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Jorge Luis Borges: Detrás del espejo

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El 14 de junio es una fecha nefasta en las efemérides argentinas.

En 1982 se perdían las Malvinas y cuatro años más tarde -en Ginebra- moría el más universal de sus escritores.

Como en el más patético de los cuentos borgianos, ese día se esfumaron, casi al mismo tiempo, en el aire, antiguas glorias militares y oscuras obsesiones de sables y viejas prosapias familiares.

Un ancestro suyo, el coronel Isidoro Suárez, cuya famosa carga de Junín decidió la victoria de las filas patriotas y dio más floria a Bolívar, integra esa corte de fantasmas.

Mandatos recibió también de un abuelo militar, que aceptando un error suyo, supo morir, en la primera guerra civil argentina, cargando en solitario contra sus propios hermanos y cuyo buscando consuelo fue el de dejar la vida en manos de sus paisanos.

Definitivamente el 14 de junio es una fecha para no evocar espejos rotos, no pasar debajo de una escalera y evitar cruzarse con gatos negros.

De Borges se ha aceptado, casi sin discusión y hasta por él mismo, que su liratura fue de todo menos romántica.

Que el amor -salvo excepcionales pasajes de su prosa o algún que otro poema escondido- es el gran ausente de una obra poco extensa, pero de inagotables profundidades.

En realidad, cuando alguien quiere resaltar algo, tiene dos caminos: o nombrarlo o callarlo.

Esa palabra inefable y ex-profeso ausente, no deja de gravitar en cada párrafo y en cada uno de los versos.

De la misma manera como la forma vacía y la tibieza de la almohada, delatan una ausencia.

Ocultar el amor bajo la exégesis de una palabra, no deja de ser menos elocuente que en verso desgarrado.

Allí está la Ulrica de El Libro de Arena y el comentario final de Javier Otárola, protagonista del cuento, un profesor colombiano con indudable acento argentino: ".

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Ya no quedaban muebles ni espejos.

No había una espada entre los dos.

Como la arena se iba el tiempo.

Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica" y Emma Zunz, cuyo amor fabricó su propio ultraje.

Y como siempre también están allí sus claros prólogos que denuncian sin ambages una confesión o una esperanza.

¿Qué cosa es si no, esta inscripción de Los conjurados? ".

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De usted es este libro Maria Kodama.

¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los desiertos, los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas? Sólo podemos dar lo que ya hemos dado.

Sólo podemos dar loque ya de otro.

En este libro están las cosas que siempre fueron suyas".

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Entonces viene la develación, la traducción de esas bellísimas palabras que no necesitan de rima para ser un poema.

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"¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!" Una simple instropección, luego del análisis de estos símbolos, resulta un ejercicio esclarecedor para comprender la hermenéutica borgiana que subyace en su personal estilo.

Quien por timidez o por recato se vea obligado a cercar la exteriorización de sus sentimientos, de alguna forma ellos buscarán el modo de liberarse, porque así como toda agua busca su nivel y la nieve se hace océano, los deseos reprimidos se escapan como arena entre los dedos.

Borges en esto muestra una psicología muy de los oriundos de Buenos Aires.

Así como el tango fue un rito amoroso que se bailaba para no tener que utilizar el lenguaje siempre embarazoso de las palabras, así mismo son las alusiones de la metafísica borgiana al amor esquivo.

Oculto a veces tras el coraje, a veces ingenuo y otras veces terriblemente desolador de una actitud belicosa.

Allí están también el cuchillo, en loque tiene éste el fálico y fatal, como la espada que el maeestro soñó empuñar alguna vez para negarse a sí mismo su sospechada cobardía.

Una cobardía cuyas aguas orillaron muy de cerca su vida sentimental.

Basten para tal fin estos versos finales de La Cierva Blanca.

".

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Los númenes que rigen este curioso mundo/ Me dejaron soñarte pereo no ser tu dueño/ Tal vez en un recodo de un porvenir profundo/ Te encontraré de nuevo, cierva blanca de un sueño/ Yo también soy un sueño fugitivo que dura/ Unos días más que el sueño del prado y la blancura".

Por otra parte, al decir de sus biógrafos y en especial de una de sus novias, Jorge Luis Borges tuvo una vida sentimental nada aburrida.

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ni escasa.

Cuentan ellas que a la hora del flirteo era inquieto, toquetón y bromista,.

Nada más se sabe.

Mejor así.

Las relaciones íntimas deben mantenerse privadas.

Si no fuera así.

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¿qué placer tendrían sus recuerdos? En su prólogo a La Rosa Profunda Borges expone, no sin cierto maniqueísmo, sus conceptos sobre la poesía romántica.

