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¡A descubrir nuestro tesoro interior!

REDACCION - Publicado:
Cualquier edad es la edad de la aventura, de los grandes descubrimientos.

Por eso no podemos perder nunca el entusiasmo de vivir.

¡Gracias, Señor! Gracias porque en este momento en que escribo, el paisaje que tengo delante es verde y lleno de esperanza.

Hay en él flores, manchas rojas, que me recuerdan tu sangre derramada por mí.

Sobre la mesa hay un vaso con rosas y miosotas, una combinación perfecta y puedo sentir su perfume.

La brisa es fresca y juega con los árboles.

El tic-tac del reloj en la pared me habla del tiempo que me has dado para vivir y amar.

Puedo oír a los pájaros que cantan y a los hombres a quienes das fuerzas para trabajar y ganarse la vida honradamente.

Gracias, Señor, por la vida, que es bella.

Eso es lo que podemos descubrir en cada instante.

Más todavía; descubrir los tesoros que el pasado dejó en nosotros, y nuestro propio talento, talento que nació con nosotros, que se desarrolló con la vida o que yace latente, sin que lo hayamos explorado.

Todo el tiempo es tiempo que debemos valorar y aún más cuando nos faltan otras posibilidades que los años proporcionan.

Está bien claro que "cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana".

Y la ventana se abre siempre hacia un mundo maravilloso, que ignoramos.

Hay, por tanto, en cada uno, en cada edad, un tesoro que descubrir: es la gran aventura de la vida.

Nada se desperdicia.

Sabemos que el uranio, el generador de energía atómica, hace un tiempo era descartado como desecho.

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Todo a su tiempo.

En la segunda y en la tercera vigilia, se nos hizo presente una justa inquietud de crecer en todas las direcciones; distracción, de promoción y mil preocupaciones de estudio, de trabajo, de responsabilidades familiares.

En la cuarta vigilia, se hace la calma, esa calma que sólo se puede sentir antes de la alborada, cuando las aves todavía duermen, y el silencio tiene mil voces para el oído entrenado en lo suprasensible.

Es el momento de descubrirnos a nosotros mismos más íntimamente, de hacer balance de nuestras riquezas interiores acumuladas a lo largo de los años y ver el mejor modo de hacerlas rendir.

De ese rendimiento no se dispensa a nadie.

Tenemos que trabajar hasta el fin para la "edificación del cuerpo de Cristo".

(Ef.

4,12).

En la calma de esta vigilia tenemos tiempo para examinar nuestro mundo privado, nuestro propio cosmos, que es único.

Son de Heschel, teólogo judío, las siguientes consideraciones: "Hay caminos en el alma en los que el hombre camina solo, sendas que no conducen a la sociedad.

La vida no abarca sólo la tierra productiva y cultivable, sino también montañas de ensueño, subsuelos de dolor, torres de deseos".

Cuando han terminado otras preocupaciones, otras aspiraciones mundanas y materiales y nos hemos desilusionado de la gloria humana, es el momento de cultivar esos deseos, que nos colocan en un plano muy superior.

El propio dolor, pasado o presente, la propia tragedia tiene su austera belleza, que da un realce sublime a nuestras alegrías.

Sí, porque creemos que "todas las cosas concurren para bien de aquellos que aman a Dios" (Rom.

8,28), y "conocemos y creemos en el amor que Dios nos tiene" (1 Jn.

4,16).

Estamos trabajando en el tapiz de la vida por el reverso, dando puntadas y haciendo nudos y aplicando los colores que Dios indica.

Así se hacen los bellos gobelinos.

Un día veremos el resultado y quedaremos maravillados con nuestra obra y la Sabiduría que la produjo en nosotros, el espectáculo del esfuerzo magnífico que Dios realizó en nosotros, con nosotros.

Esto es lo que estamos realizando en este momento, procurando descubrir todos nuestros recursos, para ponerlos a disposición de Dios, y de su trabajo en nosotros y para nosotros.

No hay edad para desistir, para desertar.

Cada segundo trae su responsabilidad eterna.

Rechazamos el pensamiento de Omar Khayyam, en su famoso Rubaiyat: "Partiré sin indagar el motivo de mi estancia misteriosa en este mundo.

Nosotros lo conocemos, lo indagamos en cada momento y en cada momento Dios nos da la respuesta.

Ya antes habíamos dicho con el gran arquitecto Le Corbusier: "Busco.

Estoy disponible".

Es imposible que no hayamos encontrado al Creador.

En esta aventura de nuestro descubrimiento interior, hay un punto importante del que nos tenemos que dar cuenta: las energías latentes en nosotros son muy superiores a lo que pensamos.

Hay en el hombre, según los grandes psicólogos y psiquiatras, posibilidades intelectuales y morales que apenas utilizamos en un pequeño porcentaje.

Son como el iceberg, que surge del pequeño tamaño en la superficie del mar y es inmenso en su zona sumergida.

