De la vocación de nuestra época por la ciencia y filosofía del derecho
El estudio del Derecho no es cuestión de relajo o de cosa que nos podamos tomar a título de chanza. La característica primordial de un ...
De la vocación de nuestra época por la ciencia y filosofía del derecho
El estudio del Derecho no es cuestión de relajo o de cosa que nos podamos tomar a título de chanza. La característica primordial de un profesional de la abogacía debe ser siempre propender hacia la excelencia académica. Entendiendo por ella la capacidad de un abogado en acreditar dominio exhaustivo en el campo jurídico de su especialidad sin que por ello justifique desconocimiento en campos específicos como lo son: Filosofía del Derecho, Teoría General del Derecho y Ciencia Jurídica. Esa formación integral conlleva a que el estudioso del Derecho domine, en un mínimo, cuestiones sobre Teoría de la Argumentación, Lógica Jurídica, Psicología Forense y Derecho Procesal, siendo que esta última debe ser ampliamente conocida por todo abogado que se dedica al litigio.
La Historia del Derecho no puede quedar por fuera. No es lo mismo estudiar Filosofía del Derecho que Historia del Derecho. Entre tanto, la primera se ocupa de buscar las últimas explicaciones de todo fenómeno jurídico, sus causas y razones, la historia persigue demostrarnos, en fases o períodos, la evolución del Derecho, desde su aparición, a través de distintas culturas y civilizaciones.
No puede ser cierto que un abogado esgrima el argumento, ante una consulta referida a un determinado caso y materia, que por ser su especialidad tal o cual, no se encuentra en condiciones de absolver la consulta ni siquiera en lo que toca a la generalidad del caso y dentro del encuadre multicultural del universo jurídico. Ello no indica otra cosa que deficiencias de academia y de lecturas.
Las facultades de Derecho no pueden permitirse, y los estudiantes mucho menos, a aquel tipo de profesor que llega al aula o salón de clases a leer un libro o manual, folleto y copias de la materia, entre tanto el alumno encuentra propicia ocasión para fugarse de las clases o simplemente pernoctar. Los profesores deben ser críticos, juiciosos, objetivos, académicos, verdaderos apóstoles de la educación y juristas a carta cabal. Deben ser profundos, no superficiales; esclarecidos y no confusos; regios y no genuflexos; de carácter y no autoritarios; edificantes y no humillantes.
Pero por otra parte, el estudiante de Derecho debe ser un sediento permanente del conocimiento jurídico; caminante incansable por los senderos de la Ciencia y la Filosofía del Derecho; observador constante de los fenómenos sociales y advertir la importancia del derecho y de la justicia en cada situación que demanda su ilustración; no ser un astronauta en su mundo circundante sino un peregrino infatigable por los tortuosos caminos de las injusticias humanas.
La norma de Derecho, la jurídica, no es un escaparate para imponer penas y sanciones por arte de birlibirloque. Que la norma jurídica siempre ha de tener un tramo poco tomado en cuenta por jueces y fiscales, consistente en el tramo de la conducta humana. Esa conducta propia de todo ser humano caracterizada por sus fortalezas y debilidades; por sus críticas y ataques; por su bondades y falencias; por sus fallas y caídas; por la derrota y el triunfo; por las aflicciones y alegrías, por tristezas y éxitos. Como decía Kant, "Hombre conoce Ley, Ley conoce hombre".
El jurista también debe considerar, seriamente, lo que señalaba el mismo Kant, el de la Metafísica y Crítica de la Razón Pura, en cuanto a distinguir entre el fenómeno y el noúmeno. Esto es, entre apariencia y esencia, entre superficialidad y sustancia, entre forma y contenido. Ay del jurista que emite consideraciones y hasta conclusiones dejándose orientar por lo falsario y lo apariencial. Yerra, peca, comete deslices imperdonables. Qué triste realidad cuando la verdad y la sustancia nos gritan que nos equivocamos y todo por dejarnos guiar también por la pasión, la emoción y dejando en el banquillo de la esquina, marginado, el raciocinio.
La vocación de nuestra época por la Ciencia y la Filosofía del Derecho, casi parafraseando a Savigny, pareciera, tras estas reflexiones, ir en picada, en caída libre. Ya se han ausentado del foro patrio las piezas forenses profundas, asombrosas, dialécticas, especiales, aquellas que nos impactaban e impresionaban, y, triste decirlo, todo se ha reducido en una penosa repetidera de códigos y de leyes, y en no pocas ocasiones, hasta mal citados. Pero aún queda un remanente que puede salvar a la Patria: la juventud, sabia honesta con que se nutre, al decir de Omar Torrijos, el corazón de la Patria.
No puede ser cierto que se siga predicando la muerte del libro. Hay que leer, leer y seguir leyendo. Acariciar sus páginas y no quedarse ciego por una luminosa pantalla que al final terminará dando cuenta de una ceguera mental y hasta espiritual. ¡Ojalá sean los libros, sus lecturas, las que nos enceguezcan"!