opinion
Sociedad corroida
Humberto E. Ricord - Publicado:
EL PANAMEÑO corriente e incluso, el ilustrado, carecen de una percepción exacta de la naturaleza de penuria material y moral que domina la sociedad nacional de hoy en Panamá.Se necesita haber observado la vida diaria de todas las capas sociales panameñas por espacio de los últimos 70 años, para estar en capacidad de juzgar la degeneración generalizada que hemos experimentado en el país y en todos los niveles de la sociedad, para tener una concepción clara de las honduras a que hemos descendido, en nuestro modo de vida, descenso progresivo que resulta notorio en las últimas siete décadas de la historia nacional.Nuestra edad nos permitió ser testigos de la forma constante con que vino descendiendo la estructura cultural del hombre panameño, a partir de los años cincuenta.En aquellos tiempos, Moscote, Méndez Pereira y Roy eran los rectores del Instituto Nacional, en cuya escuela primaria interior -la Justo Arosemena- fuimos matriculados.En tercer grado se aprendía, entre otros conocimientos, la gramática y el manejo ordenado del idioma español.Poco a poco, vinieron incrementándose los ingresos de nuestros padres, y satisfaciendo con holgura ahorrativa, las necesidades económicas de una familia de seis miembros, entre padres e hijos.Gobernaban los doctores Ricardo J.Alfaro, Harmodio y Juan Demóstenes Arosemena, que tenían un método y una mentalidad progresistas para la cosa pública.Alfaro aprobó la primera Ley de jubilación obrera (1931), tras largos años de labores.Harmodio Arias adoptó medidas eficaces frente a la grave crisis universal que se inició en la Bolsa de New York (1929) y extendió su curva disolvente por todo el mundo.J.D.Arosemena fundó la Escuela Normal, en Santiago, y compró una línea de casas de madera en la Avenida B., para construir una amplia vía desde el edificio de la Policía (Bajada del Ñopo), hasta la Estación del Ferrocarril.La moral de los Barrios de San José, de Santa Ana y El Chorrillo era muy aceptable.Pero crecieron rápidamente las ciudades capitales de provincias y en todo el país aumentó la población, lo que excedió las posibilidades económicas de los gobiernos y la maquinaria estatal comenzó a degenerarse, a no satisfacer el mínimo de necesidades colectivas.Se agrietó la vida política.La educación comenzó a fallar.El funcionario público se hizo cada vez más deficiente.El Estado no recogía los recursos económicos para incrementar sus servicios y pagar mejores salarios a sus empleados.Como consecuencia del agravamiento de tal situación decadente, hoy vivimos la más completa degeneración.Los grupos sociales incrementados en masa fueron víctimas de la pobreza; la familia fue quebrando su moral; los cargos públicos eran servidos por la coima; la familia comenzó a perder su cohesión.Las masas padecieron y se quebró su nivel cultural.Así como aumentaba la población urbana vertiginosamente, con el éxodo del agro, ya comenzó a no haber padres para hijos, ni hijos para padres.Y en las últimas décadas los vicios pulularon por doquier: el cigarrillo, el alcohol, la marihuana y finalmente, la cocaína y la peste del SIDA.La política degeneró en plutocracia y ésta en partidocracia monopolizadora.La pústula moral hundió a la sociedad panameña, y hoy cosechamos las graves consecuencias incontrolables.Pero tenemos un pequeño Manhattan en Paitilla, avance material nada más.Los asesinatos, los delitos, la disolución familiar, el crimen internacionalizado nos visitan incontroladamente.La joven asesinada en una orgía acusa el grave desbarajuste social y gubernativo.Los barrios como San José, Santa Ana y hasta El Chorrillo; y los nuevos asientos poblacionales como San Miguelito, Ciudad Radial, etc., muestran sus pústulas y un vivir degradado.El señalamiento de esta realidad nos lo impone la esperanza de que algún día nuestro pueblo despertará, como le respondió Simón Bolivar a Neruda, en un poema de España en el Corazón: "Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo".