El país que dejó de conversar
En ningún otro momento de la historia, las personas habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos, y al mismo tiempo, tantas dificultades para conversar. Esta paradoja es el resultado de vivir en una sociedad hiperconectada que habita plataformas para opinar, reaccionar e interactuar en tiempo real, pero carecemos de espacios para detenernos a escuchar una opinión diferente, debatir con respeto y construir acuerdos. En medio de todo el ruido que genera esta realidad, pareciera que hemos confundido el simple hecho de hablar, con comunicarnos y entendernos.
Compartiendo estas impresiones con otros colegas, jóvenes y miembros de grupos organizados de la sociedad civil, me llama la atención que casi siempre dirigimos nuestro enfoque hacia la necesidad de más transparencia pública, participación ciudadana y fortaleza institucional. Aunque cada elemento responde a un problema distinto, todos señalan hacia una misma raíz, haber perdido la capacidad de conversar. Y cuando un país deja de conversar sobre sus temas difíciles, se fractura su confianza colectiva.
Esta dinámica acarrea otro problema invisible. Los algoritmos nos tienen atrapados, muchas veces sin saberlo, en pseudo-realidades en las que solo consumimos información y opiniones que se alinean a lo que cada uno considera verdadero, limitando la interacción con realidades y puntos de vista distintos. Esto acelera una lógica donde el único objetivo es ganar la carrera por tener la última palabra, cancelando cualquier posibilidad de encontrar puntos en común.
Con frecuencia escuchamos, y duele lo recurrente de esto, que los jóvenes estamos perdiendo la fe en la democracia. No comparto del todo el diagnóstico. El problema, quizás, no es que los jóvenes hayan dejado de creer en la democracia, sino que cada vez más cuestionan la manera en que está funcionando: según datos de Latinobarómetro citados por el PNUD, el 75.7% de los jóvenes latinoamericanos entre 15 y 25 años considera que son gobernados por grupos que actúan en función de sus propios intereses. Lo nuestro no es un rechazo a un sistema que, aunque imperfecto como toda creación humana, es el más conveniente de todos; sino que aspiramos a una democracia que evolucione, escuche y converse de los temas difíciles.
Hoy opinamos de inmediato, sin detenernos a escuchar. Tratar de comprender al otro se ha convertido en el menos común de los sentidos. Por eso, los grandes desafíos de Panamá no se resolverán desde la trinchera de la polarización, sino desde el entendimiento mutuo y el respeto como herramientas fundamentales del diálogo. Sin embargo, este problema se seguirá agravando mientras el desacuerdo siga siendo sinónimo de descalificación y el diálogo sea sustituido por monólogos.
La mayor innovación que necesita nuestro país no es tecnológica ni económica, sino cultural. Es necesario que recuperemos el valor de la conversación, bajo el entendimiento que escuchar al adversario no es ceder, sino una muestra de liderazgo y humanismo; una sociedad en la que no se tilde a quien busca construir consensos como alguien que renuncia a sus convicciones.
Mi generación tiene mucho que aportar y estamos deseosos de hacerlo. No porque seamos la generación del futuro o alguna parafernalia parecida; sino porque tenemos la responsabilidad de recuperar lo que como país hemos olvidado: la disposición de sentarnos con quien piensa diferente para encontrar soluciones a los problemas que a todos nos afectan. Una sociedad madura no es aquella que ostenta la mejor infraestructura o legislación; sino la que afronta sus conversaciones difíciles. Y tal vez, nuestro mayor desafío como panameños sea, precisamente, volver a tenerlas.