La ilusión del bienestar en la era moderna
La ilusión del bienestar en la era moderna
Nunca habíamos hablado tanto de bienestar. Y, paradójicamente, pareciera que nunca habíamos necesitado tanto encontrarlo.
Comer mejor, dormir mejor, hacer ejercicio, cuidar nuestra salud mental, ser productivos, meditar, desconectarnos, volver a conectarnos. Vivimos rodeados de recomendaciones sobre cómo sentirnos bien y alcanzar una supuesta versión óptima de nosotros mismos. Sin embargo, mientras más herramientas tenemos para perseguir el bienestar, más frecuente parece esa sensación de que algo sigue faltando.
Creo que allí existe una de las grandes contradicciones de nuestra época: hemos comenzado a confundir el bienestar con el sentido de la vida. Como joven y estudiante de Psicología de la Universidad del Istmo, me ha tocado reflexionar sobre esta contradicción. Es también una de las ideas que abordé en mi libro Un verdadero sentido: los pensamientos de un joven: esa sensación que Viktor Frankl llamó "vacío existencial". Es ese sentir que nada termina de saciarnos, incluso cuando, aparentemente, todo está bien en nuestras vidas.
Entonces vale la pena preguntarnos: si tenemos cada vez más posibilidades para sentirnos bien, ¿por qué seguimos sintiendo que algo nos falta? El resultado es una contradicción profundamente moderna: somos más libres para decidir cómo vivir, pero esa libertad no necesariamente nos ha ayudado a descubrir para qué vivir.
El ser humano contemporáneo está expuesto permanentemente a estímulos que prometen satisfacción inmediata. Redes sociales, entretenimiento, compras, reconocimiento, comida, experiencias y contenido infinito compiten por nuestra atención.
En ese contexto aparece lo que llamo "el piloto cruel": una metáfora de esa búsqueda insaciable de dopamina en la que terminamos confundiendo el placer con el deseo.
Muchas veces no actuamos porque algo verdaderamente nos haga felices, sino porque anticipamos que podría hacerlo. Queremos la siguiente experiencia, el siguiente logro, la siguiente compra, el siguiente video, la siguiente aprobación. Y cuando finalmente obtenemos aquello que deseábamos, la satisfacción dura poco. Entonces el piloto vuelve a encenderse y buscamos algo más.
El problema no es sentir placer. El problema aparece cuando convertimos su búsqueda en dirección de vida. Pero hemos comenzado a cometer un error: confundir las condiciones para vivir bien con las razones para vivir. La salud física es fundamental, pero no constituye por sí sola un sentido. El cuerpo puede encontrarse en perfecto equilibrio y, aun así, una persona puede no encontrar un motivo para levantarse por la mañana. Podemos tener bienestar y seguir sintiéndonos vacíos.
La felicidad no se persigueQuizás por eso una de las ideas más provocadoras de Frankl continúa teniendo vigencia: la felicidad no puede perseguirse directamente. Aparece como consecuencia de algo que está más allá de nosotros mismos.
Esto nos lleva al concepto de autotrascendencia. La existencia humana siempre apunta hacia algo o alguien distinto del propio individuo: una causa que defender, una persona a quien amar, una responsabilidad que asumir, una obra que construir, una comunidad a la cual aportar.
Hemos aprendido muchísimo sobre cómo sentirnos mejor, pero quizás hemos hablado demasiado poco sobre para qué queremos estar bien.
Cuidarnos importa. Descansar importa. Alimentarnos bien importa. Nuestra salud mental y física importan. Pero todo ello necesita una dirección. De lo contrario, podemos terminar administrando perfectamente una vida cuyo propósito desconocemos.
Darle un rumbo al pilotoNo creo que la tecnología sea el enemigo. Tampoco lo son el placer, el bienestar o el progreso. Ningún algoritmo puede decidir qué merece nuestro compromiso. Ninguna rutina de bienestar puede entregarnos automáticamente un propósito. Ningún estímulo, por intenso que sea, puede sustituir permanentemente la necesidad humana de significado.
Un impulso sin orientación termina siendo una repetición ciega de sí mismo: querer, obtener, sentir y volver a querer.
Pero cuando ese impulso se pone al servicio de una causa, de una responsabilidad o de otra persona, algo cambia.
Por eso creo que el gran desafío de nuestra generación no es aprender a sentirnos bien todo el tiempo. Es descubrir qué hace que valga la pena vivir también cuando no nos sentimos bien.
Una vida plena no necesariamente es aquella en la que nada duele, nada falta y todo permanece en equilibrio. Es aquella que, incluso frente a la incomodidad, el esfuerzo y la incertidumbre, conserva una dirección. Porque el bienestar puede ayudarnos a vivir mejor. Pero no puede decirnos por qué vale la pena vivir.