Educar para la capacidad de juzgar
En primer lugar, importa definir ¿qué es la capacidad? La definición precisa de los contenidos del concepto de capacidad está cargada de dificultades; podemos sí, por fuerza
En primer lugar, importa definir ¿qué es la capacidad? La definición precisa de los contenidos del concepto de capacidad está cargada de dificultades; podemos sí, por fuerza de la necesidad, dar la definición formal propuesta por Heinz-Rolf Lueckert: La capacidad se identifica como el producto de la interacción entre potenciales genéticos, estímulos socioculturales y actividad personal. También podemos mostrar cómo y en qué se expresa la capacidad. Se manifiesta en las realizaciones socioculturales, por cuya razón se la puede caracterizar como eficiencia cultural.
Es evidente que un país necesita de tal eficiencia para su continuo desarrollo e incluso, para mantener su en la más de diversas esferas; de igual modo, a la larga no puede permitirse descuidar la capacidad que lleva a la eficiencia. La definición formal que damos al comienzo solo expresa unos pocos factores que, interactuando en cierto modo, constituyen lo que denominamos capacidad.
La manipulación de la opinión pública se ha convertido en uno de los rasgos verdaderamente más inhumanos de nuestro tiempo. Frente a los influjos, continuamente crecientes, que intentan manipular al hombre y la mujer desde fuera, se convertirá en la tarea decisiva de la educación el poder desarrollar en el hombre y la mujer una fuerza resistente a estas potencias y capacitarlos para tomar decisiones independiente y responsablemente. Aquí surge la siguiente interrogante: ¿Qué puede hacer la educación para despertar la capacidad de juzgar en el adolescente? Lo más importante sin duda, como en el diálogo, una vez reconocida la importancia de la formación de criterios propios, es la creación y el cultivo constante de oportunidades en las cuales el estudiante desarrolle el criterio propio.
Para ello se requiere, por un lado, el saber ayudar al joven a superar su timidez y falta de participación, dándole oportunidad suficiente de expresar y sostener valientemente sus propias opiniones. Que se trate de juzgar dentro de la clase personajes poéticos y literarios, o de analizar situaciones políticas y relaciones culturales, o el que las controversias surjan directamente de la vida en común, lo primordial es saber tomar en serio el juicio del joven, escucharlo con respeto y simpatía, conversar con él sobre el problema, aunque las opiniones presentadas sean, a primera vista, inútiles y torpes, o que, eventualmente, se expresen sin discernimiento conceptos ya dados. El educador tendrá que renunciar del todo a la pretensión de superioridad; pues no existe un medio más eficaz para destruir en su germen un juicio insurgente que la pretensión autoritaria o la ironía del superior. Nada más peligroso que el rechazo irónico. Ejemplo: ¿Qué sabes tú de esto?
Por otra parte, el educador debe evitar, también, el que la libre expresión de opiniones degenere en ánimo de disputa incontrolada. Pues cada juicio debe ser responsable y debe ser sostenido frente a objeciones críticas; por esto hay que saber tomar en serio y críticamente el juicio ajeno, es decir, diferenciarlo, mediante examen riguroso, de la retórica vacía y de la explosión incontrolada de sentimientos. Así se obligará a los demás a responsabilizarse de lo que han dicho.
Es la fuerza de los hechos la que posibilita aquí la distinción entre juicio fundamentado, razonado y opinión no comprometedora.
Como un juicio responsable solo es posible sobre la base de un conocimiento objetivo suficiente, es necesario, en la formación de la capacidad de juzgar, comprobar toda opinión expresada en su fundamento objetivo. La formación de la capacidad de juzgar por cuenta propia es, al mismo tiempo, formación para la objetividad y la imparcialidad. En esa unión de fuerza de carácter y de objetividad se puede esperar, en el hombre y la mujer, el desarrollo de la fuerza con la cual él o ella pueda liberarse, por determinación propia, de la presión de la sociedad de masas contemporánea y formarse su propia personalidad responsable de sí misma.
Precisamente, en la sociedad actual, tan propicia a la expansión de pretensiones autoritarias, hay que concederle una importancia especial a la educación que fomente la afirmación decidida de las ideas propias, y del criterio personal, ganado con soberanía, con independencia frente a influjos extranjeros.