía son necesarios.
Para una persona puede significar perder una mañana, como para una empresa puede representar tiempo, dinero y oportunidades.
La burocracia muy probablemente nació con buenas intenciones. Los procedimientos son necesarios, los controles también y un Estado serio debe garantizar que las cosas se hagan correctamente. El problema comienza cuando el procedimiento deja de ser un medio para alcanzar un objetivo y termina convirtiéndose en el objetivo mismo.
Ahí es donde debemos cambiar nuestra manera de pensar.
Simplificar no significa eliminar controles ni permitir que cada quien haga lo que quiera. Significa revisar procesos, eliminar duplicidades y utilizar la tecnología para que aquello que antes requería cinco pasos pueda resolverse en dos.
El país ha avanzado mucho en digitalización y existen trámites que hoy pueden realizarse de manera mucho más sencilla que hace algunos años. Ese camino debe continuar y, sobre todo, acelerarse.
Pero digitalizar tampoco consiste simplemente en convertir un formulario de papel en un formulario electrónico. Si se mantienen los mismos requisitos innecesarios, las mismas aprobaciones y la misma cantidad de pasos, tendremos una burocracia digital, pero burocracia al fin.
La verdadera transformación ocurre cuando nos empezamos a preguntar por qué hacemos las cosas de esta manera? Y si la respuesta es "porque siempre se han hecho así", probablemente llegó el momento de revisarlas.
Esto tiene un impacto directo sobre la economía. Quien quiere emprender necesita dedicar su tiempo a desarrollar su negocio, conseguir clientes y generar empleo, no a descubrir qué ventanilla debe visitar. Quien quiere invertir necesita certeza sobre cuánto tiempo tomará obtener una respuesta. Y quien simplemente necesita realizar un trámite público debería poder hacerlo sin convertirlo en una misión.
Un Estado moderno no debe medirse por la cantidad de requisitos que exige, sino por su capacidad para resolver.
Tenemos que empezar a entender que facilitarle la vida al ciudadano no es un favor que le hace el Estado. Es parte de su función.
Y facilitarle la vida a quien produce, emprende o invierte tampoco significa privilegiarlo. Significa crear mejores condiciones para que pueda generar actividad económica, empleo y oportunidades.
Los países compiten por inversión, talento y empresas. En esa competencia, las grandes ventajas cuentan, pero también cuentan las pequeñas experiencias. Cada trámite innecesario, cada respuesta que demora meses y cada proceso que nadie se atreve a simplificar termina teniendo un costo.
Panamá tiene condiciones extraordinarias para competir. Pero no siempre necesitamos inventar una gran solución para avanzar.
A veces, progresar empieza por algo mucho más sencillo como hacer fáciles las cosas que nunca debieron ser complicadas.