De Voltaire a Tucker Carlson: siglos creyendo el mismo cuento ruso
De Voltaire a Tucker Carlson: siglos creyendo el mismo cuento ruso
Leo Hare, un cristiano de Texas, se sumó recientemente a una larga lista de extranjeros seducidos por una Rusia que existe más en la imaginación occidental que en la realidad.
Desilusionado por lo que consideraba la decadencia de Estados Unidos, Hare decidió trasladar a su familia al país de Vladimir Putin. Buscaba una sociedad cristiana, conservadora y defensora de los valores familiares tradicionales. El gobierno ruso le concedió asilo.
La realidad fue menos romántica. Hare terminó estafado por 66,000 dólares por un contacto ruso en quien confiaba. Su familia quedó sin hogar y comenzaron sus preocupaciones por la economía y por las restricciones al acceso a la información. Finalmente reconoció lo evidente: había creído en la propaganda.
Pero Hare no es una anomalía. Es apenas la versión contemporánea de una fascinación occidental que tiene siglos.
Voltaire ya proyectaba sobre Rusia sus propias aspiraciones. Presentaba a Catalina la Grande como una monarca ilustrada capaz de llevar la civilización a los pueblos del imperio. Llegó incluso a justificar algunas de sus conquistas más brutales. Lo curioso es que Voltaire nunca visitó Rusia. Después llegaron los admiradores occidentales de la Unión Soviética.
Sidney y Beatrice Webb, Paul Robeson y George Bernard Shaw encontraron allí aquello que deseaban encontrar. Shaw describió en 1931 un país dirigido por hombres de extraordinaria capacidad y libertad de pensamiento. Pocos años después comenzarían las grandes purgas de Stalin.
El periodista Walter Duranty también ayudó a construir esa imagen desde las páginas de The New York Times mientras minimizaba la colectivización forzada y las hambrunas que costaron millones de vidas.
En 1944, el vicepresidente estadounidense Henry Wallace visitó Magadan, centro de una gigantesca red de campos soviéticos, sin advertir aparentemente nada extraordinario. El patrón se repite porque Rusia posee todos los ingredientes necesarios para alimentar la imaginación occidental. Una cultura extraordinariamente rica, una inmensidad territorial difícil de comprender y una identidad que pertenece a Europa y al mismo tiempo se distancia de ella.
Cada generación encuentra allí aquello que necesita.Para algunos fue el socialismo. Para otros fue la espiritualidad. Hoy, para una parte de la derecha occidental, Rusia representa algo diferente: el último gran refugio de los valores tradicionales.
Cambian las ideologías. La fascinación permanece.