'Educar no es solo enseñar: recuperar la lectura y la motivación de nuestros estudiantes'
'Educar no es solo enseñar: recuperar la lectura y la motivación de nuestros estudiantes'
Durante muchos años fui simplemente una madre preocupada por la educación de mis hijos. Hoy, además, soy estudiante de docencia, en el Centro Regional Universitario de Panamá Oeste. Ese cambio ha transformado mi manera de mirar la escuela, al docente y, sobre todo, al estudiante.
Ahora observo con otros ojos situaciones que antes veía únicamente desde la preocupación de una madre. Y hay una pregunta que cada vez me hago con mayor frecuencia: ¿en qué momento dejamos de preguntarnos si nuestros estudiantes realmente quieren aprender?
No me refiero únicamente a aprobar una asignatura, completar una tarea o conseguir una buena calificación. Me refiero a algo más profundo: despertar en nuestros jóvenes la curiosidad, el deseo de descubrir, la capacidad de cuestionar y el placer de aprender.
Uno de los temas que más me preocupa es la pérdida del hábito de la lectura.
Recuerdo que anteriormente era común que los estudiantes tuvieran como parte de su formación la lectura de una novela durante el bimestre. Hoy, desde lo que he podido observar como madre y desde mi acercamiento a la docencia, percibo que lograr que un adolescente se siente a leer un libro puede convertirse en un verdadero desafío.
Y no podemos ignorar el contexto.
Nuestros hijos viven rodeados de pantallas, redes sociales, videos de pocos segundos, videojuegos y una cantidad prácticamente ilimitada de estímulos. No considero que la tecnología sea el enemigo. El problema aparece cuando la gratificación inmediata comienza a desplazar actividades que requieren concentración, paciencia y esfuerzo.
Leer requiere detenerse.
Requiere imaginar, interpretar, relacionar ideas, hacerse preguntas y permanecer concentrado. Precisamente por eso la lectura sigue siendo tan importante.
Un estudiante que desarrolla comprensión lectora tiene una herramienta que utilizará durante toda su vida. No solamente para Español. La necesitará para comprender un problema matemático, interpretar una instrucción, analizar un documento, estudiar Ciencias, comprender Historia o desenvolverse posteriormente en una universidad y en el mundo laboral.
Pero la lectura no puede convertirse simplemente en otra obligación escolar.
Tenemos que lograr que nuestros niños y jóvenes vuelvan a encontrar una razón para abrir un libro.
Y aquí aparece el segundo gran desafío: la motivación.
Como madre, he vivido situaciones en las que he visto cómo un estudiante puede comenzar a perder interés cuando siente que no es escuchado, comprendido o acompañado.
Un adolescente no siempre puede explicar por qué dejó de interesarse por una asignatura. A veces simplemente dice: “No me gusta”. Pero detrás de esa frase puede existir frustración, miedo a equivocarse, dificultades para comprender, problemas de convivencia, falta de acompañamiento o simplemente la sensación de que aquello que aprende no tiene significado para su vida.
Por eso, cuando hablamos de educación, debemos hablar también de seres humanos.
Durante mi formación docente he comprendido algo que considero fundamental: saber una materia no es exactamente lo mismo que saber enseñarla.
Un profesional puede dominar Matemáticas, Física, Química, Historia o cualquier otra disciplina. Pero enseñar implica mucho más. Implica saber comunicar, despertar interés, establecer límites, reconocer diferencias, manejar un grupo y encontrar diferentes caminos para que un estudiante pueda comprender.
La pedagogía importa.
Y mucho.
Esta reflexión también me ha llevado a mirar mi propia trayectoria. Soy profesional de la Contabilidad y durante años he trabajado en posiciones de responsabilidad gerencial. Podría haber continuado mi vida profesional sin acercarme al mundo educativo.
Sin embargo, llegó un momento en el que decidí estudiar docencia.
Lo hice porque empecé a observar situaciones que me hicieron preguntarme qué podía aportar yo a una realidad que me preocupaba.
No llegué a la docencia porque pensara que enseñar es sencillo. Al contrario. Mientras más conozco esta profesión, más respeto siento por quienes diariamente entran a un salón de clases e intentan captar la atención de decenas de estudiantes con realidades, personalidades y necesidades completamente diferentes.
También he conocido docentes que me han hecho reafirmar esa admiración.
Profesores que enseñan con vocación, que preparan sus clases, que buscan nuevas formas de explicar y que entienden que detrás de cada estudiante existe una historia.
Pero precisamente porque existen docentes comprometidos, considero que debemos hablar también de la necesidad de fortalecer la preparación pedagógica.
No basta con colocar a una persona frente a un grupo y esperar que el conocimiento haga el resto.
La educación necesita profesionales que sepan qué enseñar, pero también cómo enseñar.
Y tampoco podemos colocar toda la responsabilidad sobre los docentes.
Las familias tenemos una responsabilidad enorme.
La escuela no puede sustituir el hogar.
Si queremos que nuestros hijos lean, debemos preguntarnos cuánto leen en casa. Si queremos que respeten a sus profesores, debemos enseñarles respeto. Si queremos jóvenes responsables, tenemos que enseñar responsabilidad mucho antes de que lleguen al aula.
Y necesitamos recuperar algo que parece sencillo, pero que cada vez cuesta más: conversar con nuestros hijos.
Preguntarles cómo se sienten. Qué les preocupa. Qué les gusta. Qué no entienden. Qué sueñan hacer en el futuro.
Tal vez allí encontremos algunas respuestas que no aparecen en las calificaciones.
No escribo estas líneas como especialista en educación ni pretendo tener todas las respuestas. Las escribo como madre, como profesional y como estudiante de docencia que decidió acercarse a la educación porque considera que lo que ocurre en nuestras aulas merece nuestra atención.
No quiero una educación que únicamente prepare estudiantes para aprobar exámenes.
Quiero una educación que prepare personas capaces de leer y comprender el mundo, pensar por sí mismas, resolver problemas, convivir con otros, defender sus ideas con argumentos y continuar aprendiendo durante toda su vida.
Para conseguirlo necesitamos docentes preparados, familias comprometidas, estudiantes escuchados y un sistema educativo dispuesto a revisar aquello que ya no está funcionando como esperamos.
Quizás el cambio no comience con una gran reforma.
Quizás pueda comenzar con algo mucho más pequeño.
Con un padre que apaga el teléfono y conversa con su hijo.
Con una madre que compra un libro y lo lee junto a él.
Con un docente que decide buscar una nueva manera de explicar.
Con un estudiante que vuelve a descubrir que aprender puede ser interesante.
Porque educar no es llenar una cabeza de información.
Educar es despertar la capacidad de seguir buscando respuestas cuando termina la clase.
Y si queremos construir el Panamá que tendremos mañana, debemos comenzar por preguntarnos qué estamos haciendo hoy para formar a quienes tendrán que construirlo.