Dice: "La doctrina romántica de una Musa que inspira a los poetas fue la que profesaron los clásicos; la doctrina clásica del poema como una operación de la inteligencia fue enunciada por un romático, Poe, hacia 1846.

".

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y continúa.

".

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En lo que a mí concierne el proceso es más o menos invariable.

Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será despues un relato o una poesía.

Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos.

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" Y ahora veiene otra confesión de su apostasía, o mejor, de su agnosticismo disfrazado, porque en mi opinión, a Borges con la religión le sucedía lo mismo que con el amor humano.

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" Esto me es revelado cuando los astros o el azar me son propicios.

".

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En el poema Unending Rose -uno de mis preferidos- dedicado a otro de sus amores, la escritora chilena Susana Bombal, sugiere, dice y sentencia.

".

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Y Attar de Nishapur miró una rosa/ y le dijo con táctica palabra/ como el que piensa, no como el que reza: /-Tu vaga esfera está en mi mano.

El tiemp/ nos encorva a los dos y nos ignora.

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" Borges se delata en cada poema, a veces con un rotundo, inusual y sorpresivo remate, como en este caso del poema Elegía del Recuerdo Imposible que integra La Moneda de Hierro (1976).

Fue escrito cuando el autor tenía ¡77 años!.

".

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Qué no daría yo por la memoria/ de que me hubieras dicho que me querías/ y de no haber dormido hasta la aurora,/ desgarrado y feliz".

Estos extraños versios para nada desmerecen la lírica de Neruda.

Sospecho fuertemente que Borges, en cierta forma, veía en el poeta mayor de Chile su otro yo que él trataba de ocultar en vano.

Me refiere solamente al plano sentimental, y no en el político, pues es archiconocido que allí, uno era los antípodas del otro.

En ese mismo libro citado anteriormente, el casi desconocido poema titulado: México revela en el simbolismo de la muerte otro deseo quizás más prosaico pero no menos fatídico: ".

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¡Cuántas cosas eternas! El patio que se llena/ de lenta y leve luna que nadie ve, la ajada,/ violeta entre las páginas de Nájera olvidada,/ el golpe de la ola que regresa a la arena.

/ El hombre que en su lecho último se acomoda/ para eseprar la muerte.

Quiere tenerla toda".

Creo, sin ánimo a equivocarme, que el siguiente es uno de sus poemas más abiertos y sencillo.

Escrito con la sencillez de un niño y el candor de un adolescente enamorado.

Recordemos que cuando Borges escribió La Luna había sobrepaado largamente los setenta años.

Está dedicado a María Kodama.

".

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Hay tanta soledad en ese oro.

/ La luna de las noches no es la luna/ que vio el primer Adán.

Los largos siglos/ de la vigilia humana la han colmado/ de antiguo llanto.

Mírala.

Es tu espejo".

Si algún estudioso de su obra o de su personalidad dudara de estas imprecisiones mías, producto de una admiración desbocada por su lectura cotidiana o por el pálido fulgor de escasas similitudes con miles de millones de años luz de distancia intelectual y literaria.

Le cito este poema: A Johann Brahms.

"Yo que soy un intruso en los jardines/ que has prodigado a la plural memoria/ del porvenir, quise cantar la gloria/ que hacia el azul erigen tus violines.

/ He desistido ahora.

Para honrarte/ no basta esa miseria que la gente/ suele apodar con vacuidad, el arte.

/ Quien te honrare ha de ser claro y valiente.

/ Soy un cobarde.

Un triste.

Nada/ podrá justificar esta osadía de cantar la magnífica alegría/ -fuego y cristal- de tu alma enamorada.

/ Mi servidumbre es la palabra impura,/ vástago de un concepto y de un sonido;/ ni símbolo, ni espejo, ni gemido;/ tuyo es el río que huye y que perdura".

Quisiera terminar siguiendo con la aseveración anterior.

Alguien dijo que quien cree en la literatura o ama la poesía, bien puede sobrevivir sin necesidad de dioses que lo aferren.

Es posible que eso sea un exabrupto teológico e intelecutal, pero dios tiene muchas formas de manifestarse y ésta para mí, ha sido una de las más bellas y salvadoras.

Sé que uno quisiera soñar cosas felices, pero cuando se avisora a la distancia el último recodo del camino, también se sueña con el morir.

Yo espero que sea en mi casa y en mi cama, rodeado por los que me quieren y por los que yo he querido y con un libro de Borges bajo la almohada.

Es para cuando tenga que esperar mi turno por ese pedacito de eternidad que según dicen las sagradas escrituras, me tienen asignado de antemano.

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