La protesta como derecho inextinguible
La protesta como derecho inextinguible
¿Quién ha dicho que cerrar calles o caminar las multitudes por ellas, sea la única forma de protestar?. Tal vez la más acostumbrada, pero no es la única. Se equivocan los gobiernos que creen que atropellando a los ciudadanos que protestan y que se manifiestan en las calles, en las principales arterias de una ciudad, ya se mata o neutraliza el pleno derecho humano a la protesta.
Durante el gobierno de Mireya Moscoso, lo recuerdo perfectamente, cuando fundamos, junto a mi hermano, el abogado Ramiro Guerra, el movimiento Poder Social Siglo XXI resulta que las protestas que organizábamos participaban grandes multitudes, de todo el país, insatisfechas con su forma de dirigir a la nación, siendo que fue, de este modo, que nació la idea o el método de las escobas y de los trapeadores, simulando así, en las protestas o convocatorias, barrer y trapear la casa, con cuyo gesto se le estaba enviando un mensaje, claro y directo, a la clase gobernante de la enorme insatisfacción latente en la población.
Antes, en lo que fue la Cruzada Civilista, también lo recordamos como si fue ayer, las protestas se expresaban con camisas o camisetas de color blanco y pañuelos del mismo color, banderolas de ese color de la paz. En La Chorrera, para ese entonces, siendo un joven abogado, al momento en que en una manifestación se me priva de la libertad, portaba una regadera de jardín en forma de piña. Los pitos y las voces, los gritos y las exclamaciones, las caravanas de automóviles (Que, a propósito, se hacen en las calles y como son carros no obstruyen tránsito alguno y nadie puede decir, absolutamente, nada en contra de esta forma de protestar), el sonar de sartenes y de pailas a determinadas horas, el silencio y las vigilias, etc., resultarían muchas las formas que se pueden citar, son formas de protestar que nadie puede acallar o silenciar.
Luego, ese discurso que se ha articulado por los detractores del movimiento social y popular panameño, dirigido a señalar que el gobierno actual ha acallado las voces de los que lideran las protestas, es un discurso mendaz, falsario, mentiroso, paupérrimo y huérfano de veracidad, politiquero, pues ese mismo pueblo, cuando lo quiere y a la hora y día que quiera, puede volver a protestar y para ello se hace de la fuerza y de la inteligencia suficiente, con métodos y formas propias, como para hacer valer su disconformidad o su insatisfacción con la forma de cómo el gobierno y sus figuras dirigen el país.
No hay forma de acallar las protestas cívicas o las demostraciones de la resistencia civil, misma que Jurgen Habermas ve como un derecho humano o fundamental en toda sociedad que se llame democrática y civilizada.
Habermas lo dice del siguiente modo: "Lo cual es algo distinto a un llamamiento en favor de la desobediencia civil. La decisión de correr un riesgo de esta naturaleza debe tomarla cada uno por sí mismo. El "derecho" a la desobediencia civil se encuentra con toda evidencia en la divisoria entre la legitimidad y la legalidad. Y el Estado de derecho que persigue la desobediencia civil como si fuera un delito común incurre en la resbaladiza pendiente de un legalismo autoritario. La consigna acuñada por juristas, propalada por periodistas y aceptada por políticos de que, la ley es la ley y la necesidad es la necesidad, se corresponde tanto con la mentalidad como con la convicción de aquel juez nazi de la marina que sostenía que lo que había sido justo una vez tenía que seguir siéndolo forzosamente. La desobediencia civil en el Estado de derecho tiene la misma relación frente a la resistencia activa contra el despotismo que el legalismo autoritario en el Estado de derecho frente a la represión pseudolegal del despotismo. Lo que pudo parecer una verdad de perogrullo a partir de 1945 no encuentra hoy fácilmente audiencia. El positivismo de la concepción de la seguridad contra los enemigos interiores y exteriores puede apoyarse en un positivismo del pensamiento histórico que es estructuralmente análogo al anterior. Desde el momento en que los precursores neoconservadores han elevado a deber nacional la unanimidad en cuanto a los pasados positivos, las positividades falsas del presente encuentran su fianza histórica en las del pasado. Es la misma actitud espiritual, en lo militar, en lo histórico y también en lo jurídico, que se aferra tanto más testarudamente a los valores inequívocos, cuanto más tiembla la tierra bajo sus pies. Y, sin embargo, jamás ha tenido la ambigüedad una existencia más palpable que en esas armas que se perfeccionan para no emplearlas nunca. Si es cierto que las superpotencias están preparándose para retornar a la univocidad de guerras que puedan ganarse, incluso en la era atómica, se repite entonces en la utopía de la seguridad la misma estructura mental que en esa confusión iuspositivista de la democracia fuerte, que trata de poner término a la ambigüedad de la desobediencia civil. El legalismo autoritario niega la sustancia humana de lo multívoco precisamente cuando el Estado de derecho se alimenta de dicha sustancia." Ver en Habermas, Jürgen: Ensayos políticos, Península, BCN, 1988. P. 70-71. Subrayados nuestros.
Se podrán neutralizar las formas, pero jamás las esencias. Entiéndase el clamor popular. Difícil, imposible de silenciar o acallar. ¡Dios bendiga a la Patria!