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El satyagraha o la resistencia ética

Juan Carlos Ansin - Publicado:
GANDHI HA SIDO una de las personalidades más impactantes en la historia de la humanidad.

Que un pequeño hombre se enfrentara al imperio más poderoso de Occidente y lograra la independencia de su país, la India, sin ejercer la violencia; hoy nos parece más un capítulo de las sagradas escrituras que de la historia universal.

Pero lo que ha hecho perdurable su lucha no ha sido su método, la desobediencia civil -de por sí extraordinario-, tampoco lo ha sido la fuerte personalidad de su autor o la nobleza de su causa.

Sino lo misteriosamente aislado de su gesta.

En ninguna otra parte de las tantas donde la guerra clavara sus garras ha vuelto a suceder.

No de esa forma, en la que el león doblega su cerviz ante un pequeño hombre, casi desnudo, armado con un puñado de sal.

Erich Fromm, en su Humanismo Socialista, publica un artículo escrito por Nirmal Kumar Bose, entonces secretario de Gandhi.

Allí explica la filosofía del movimiento pacifista indio de acción directa que consistía en enfrentar el conflicto violento elevándolo a un plano moral.

La técnica desarrollada se llama satyagraha, que quiere decir, literalmente: "persistir en la verdad".

Una verdad basada en el simple y noble hecho de reconocer que ningún hombre es dueño de ella y que por lo tanto no tiene ningún derecho a imponer a nadie su particular forma de interpretarla.

En cambio, el individuo sí tiene derecho a vivir su propia verdad y con sus propias ideas debe oponerse, pacíficamente, a todo lo que crea contrario o equívoco en las ideas ajenas.

El satyagraha tiene, pues, dos aspectos que debe cumplir el militante (satyagrahi), uno de resistencia, oponerse a lo que considera inmoral o injusto y otro constructivo, creando una base moral superior para fundar una sociedad más humana y justa.

Lo que hallo sublime en esto es que según los preceptos, el satyagrahi, el militante, no debe convertir a su circunstancial adversario en su enemigo (palabra borrada de ese código), ni caer en la tentación de la violencia que tal adversario le aplica, sino por el contrario, debe resistirla con coraje, de tal forma que su acción convenza al enemigo violento de la superioridad moral de su causa.

Este concepto no es extraño al axioma cristiano de poner la otra mejilla, ambos tienen la particularidad de convertirse en una poderosa herramienta ética.

El problema reside en la debilidad de su eficacia frente a una sociedad abrazada, cada vez más, al amoralismo de la época.

La guerra o cualquier otro conflicto violento supone que haya un vencedor y un vencido y en esa moral; es el victorioso el que tiene la razón.

En cambio para el satyagraha ocurre todo lo contrario.

Una derrota violenta sólo significa que el victorioso es un combatiente más hábil o fuerte.

La historia nos ilustra con numerosos ejemplos.

La devolución del Canal de Panamá a sus dueños legítimos es una de ellas.

En cambio la consolidación de una paz duradera reside precisamente no en la razón de la fuerza, sino en la verdad y justicia de la causa.

Aunque el fin que se persiga sea el mismo, los métodos y la calidad con que se instrumenten; es decir, lo medios aplicados, son los que hacen legítima y perdurable la paz de la justicia.

En la metodología de Gandhi no existen vencedores ni vencidos, pues se basa en la aceptación o el acuerdo mutuo sobre lo cierto o lo justo.

En una oportunidad -nos dice Bose- le preguntaron al Mahatma si lo que se conquista por la violencia se puede defender por la no violencia, a lo que el santón indio respondió: "No sólo no se puede defender, sino que se debe renunciar a las ventajas mal ganadas".

Ha sido muy interesante la posición política de Gandhi.

En otra oportunidad le preguntaron si era posible acumular riqueza sin violencia y comentó que era imposible que un individuo acumulara capital sin ejercer violencia, y agregó: "No sólo no era imposible que también lo hiciera el Estado en una sociedad no violenta, sino que era recomendable e inevitable".

"El Estado representa la violencia organizada.

El individuo tiene alma pero como el Estado es una máquina sin alma es imposible apartarlo de la violencia".

También creía que la producción de productos básicos debía estar en manos del Estado y ser accesible a todos.

Sin embargo ha sido muy claro en cuanto a la desconfianza que sentía por el poder estatal sobre la libertad individual, a la que, según su secretario, siempre puso en primer lugar sobre todos los valores, incluso sobre el Estado.

"El aumento del poder del Estado me inspira más temor porque, si bien logra un beneficio al reducir la explotación, causa un gran daño al género humano al destruir la individualidad".

Admitía que mientras la naturaleza humana conservara sus características, el Estado sería necesario, pero creía que el mejor Estado era el que menos gobierna.

En cuanto al desarrollo tecnológico se manifestaba en contra del "delirio por las máquinas" entendiendo por delirio no el de las máquinas, que pueden ahorrar esfuerzos agotadores, sino a la sustitución del trabajo.

"Quiero economizar tiempo y trabajo, no para una porción de la humanidad sino para todos.

Quiero concentrar la riqueza no en manos de unos pocos, sino en la de todos.

Hoy las máquinas hacen que unos cabalguen sobre las espaldas de millones.

El factor impulsor no es el anhelo de bienestar social sino el de la codicia".

Su lucha aún permanece vigente, pero faltan líderes de su talla para conseguir la victoria sobre nosotros mismos.

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