opinion
Obras, ética y moral del discurso político panameño
- Publicado:
Silvio Guerra M./ Abogado (opinion@epasa.com) / -He escuchado a un interlocutor y analista del discurso político de actualidad señalar, tras entrevista televisada, que uno de los grandes retos que tienen los candidatos presidenciales, los tres que se conocen, es ganarse la confianza del electorado y que para ello deben presentar promesas de campañas creíbles y realizables.Que en el abanico de promesas deben ponderar que, al menos, cumplirán con la mitad de lo prometido.Nos preguntamos, en aras de profundizar el debate, si realmente esta tesis es correcta.Creemos, siempre lo hemos pensado así, que en el análisis de las coyunturas políticas, sociales, económicas, etc., el análisis concreto de la situación concreta se presenta como el más apropiado.No es un método nuevo de análisis.Es viejísimo.Desde la Antigüedad, la escuela de los presocráticos dio muestras claras de advertir la realidad de las cosas y de allí el interés en la indagación profunda del cosmos, del universo, de la propia naturaleza.En Roma, como también ocurrió en Grecia, el hombre se inclinó hacia la investigación del concepto de lo justo y del Derecho desde una perspectiva realista.La política, obviamente, no escapaba de esas concepciones.CÓMO HACERLE VER AL PUEBLO UNA SELECCIÓN DE CANDIDATOS PRESIDENCIALES QUE PERMITAN UN DEBATE SERIO ENTRE IDEAS DE: MATERIALIDAD Y MORALIDAD; ENTRE ÉTICA POLÍTICA Y TEORÍA DE LOS FINES SIN IMPORTAR LOS MEDIOS..De modo tal que, señalar de modo simplista, que quien pretenda llegar al solio presidencial, tiene como conditio sine qua non que granjearse la confianza del electorado, preguntamos, y ¿cómo ha sido anteriormente o en los periodos electorales anteriores? ¿Acaso ha sido diferente? De ninguna manera, pues quienes concurren a las urnas a depositar el voto siempre lo hacen en la convicción de un mínimo de confianza o de atracción hacia el candidato de su preferencia.Cosa distinta sería el preguntarnos sobre qué bases o condiciones se granjea esa confianza: que sea sobre la simpatía que despierta el candidato respecto a sus formas o maneras de conquistar al electorado o sobre su agenda de campaña -promesas-, o simplemente porque ciegamente las masas lo siguen, eso es otra cosa a analizar.O, tal vez, porque dentro del haz de candidatos, sea el menos criticado o con rabo de paja más chico, podría ser, pero insistimos, diversos pueden ser los móviles que instan a un electorado a depositar el voto en favor de tal o cual candidato.Para nosotros, la cuestión no va por allí.Hay cosas más profundas que analizar.Ya nos hemos referido a ellas en otras entregas: un pueblo cansado de una oferta electoral que decepciona, un pueblo que ahora confronta las opciones de los partidos y de los independientes políticos, que también analiza la posibilidad de poner en el solio presidencial a alguien que surja con cierta dosis de carisma y cero experiencia política, o que, tal vez, simple y caprichosamente decida darle el voto a aquel de “quien menos se piense podía constituir una opción política”.Pero, advierto algo, del mismo modo, no es cierto, he podido constarlo, en las calles, con gente de pueblo, que la oferta presidencial del oficialismo esté desgastada o cuesta abajo.Es una realidad que no se puede ocultar.Quiérase o no admitir, el pueblo, gran parte de su población ve con buenos ojos las obras del gobierno y aplaude a un presidente que, apasionada o desaforadamente, toma decisiones y que ha demostrado, al sentir del pueblo, que sí manda y gobierna.Estas, al decir de un sociólogo, son las grandes mayorías irredentas.Esas mayorías a las cuales poco o nada les importa si la obra hecha costó poco, menos o más de lo debido; esas mayorías que se pasean por una Cinta Costera y que quedan impresionadas con la misma; una población que observa, sigilosamente, a gobernantes y opositores, los ataques que se hacen, y saca sus propias conclusiones.Se trata de un Juan Pueblo que hace comparaciones y establece distinciones.Por ello, he aquí nuestra idea, el oficialismo no ha subestimado, en ningún momento, insistir hablar de los cambios y para ello acude al método comparativo con los gobiernos del pasado; la oposición, no obstante, se ha quedado en el ataque y no ha superado el discurso comparativo quedándose en la crítica por la crítica.Mala forma de contradecir, mala manera de refutar.Pero no podemos, de ninguna manera, soslayar el hecho de que el gobierno de Martinelli, con todas sus pujas y repujas, ha generado transformaciones claves para un Panamá que se proyecta como un país de punta.He allí, el quid jus del debate político.Cómo hacerle ver al pueblo una selección o escogencia de candidatos presidenciales que permitan un debate serio entre las ideas de: materialidad y moralidad; entre ética política y teoría de los fines sin importar los medios -reminiscencia de Maquiavelo-.