Si me da la gana
He escrito un libro, he tenido dos hijos, y he plantado un árbol. Creo que he cumplido mi cuota de ‘deberes’ con la humanidad. Deseo conjugar verbos en infinitivo mientras me deslizo hacia la muerte en gerundio. Pensarán que lo que estoy diciendo es tremendamente egoísta.
Hoy cumplo años. Cuarenta y tres. Estoy calculando que me queda, más o menos, la mitad de la vida por delante. Eso contando con que a las Moiras no les de cualquier día de estos por divertirse un poco con el hilo de mi vida. Pero vamos a pensar que no, vamos a pensar que soy del promedio y que moriré, año arriba, año abajo, a la misma edad que morirán la mayor parte de las mujeres de mi generación, con lo cual, lo dicho, me queda por vivir la misma cantidad de tiempo que he vivido. Y eso es un montón de tiempo.
Hace unos días llegó a mis ojos una frase que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. No sé si es de algún autor conocido, o si es una genialidad anónima, pero me ha parecido un buen lema para el resto de los años que quedan en mi contador: “Lo único que ‘tengo’ que hacer en la vida es morirme. El resto será si me da la puta gana”.
He escrito un libro, he tenido dos hijos, y he plantado un árbol. Creo que he cumplido mi cuota de ‘deberes’ con la humanidad. A partir de ahora no pienso perder ni un instante de mi vida en hacer nada que no quiera.
Es una suerte poder decir que me hacen feliz muchísimas cosas diferentes. Eso siempre es una ventaja, porque igual disfruto con una copa de Tsarine que con una cerveza fría en una cantina de Darién. Lo cual me abre un abanico enorme de posibilidades. Eso es lo que veo en mi vida a partir de este momento: miles de caminos abiertos. Mil posibilidades de ser feliz. Deseo conjugar verbos en infinitivo mientras me deslizo hacia la muerte en gerundio. Muchos pensarán que lo que estoy diciendo es tremendamente egoísta. Quizás tengan razón. Pero ¿saben lo que les digo?, les digo que me importa un ardite lo que piensen. Todos esos que claman acerca de ‘los deberes’ deberían imaginar donde estoy pensando que se pueden ir metiendo sus golpes de pecho y sus amenazas de fuego eterno y condenación.
No quiero oír avisos de horribles cataclismos vitales, de muerte por inanición o de futuros remordimientos. En realidad, lo único que he escuchado decir a todos los que terminan su vida después de vivir como les ha dado la gana, es que volverían a hacer exactamente lo mismo. ¡Con dos cojones!
En estos momentos, en la mitad del camino, es bueno hacer un alto, respirar hondo y mirar alrededor. Limpiar el alma. Estirar los brazos. Afirmar los pies y reír a pleno pulmón simplemente de alegría de estar vivo.
No quiero epitafio, lo de los entierros a mí me da mucho repeluco, si pudiera elegir, elegiría una pira encima de un barco y a mis amigos brindando con cerveza fuerte y buen whisky. Pero sí me gustaría que los que me conocieron pudieran decir: ‘La vida fue su parque de atracciones’. Pienso montarme en las montañas rusas más altas que encuentre. Entrar en las casas del terror más obscuras y lóbregas que haya, con el corazón en la mano de puro miedo a lo desconocido, con la adrenalina corriendo a chorros helados por mis venas, y soltar la carcajada después de pegar el grito cuando algo surge de repente delante de mí.
Y cuando el arnés que me sujeta a ésta montaña rusa se abra en medio de un giro cabeza abajo, y yo me desplome en caída libre hacia la telaraña de la Muerte, solo pensaré: ‘¡Tremendo viaje!’.