Vamos, pues, a despertar esas fuerzas, a accionarlas y a dinamizarlas.

Irán surgiendo, contraponiéndose a las deficiencias físicas, retardando el proceso de debilitamiento y de consecuente enfermedad.

Además, ¿no es nuestro deber utilizar todos nuestros talentos, descubrirlos, para ponerlos en acción? Toda la aspiración del hombre, desde que comienza a entenderse, es realizarse.

Tal vez el secreto de la perenne juventud esté no en desistir de esa realización.

Dicen que los buenos mueren jóvenes.

Claro que no.

¿Qué sería del mundo si así fuese? Sucede a veces; recordemos a algunos santos privilegiados de quienes la liturgia nos dice que "hicieron una larga carrera en poco tiempo".

La bondad es de toda la vida y por mayores que seamos, ella puede y debe mantenernos jóvenes.

Está en el entusiasmo de vivir, en la alegría de cada día que despunta, de cada amigo que nos sonríe, de cada niño que juega, de cada hoja que baila.

Es la alegría del Espíritu de quien sabe ser todo lo que es bueno y verdadero.

El lirismo de Ronald de Carvalho nos recuerda que esa alegría está siempre al alcance de todos: Abre tu ventana de par en par.

/Allí fuera, bajo el cielo de verano,/todos los árboles están cantando.

/Cada hoja es un pájaro,/cada hoja es una cigarra, cada hoja/es un sonido.

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Conozco un joven de 101 años, siempre alegre y atento; me dijo un día que le fui a visitar, como si estuviese contando una anécdota: "Hable alto que mi oído es duro".

Su único impedimento.

Unico, no.

Ya no anda como andaba, ya no va a misa diaria.

Pero un buen sacerdote le lleva a Jesús, el compañero de su largo viaje.

Y vive feliz con una centena de nietos y un mundo de bisnietos.

Hombre que trabajó mucho, que se hizo por sí mismo, que ayudó a los demás.

Fue el justo que floreció y a quien "se vuelven los ojos del Señor" (Sal.

33,16).

Si personas terribles con terribles obstáculos vencieron en la vida e hicieron de ella un servicio constante, ¿qué derecho tenemos nosotros por más dificultades que nos traigan los años, a abdicar de nuestro deber, de nuestra vocación de servir? Dos ejemplos apenas: la Dra.

Mary Verghese, en un hospital de las misiones en el sur de la India, llegó a ser especialista en operaciones, desde una silla de ruedas, después de haberse fracturado la columna en un accidente.

Walter Callow, en el Canadá, llamado "el tronco humano", perdió las piernas, quedó con los brazos paralizados y ciego.

Su trabajo por los inválidos fue increíble En su cuarto del hospital militar, transformado en escritorio, el teléfono no paraba.

Y agradecía a Dios "el poder pensar y hablar".

Quiero devolverle su amor, pues pienso que cuando un hombre muere, sólo se le hace una pregunta: ¿qué hiciste por los demás? ¿Vamos, nosotros, a dejar de servir por las leves o incluso grandes dificultades que llegan con la edad? ¿Qué se ha hecho de nuestra fuerza moral y de nuestra fe? ¡Cuánta riqueza en dedicación, en inventos, en obras de arte, en la fuerza que rige el mundo, el amor, no se habrían perdido, si muchos grandes hombres, al avanzar su edad, hubiesen desistido de la vida! Vamos a descubrir nuestro tesoro interior.

Vamos a abrir los ojos a toda la belleza que hay en nosotros y fuera de nosotros.

Porque todo tiene su belleza, incluso hasta el dolor, incluso hasta la amargura, que, según Fulton Sheen, "es la sombra de la mano de Dios en un gesto de caricia".

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Cada día es un don, cada momento es un mensaje de amor.

Hasta la hoja que cae nos habla de esperanza.

En esa aventura de descubrimiento, sepamos ver también la hermosura fuera de nosotros, hasta en las cosas mínimas.

Existe en abundancia, nos lanza como el viento lanza las ramas de los árboles y esparce su perfume.

Eddie Albert, productor de cine, se encontró un día en el Japón, cansado y deprimido.

Pidió al escultor Isamu Noguchi que le mostrase algo bello para animarle.

Fueron a tomar té en una casa de campo, en una sala vacía.

Una señora de edad los sirvió, lentamente.

Noguchi quería que Eddie apreciase "el momento que pasa".

Al terminar, pidió al amigo que examinase el vaso que estaba sobre la mesa.

Sus curvas eran bellas y también las tres flores delicadas que lo adornaban.

Un detalle muy pequeño, pero que enseñó a Eddie que la vida tiene su encanto, en cada momento.

¿Hasta qué punto apreciamos nuestra gran aventura y exploramos nuestro tesoro interior? (Fuente: Vivir la Tercera Edad en la alegría del espíritu/Haroldo J.

Rahm, s.

j.

y María J.

R.

Lamego).

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